miércoles, 2 de agosto de 2017

PRAXEDES MATEO SAGASTA

Dijo de él Azorín que nunca leyó un libro, comentario cierto de quien fue tres años director del periódico La Iberia. La pena es que no quisiera escribir ninguno, porque no ha habido ni seguramente habrá político español con una trayectoria semejante: diputado en 16 Cortes y 34 legislaturas, presidente del Congreso e, incansablemente, del Consejo de Ministros con dos dinastías, las de Saboya y Borbón, amén de dos regencias.

Nació el 21 de julio de 1825, en Torrecilla de Cameros (Logroño), sus padres era comerciantes vascongados liberales que huían del carlismo. Consta que, siendo ya ingeniero y trabajando en tierras de Zamora, raptó a una recién casada al salir de la iglesia, donde la habían casado con un capitán. Tenía 17 años Angelita Vidal, palentina de Rioseco, y vivió en virtuoso pecado con Don Práxedes hasta que murió su marido, 35 años después del rapto, y pudieron contraer matrimonio.

Si Sagasta escribió poco, en cambio no paró de hablar en sus 48 años de vida política: sólo en las Cortes, pronunció 2.542 discursos; de ellos, 1.695 en el Congreso, del que también fue presidente, y 847 en el Senado. Nadie habló ni duró tanto. Lo fue todo y tantas veces en la política española que los historiadores se han vengado cumplidamente de su fecundidad. La injusta mala fama de la Restauración se la llevó él y sólo ahora se ataca con la misma furia a Cánovas.

Sagasta pasó de liberal-progresista, comandante de la Milicia Nacional y anticlerical, a hombre formal y maniobrero, cuyo lema fue: “No hay orden sin libertad ni libertad sin orden”. Su enrevesada y contradictoria trayectoria ideológica es fiel reflejo de la de casi toda la izquierda burguesa española -y también de la derecha- en la segunda mitad del XIX. No tuvo el verbo de Castelar ni la clarividencia de Cánovas, pero se convirtió en el viejo pastor de los progresistas y convirtió en leyes renovadoras las grandes posibilidades de la Restauración. Trajo la Ley del Sufragio Universal Masculino, el Código Civil, la Ley de Régimen Local, el Matrimonio Civil, la Ley de Prensa y otras en los ámbitos militar, civiles, económico y judicial. En lo personal, fue de una honradez intachable, de trato afable y con una valentía que lo hizo muy simpático al pueblo llano.

El gesto más celebrado tuvo lugar cuando empezaba su carrera política durante uno de los enfrentamientos del liberalismo radical con el liberalismo moderado, Don Práxedes, tras haberse batido en las calles al frente de sus milicianos, volvió a las Cortes, donde tenía su escaño de diputado por Zamora. Y quiso el destino que, estando el uso de la palabra, cayera a su lado un cascote de las bombas que O’Donnell lanzaba contra la Carrera de San Jerónimo. Sagasta cogió un pedazo de hierro aún caliente y dijo a la presidencia:” Pido que conste en acta”. Y constó, claro.


No fue fácil su tránsito desde la extrema izquierda liberal, incluida la Milicia Nacional que era su brazo armado, hasta la jefatura del Partido Progresista. Tuvo a favor su condición masónica, donde alcanzó el grado 33, y supo maniobrar hasta colocarse como jefe de la facción moderada, dejando a al izquierda a Ruiz Zorrilla, su amigo y luego rival. Mientras éste se mantenía en la línea miliciana y conspiratoria. Sagasta atravesó la Gloriosa hasta desembocar en el Gobierno con Amadeo de Saboya. Antes se autoimpuso silencio sobre el asesinato de Prim, su jefe, quizás porque sabía demasiado o porque, siendo la reina Mercedes hija del asesino Montpensier, no quiso comprometer al trono.

Por curioso azar quedaron fuera de las Cortes republicanas Cánovas y Sagasta y sobre Sagasta edificó luego Cánovas el edificio de la Restauración, hecho de alternancia partidista, liberalismo compartido y limitada afición a la democracia. Cuando hizo las elecciones para Amadeo, dijo Sagasta: “Serán todo lo limpias que en España puedan ser”.

Su época de gloria son los años 80, los cinco primeros en la oposición y los cinco segundos en el gobierno. Su decadencia, en los 90, cuyo momento álgido, es el 98. Y desde ahí, con el desastre a cuestas, hasta su total decadencia física y muerte en 1903, justamente al final de un discurso en defensa del trono. Pero lo que más se discute hoy, es su comportamiento al frente del Gobierno cuando España declaró la Guerra a Estados Unidos. Su sexta llegada al Gobierno, en 1897, fue a petición expresa de la reina María Cristina, con la que Sagasta tenía una magnifica relación. La causa era tan lógica como sombría: el asesinato de Cánovas por el anarquista Angelillo.

Nunca Sagasta rechazó el poder pero entonces, además, tenía la obligación de ocuparlo. Entre sus jóvenes ministros hubo un tal Antonio Maura que preparó años antes un plan de autonomía para las colonias, inteligente y audaz. Sagasta quiso ahora aplicarlo y eso decidió a los Estados Unidos y a los rebeldes cubanos a desatar la ofensiva final, porque, si triunfaba la autonomía, perdían la guerra. Que así pensaban norteamericanos y cubanos es indudable. Que los EEUU empujaron a una España militarmente inferior a la guerra suicida, nadie puede tampoco dudarlo. Que la explosión del Maine fue una excusa proporcionada por los cubanos a los norteamericanos para machacar la flota del almirante Cervera, es verosímil. Pero, sin esa excusa, hubieran encontrado otra, contando siempre con la complacencia de Francia y Gran Bretaña.

Es falso que militares y civiles españoles no supieran que Estados Unidos tenía infinitamente más fuerza, en recursos, población, barcos y cercanía a Cuba. Pero es cierto que nadie se atrevió a plantarle cara a la demagogia política y periodística, que caricaturizó hasta la náusea el conflicto y no permitió la entrega o la venta de Cuba, que fue el ultimátum de Estados Unidos. Antes que vender o regalar, prefirieron hacer una guerra para perderla.


Pero Sagasta tuvo el castigo de los demagogos: encontrarse enfrente a otros demagogos más desvergonzados. Entonces fue realmente el político de las horas difíciles. Difíciles también porque él no las hizo más fáciles. Durante las discusiones en las Cortes, los partidos echaron sobre Sagasta el fardo de la derrota, cuando casi todos la habían propiciado y muy pocos combatido. Pero ése era sin duda el destino de un hombre que vivió para la política y murió por ella. Después de protagonizar tantos episodios, casi pasa a la historia sólo como el hombre que perdió Cuba. La política, en fin.

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RETRATO DE JOAQUIN SOROLLA de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo, de 100 x 76 cm. Museo de la Ciudad. Valencia.