martes, 1 de agosto de 2017

MARINA DE GUERRA DE LOS SIGLOS XVIII Y XIX

COMBATES TRAS LA GUERRA DE SUCESION

La guerra tuvo una inmediata secuela, el emperador austriaco empezó a intervenir en Italia. La corte española resignada a perder Flandes, pero no los estados italianos, interpretó esa intervención como un incumplimiento de los tratados de Utrecht, aunque el emperador no se había adherido a ellos.

Julio Alberoni, conductor de la política española, decidió pasar a la acción. Inmediatamente zarpó desde Barcelona una flota compuesta por nueve navíos, seis fragatas, dos brulotes, dos bombardas y tres galeras, con 80 transportes que llevaban un cuerpo expedicionario de 9.000 hombres. La expedición tomo en 1717, sin ninguna dificultad, la isla de Cerdeña. Esta acción provocó que Inglaterra, Holanda, el Imperio y la misma Francia, se unieran para disuadir a la monarquía española de su intervención en Italia. Pero Alberoni no estaba dispuesto a ceder, y dio la orden de partir desde Barcelona, una segunda expedición hacia Sicilia, la cual zarpó el 19 de junio de 1718 con 12 navíos, 17 fragatas, dos brulotes, dos bombardas y siete galeras, con 276 mercantes y 123 tartanas que llevaban un ejército de 36.000 hombres. El jefe de la escuadra era Antonio Gaztañeta, el del ejército el marqués de Lede, pero el mando político con plenos poderes lo ostentaba José Patiño.

El 30 de junio estaban frente a Palermo, desembarcando al día siguiente, sin encontrar resistencia. Ante esto se renovaron las presiones inglesas en Madrid, enviando una escuadra con 20 navíos al mando de Byng, y la amenaza de que si Madrid no reconsideraba su actitud en el plazo de tres meses, la guerra sería inminente. Pero los ingleses no respetaron sus propias condiciones, rompiendo las hostilidades, incluso antes de que su enviado, lord Stanhope, hubiese abandonado Madrid.

Mientras tanto la expedición española en Sicilia, continuaba con éxito, e incluso se destacó una división, al mando de don Baltasar de Guevara, compuesta por dos navíos y una fragata, a Malta. El resto de la escuadra fondeó ante Mesina, hasta que el 8 de agosto se recibieron noticias de la proximidad de la escuadra de Byng, el cual llevaba consigo un cuerpo de 3.000 austriacos y tenía instrucciones secretas de su gobierno, de atacar a la flota española y destruirla, haciendo pasar como que ellos eran los atacados.

Gaztañeta decidió reunirse con Guevara, siendo seguido, en actitud amenazante por la escuadra inglesa. Los españoles solo reunían 9 navíos y 20 fragatas; de los navíos solo 2 eran de 70 cañones, el resto eran buques de 60 cañones, no aptos para el combate de línea entre escuadras; como tampoco lo eran las fragatas, de las cuales catorce eran de 50 a 36 cañones y las otras seis de 30 a 18. Frente a ellos Byng alineaba 21 navíos, dos de ellos de tres puentes con 90 y 80 cañones respectivamente, otros diez de 70 y los otros nueve de 60 cañones, exceptuando dos de 50. Por otra parte los barcos españoles montaban cañones con un calibre máximo de 18 libras, mientras que los buques ingleses llevaban de 32 en sus baterías bajas.

Puestas así las cosas sabemos que, la ventaja inglesa, lo era en todas las categorías. Pero además los españoles no formaban una línea de batalla, y estaban divididos en tres grupos, que los fueron batiendo uno a uno, frente a Passaro. La retaguardia española, al mando de Mari, compuesta de un navío y cuatro fragatas, fue vencida por seis navíos ingleses.

Luego le tocó el turno a Gaztañeta, el cual a bordo de su buque insignia, el Real San Felipe, de 70 cañones, rechazó a dos de igual porte y a continuación resistió a cinco más, uno de ellos de tres puentes, hasta que herido en ambas piernas, destrozado el navío, no tuvo más remedio que rendirse.

Hacia el final del combate, ya de noche, hizo su aparición la división de Guevara, que tuvo que retirarse al ver como el Real San Felipe, arriaba su pabellón. El resultado final fue que seis de los nueve navíos fueron apresados, también lo fueron cinco fragatas, escapando el resto. Una vez restablecida la paz, los ingleses reconocieron la ilegalidad de dichos apresamientos, ya que el combate tuvo lugar el 11 de agosto y la guerra de declaró el 26 de diciembre, por lo que era necesario devolver los barcos apresados, pero cuando los enviados españoles llegaron al fondeadero de Mahón, donde estaban, concluyeron que no merecía la pena ser reparados, debido al estado en que los habían dejado los ingleses.

Byng llegó al colmo de la desfachatez, al enviar un despacho al marqués de Lede, doliéndose de lo ocurrido, y afirmando que fueron los españoles los que iniciaron el fuego. Eso si dejando en libertad a Gaztañeta, oficiales y a los heridos, una fuerzo de 2.600 hombres que pasaron a engrosas las fuerzas de tierra. En cuanto a la división de Guevara, pudo tomarse una pequeña revancha al interceptar un convoy inglés, apresando una fragata y tres mercantes.

A la declaración de guerra de Inglaterra, siguió la de Francia del 9 de enero de 1719, pero Alberoni no estaba dispuesto a ceder y el 10 de marzo de ese mismo año, envió, al mando de don Baltasar de Guevara, una expedición compuesta por dos navíos y una fragata, escoltando 20 transportes con hombres y material, a Escocia, con la misión de provocar una rebelión contra Inglaterra, apoyando a los Estuardo. Pero de nuevo una tempestad, causo estragos, y solamente dos fragatas consiguieron desembarcar en Escocia a unos 1.000 hombres, siendo un fracaso total.

Mientras tanto un ejército francés traspasaba la frontera vasca, tomando Pasajes, Santoña, Fuenterrabía y San Sebastián, mientras que la expedición que traspasó la frontera catalana fracasó, gracias a una tempestad que destruyó el convoy de abastecimientos, teniendo que levantar el sitio de Rosas. Por otra parte una escuadra inglesa tomó y saqueó Vigo y sus alrededores.

También hubo un combate naval afortunado: tres navíos, al mando del capitán de navío Rodrigo Torres, que se dirigían a Cádiz, apresaron a la altura de Portugal, una fragata y una balandra inglesas. Al doblar el cabo de San Vicente se encontraron con tres navíos ingleses, el 19 de diciembre de 1719, iniciándose el combate. Tras cinco horas, los ingleses tuvieron que retirarse a Gibraltar.

Las recientes perdidas habían dejado muy clara la necesidad de una potente fuerza naval. Correspondió a Antonio Gaztañeta, la tarea de diseñar los buques que debían formar parte de ala Armada. En 1730 escribió su tratado sobre el tema. En el prólogo señala las cinco  características que debe tener un buque de guerra: que gobierne bien y responda pronto al timón,  que aguante sus velas a todo tiempo, que navegue a la satisfacción y que sea posante y descansado en las tormentas, que se mantenga al viento sin descaecer en exceso y que la artillería de la batería primera este floreada (levantada del agua).

A diferencia de escuelas como la francesa,  no busca buques rápidos,  sino buenos y seguros,  y con la disponibilidad de poder usar todas sus piezas en cualquier tiempo. Para ello parte del calado y la línea de agua en flotación  para establecer la  altura de la primera batería. Las portas serán equidistantes  y a partir de su número se determinará la eslora, pues la quilla será  los 5/6 de esta y tres codos más para los buques de guerra.

Las cintas de costado no se cortarán en parte alguna y el buque tendrá una gran estabilidad transversal,  incluso sin lastre, ya que se aligerarán en lo posible las superestructuras.

Gaztañeta fue el primero en España que realizó planos detallados de los buques y también el primero en aplicar el cálculo matemático y geométrico, creando un gálibo para la cuaderna maestra de óvalo de doble circunferencia. Los buques eran seguros, de gran aguante, de gran sustentación en los dos tercios centrales y con extremos finos. Los buque propuestos eran los siguientes:

El mayor de tres puentes y ochenta cañones y 1.534 toneladas; el siguiente de 70 y 1.095; el siguiente  de 60 y 990; mientras que las fragatas iban desde la de 50 cañones  y 488 toneladas a las de 40, 30, 20 y 10, siendo esta última de solo 144 toneladas. Su artillería era:
80 cañones: 30 de 24 libras, 30 de 18 y 20 de a 8.
70 cañones: 26 de 24, 28 de 18 y 16 de a 8.
60 cañones: 24 de 24, 26 de 12, 10 de a 6.
50 cañones: 22 de a 18, 22 de a 12 y 6 de a 6.
40 cañones: 18 de a 12, 18 de 8 y 4 de a 4 (eran fragatas de dos puentes).
30 cañones: 22 de a 10, y de a 4.
20 cañones: 20 de a 6.
10 cañones: 10 de a 5.

Sorprende que el máximo calibre sea de 24, cuando la Armada había adoptado los calibres de la Armada Francesa de 36, 24, 18 y 12. En cuanto al origen, todos los navíos son de construcción nacional, excepto dos genoveses, ocupando el primer lugar Guarnizo, con 11 unidades, seguido de Pasajes con 5, con dos Santoña, Ferrol y Cádiz,  mientras que La Habana y Totacalpa construyen uno.

En cuanto a tipos y portes, dos son de tres puentes, uno de 110 cañones y otro de 80; siete de 70 y los otros 18 de 60. En cuanto al mejor armado, el Real Felipe, figura con la batería baja de 36, aunque hay dudas de que llegara a montarla. Las dimensiones prueban que se consiguieron los tipos mas grandes e incluso se sobrepasaron las medidas. El mayor era el Santa Isabel, que en un principio figuraba como de 70 cañones, aunque se le convirtió en un tres puentes.

Los de 60 rebasaban las 1.000 toneladas, excepto uno de los genoveses,  de 828 toneladas y el de Totacalpa de 904. En realidad hubo una desviación al alza sobre el proyecto de Gaztañeta.

Las fragatas se salen totalmente del proyecto, eran de poco más de 700 toneladas las mayores, con entre 46 y 56 cañones de 12, 8 y 4 libras. Aquellas fragatas de dos puentes eran muy superiores a las francesas y británicas,  aunque siempre inferiores a cualquier navío. Las seis pequeñas, tres  compradas en el extranjero, las otras tres fabricadas en Guarnizo y Pasajes son muy interesantes, las dos primeras idénticas de 344 toneladas y 30 piezas de a 12.

En enero de 1737, la Junta del Almirantazgo, bajo la presidencia del infante don Felipe y con la asistencia de los tenientes generales don Francisco  Cornejo, don Rodrigo de Torres y el marqués de Mari, emitió un informe:

El recuento incluye 32 navíos y 16 fragatas, contando aparte los 3 navíos y una fragata de la Armada del Mar del Sur. De ellos uno de 114 cañones, el Real Felipe, dos de tres puentes y 80 cañones, 8 de 70 y el resto de 60. Las fragatas nueve eran de 50 cañones, ninguna de 40, tres de 30 y 4 de 20. Se incluye en el informe, la orden del rey de construir cada año, dos navíos en La Habana y una fragata en El Ferrol.

Los buques no salieron exactamente como se había proyectado, pero demostraron ser de una fortaleza y aguante excepcionales. Nuestros enemigos  copiaron alguno de los diseños,  aunque observaron que los buques españoles, o eran demasiado grandes para su porte artillero, o estaba  poco armados para su tamaño. Así el tamaño del 70 cañones lo utilizaron para un tres puentes.

Antes de la guerra de 1739 con Inglaterra, la Armada Española se vio comprometida en varias campañas.  Se reanudó la guerra con Inglaterra,  molesta con el ministro Ripperdá, tan i quieto como Alberoni, pero de menor talento. A comienzos de 1727 los ingleses dirigieron tres escuadras, una al Báltico y otras dos contra España, la del almirante Hossier a las Antillas y la de Jenningns a interceptar las Flotas de Indias. Mientras, Felipe V, reemprendió el sitio de Gibraltar y cuatro navíos y tres fragatas,  al mando de Rodrigo Torres, recorrió el Canal de la Mancha, apresando mercantes ingleses.

La de Hossier bloqueó Cartagena de Indias, donde estaba Gaztañeta con sus únicos 12 buques de guerra y otros tantos mercantes, pero el almirante español, demostrando una gran pericia, burló al inglés,  pasando a La Habana,  de allí a Veracruz y vuelta, consiguiendo llegar a España, burlando también a Jenningns.  Gaztañeta apenas sobrevivió a la dura prueba, falleciendo en Madrid a comienzos de 1728.

La contienda acabó con la paz de marzo de 1728, conservando ingleses y holandeses sus privilegios comerciales.

Una hábil gestión diplomática, permitió las pretensiones españolas sobre Italia. Un cuerpo de 7.500 hombres, partió por mar para garantizar la posesión por el infante Carlos (futuro Carlos III), de los ducados de Parma, Toscana y Placencia. La escuadra al mando del marqués de Mari, estaba compuesta por 18 navíos,  dos de ellos de tres puentes y 80 cañones, más 6 de 70 y 10 de 69, además de 7 galeras, fruto de las buenas relaciones existentes, una escuadra inglesa de 12 navíos y 4 fragatas, acompañó en su travesía a la española, desde Barcelona a Liorna en octubre de 1731.

Al poco se preparaba una expedición contra Orán, y esta vez la fortuna acompañó a las fuerzas españolas. Al mando de la escuadra don Francisco Cornejo, con 12 navíos, 2 fragatas, 2 bombardas, 7 galeras  18 galeones y 12 barcos longos, más 500 embarcaciones de transporte con 26.000 hombres.

Hubo que volver a Italia con 25.000 hombres al mando del duque de Montemar, con el objeto de recuperar Nápoles y Sicilia. Son tiempos del primer Pacto de Familia de 1734, distinguiéndose don Francisco Ovando, comandante de la fragata Galga, quien desembarcó 200 hombres de su dotación y 100 Infantes de Marina, con los que tomó al asalto el castillo de Brindisi, como consecuencia don Carlos pasó a ser rey de Nápoles y Sicilia,  siendo coronado en marzo de 1735.

            Tras un intento de negociación en enero de 1739, que fracasó pese a la mediación francesa, la guerra fue declarada el 30 de octubre por parte de Inglaterra,  y el 28 de noviembre por parte española. Francia, pese al Pacto de Familia,  se declaró neutral, con lo que la superioridad de la Royal Navy era de 124 navíos  contra solamente 33 españoles,  y 51 fragatas contra 12.
            Siguiendo su costumbre de iniciar las hostilidades, sin mediar declaración de guerra, la escuadra de Haddock, bloqueó las costas peninsulares,  aunque se le escapó la flota de azogues de José Pizarro, que con custro navíos salió de Veracruz, arribando en agosto a Santander,  peor suerte tuvieron dos navíos de la Compañía de Caracas, que fueron apresados por Haddock. Y la escuadra del vicealmirante Vernon zarpó un día antes de la declaración de guerra.
            El Caribe iba a ser el teatro principal de operaciones. El primer ataque se realizó contra la Guaira, por tres navíos de 70 y 60 cañones, que rompieron el fuego contra las baterias del puerto. Pero el empeño les iba a salir mal, tras tres horas de cañoneo, los tres navíos tuvieron que retirarse.
            Mientras, el comodoro Brown, con otros seis navíos,  bloqueaba las costas habaneras, apresando a la fragata Bizarra y una balandra. Vernon por su parte, atacó Portobelo con seis navíos. Mal defendido por don Francisco Javier Martínez de la Vega,  que apenas tenía fusiles y los cañones, la mayoría, estaban sin cureñas. Vernon atacó primero el fuerte de Todofierro, en la boca de entrada, defendido por 90 hombre con nueve cañones útiles de los 32 que artillaban la fortificación. Pese a ello causaron grandes daños a algunos navíos,  pero desembarcaron los ingleses y a la escasa guarnición no le quedó más remedio que la retirada. El otro fuerte de la boca,  el de don Jerónimo, no ofreció ninguna resistencia, pues sus piezas estaban desmontadas.
            Quedaba el castillo de La Gloria, donde se concentraron los 600 defensores, que tras dos días de bombardeo, hubieron de capitular. Durante las siguientes tres semanas los atacantes, volaron las fortificaciones y destruyeron todos los cañones de hierro, embarcando los de bronce.
            Reforzado con otros tres navíos,  Vernon dio la vela hacia Cartagena de Indias, bombardeando las fortificaciones exteriores durante seis días.  En realidad parecía mas un ataque de reconocimiento, precursor de una gran expedición. La consecuencia fue que los defensores, aceleraron sus preparativos para la ocasión posterior.
            Vernon continuó hacia el rio Chagre,  donde habia un pequeño fuerte con dos guardacostas, al mando del capitán Juan Carlos Gutiérrez de Cevallos, quien resistió heroicamente el ataque durante dos días,  teniendo que capitular con todos los honores. Aquel fue el último triunfo de los ingleses en el Caribe en aquella guerra.
            Una expedición al mando del coronel Oglethorpe, gobernador de la Carolina,  con 1.000 soldados y 1.200 indios aliados, apoyados por cinco fragatas y cinco embarcaciones menores, al mando del comodoro Pearce, atacó en Florida, la ciudad de San Agustín,  la ciudad más antigua de los actuales Estados Unidos. Pero el ataque fracaso gracias al ingenio del gobernador Manuel Montiano, que con un centenar de hombre, realizó un ataque nocturno, que sorprendió a los atacantes, matando a un coronel, siete oficiales y más de cien hombres, huyendo el resto, y quedándose con su artillería,  una bandera, caballos, armas y bastantes  prisioneros.
            Vernon,  mientras tanto, con 57 buques, bloqueaba Cuba,  esperando dar con la Flota de Nueva España y los navíos de su escolta, al mando de don Rodrigo Torres,  el cual evitó al inglés, entrando en septiembre en La Habana, mientras Vernon se retiraba a Jamaica para reponer la aguada.
            Los ingleses preparaban un golpe demoledor. La expedición era la más poderosa que Inglaterra había lanzado jamás contra las posesiones españolas en América : una escuadra de 36 navíos  (de ellos 8 de tres puentes), 12 fragatas, 2 bombarderas, algunos brulotes y unos 139 buques de transporte, con un cuerpo expedicionario de 8.000 infantes, otros 2.000 del regimiento americano,  1.000 artilleros y otros tantos zapadores. Las dotaciones de los buques serian otros 13.000 hombres. El mando de la escuadra correspondía a Vernon, mientras que la fuerza de tierra era mandada por el general Wentworth, ya en el viaje desde Inglaterra, había fallecido el general Cathcart.
            Frente a estas fuerzas, las de defensa eran muy escasa, solo existían custro batallones de los regimientos España,  Aragón, y otro formado por destacamentos  de los Toledo,  Lisboa y Navarra;  80 artilleros, varias compañías de milicias  y unos 600 indios utilizados como zapadores. En total unos 3.000 hombres. La escuadra defensora, al mando del Teniente General de la Armada don Blas de Lezo, estaba compuesta por seis navíos: Galicia,  con 70 cañones y los San Felipe el Real, África,  Conquistador,  San Carlos y Dragón,  todos de 60 piezas. Ante la imposibilidad de un enfrentamiento naval, los hombres fueron desembarcados,  sirviendo la mayoría  en la artillería que defendía la plaza.
            Ostentaba el mando interino de la plaza el Coronel don Melchor de Navarrete, aunque tenía dos superiores, el propio Lezo y el virrey y Teniente General del Ejército  don Sebastián Eslava, que tomó el mando supremo. A pesar de que su nombramiento era más moderno que el de Lezo, este supo estar en su lugar, prestando toda la colaboración  a Eslava, cosa que no sucedió en el bando atacante.
            La entrada principal de Cartagena estaba defendida en la llamada Boca Chica, el fuerte de San Luis,  artillado con 85 piezas, el San Felipe, con 7, y de Santiago,  con 15. Cerraban la entrada con diversas obstrucciones y con cuatro de los navíos, acoderados, Galicia,  San Carlos, Africa y San Felipe, actuando como baterías fijas. Los otros dos navíos  estaban fondeados en la otra entrada, Boca Grande,  con idéntica misión.
            El 13 de marzo de 1741, se divisó la escuadra atacante,  que tras hacer alguna diversión hacia Boca Grande, pronto s3 vio que su objetivo era atacar en Boca Chica. El día 20, el Norfolk, Russell y el Shrewsbury, al mando del contralmirante Ogle, rompieron el fuego. Los tres de tres puentes y 80 cañones, apenas necesitaron cuatro horas para demoler los dos pequeños fuertes españoles.  Los 150 defensores, al mando del Teniente de Navío  don Lorenzo de Alderete, se retiraron con orden al castillo de San Luis. Cara les salió la pequeña victoria a los ingleses, un tiro español rompió el cable del ancla de Shrewsbury, que derivó hacia la boca del puerto, donde se encontró con los cañones del fuerte y de los cuatro navíos acoderados recibiendo,  antes de ser remolcado, 240 cañonazos en su casco, 16 de ellos a flor de agua.
            Aquella misma noche comenzaron su bombardeo al fuerte de San Luis, las goletas bombarderas,  al tiempo que desembarcaban hombres y material,  para montar una batería de asedio de 20 cañones de de 24 libras, muy superiores a los de la defensa, a menos de 300 metros de los muros del castillo, apoyada por otra de 12 morteros. A la vez que se producía el duelo artillero, los ingleses tomaron la batería de Punta Abanicos,  con sus 14 piezas, junto a una adyacente de 4 cañones, clavando las piezas, aunque no tardarían los españoles en reconstruirlas y reiniciar el fuego desde ellas.
            El fuerte de San Luis  se defendía,  por lo que el almirante Vernon, ordenó un ataque general para el 2 de abril, al mando del comodoro Lestock, con los navíos Boyne (insignia), Princess Amelia, Prince Friedrich, Hampton Court, Suffolk y Tilbury, batiéndose con el fuerte de San Luis y los cuatro navíos españoles, hasta que con los cuatro primeros seriamente dañados, Lestock tuvo que ordenar la retirada. En el ataque murió lord Beauclerk, comandante del Friedrich. Por parte española, el 4 de abril, mientras conferenciaban a bordo del Galicia, fueron heridos, Eslava en una pierna y Lezo en la única que tenia  y también en su única mano, pero ambos siguieron en sus puestos.
            El fuerte de San Luis estaba prácticamente arruinado,  el día 5 la fuerza de asalto inglesa lo ocupo, retirándose  la guarnición.  Esta retirada implicaba la perdida de los cuatro navíos, por lo que se ordenó barrenarlos, cosa que se consiguió  con el San Carlos y el África,  el San Felipe se incendió,  mientras que los ingleses consiguieron capturar el Galicia, junto a los 60 hombres de su dotación.  Los ingleses conseguían así entrar en la bahía.
            Vernon dio por segura la victoria,  enviando mensajes a Inglaterra para comunicar el éxito.  Perl la situación no era tan clara. Eslava y Lezo sabían de las dificultades para resistir, abandonaron puntos inútiles de defender, mientras en otros se hacían fortificaciones. Los dos navíos de Boca Grande fueron echados a pique en el puerto, para evitar la aproximación de los buques ingleses.
            Las condiciones de los atacantes eran pésimas, además se acercaba la estación de las lluvias. Debían tomar Cartagena antes de que estas llegaran, pero las diferencias entre Vernon y Wentworth estaban a la orden del dia. A primeros de abril casi la mitad de la fuerza desembarcada estaba fuera de combate.
            La lenta progresión inglesa, les llevó ante el castillo de San Lázaro o de San  Felipe de Barajas, defendido por 250 soldados de Marina y otros tantos de diversas unidades del Ejército. Los ingleses lanzaron el ataque la noche del día 20, con dos columnas con 3.500 hombres y 500 más en reserva, pero el asalto fracasó. La fuerza retrocedió en completo desorden, dejando en el terreno armas y útiles de zapadores, mas 170 muertos, teniendo 450 heridos y 16 prisioneros. Tras la derrota, los ingleses pidieron recoger sus heridos, pero estos estaban siendo curados en la ciudad, por lo que se hizo un intercambio de prisioneros.
            Este duro revés  descorazonó a los atacantes, aunque el bombardeo siguió. Wentworth pidió apoyo a la escuadra y Vernon solo le dio el del apresado Galicia, transformado en batería flotante, al mando del Capitán Hore. El intento volvió a fracasar, pues desde las cinco a las doce de la mañana, el Galicia  recibió  56 balazos a flor de agua, con seis muertos y 56 heridos, yéndose a pique poco después.
            Los atacantes se dieron por vencidos y empezaron la retirada, completada el 20 de mayo, tras volar las fortificaciones y quemar seis de sus buques, inutilizados en el asedio.
            Parece ser que, en la fracasada invasión,  los muertos ingleses fueron 9.000 y 17 buques con averías importantes. Según Lezo, habian lanzado sobre Cartagena, 6.068 bombas y más de 18.000 balas de cañón, siendo contestados con 9.500 cañonazos. En contra las cifras de muertos, entre los defensores, se estiman en un máximo de 500, pero la baja más importante fue la del propio Lezo, muerto a los pocos meses, víctima de sus heridas. El fue e, alma de la defensa, y así se lo reconoció el Rey, que le recompensó con el marquesado de Ovieco, otorgando el de, a Real Defensa a Eslava.
            Vernon y Wentworth, de egreso a Jamaica, idearon tomarse la revancha, con una invasión de Cuba. La nueva expedición,  la componían nueve navíos,  12 fragatas y 40 transportes, con 2.400 soldados europeos y 1.000 negros, que en agosto desembarcaron en Guantánamo sin oposición,  rebautizado por Vernon como Cumberland Harbour, en homenaje al hermano del rey Jorge II.
            El objetivo era Santiago de Cuba,  pero pronto acudieron columnas españolas, que sin apenas pérdidas,  les hicieron reembarcar el 20 de noviembre, dando por fallida la empresa. Mientras tanto, la escuadra de Rodrigo de Torres, salió de La Habana, llegó a Santander con los caudales de América  y regresó a La Habana sin el menor tropiezo.
            Vernon y Wentworth,  tras recibir 2.000 marines de refuerzo y un batallón de tropas negras, mandó una expedición al destruido Portobelo en marzo de 1742, donde no se les pudo presentar resistencia. Ante este pírrico éxito, pensaron en atacar Panamá,  pero con las tropas diezmadas por las enfermedades, decidieron regresar a Jamaica, donde recibieron la noticia de que ambos habían sido destituidos de sus mandos, debiendo regresar a Inglaterra,  donde fueron enjuiciados.
            Mientras tanto la otra escuadra, compuesta por seis buques de guerra y dos transportes con 500 hombres  al mando del comodoro Anson, que había zarpado en octubre de 1740, para operar en la costa americana del Pacífico,  llegando a Panamá,  donde confluiría con Vernon. Pero el viaje fue terrible, y solo pudieron llegar a la isla de Juan Fernández cuatro de los buques y en pésimas condiciones, el resto o habian dado la vuelta o habían naufragado. Los barcos que llegaron tuvieron la suerte de que la Armada del Mar del Sur, con cuatro buques al mando de don Jacinto de Segurola, había estado allí tres días antes.
            Conociendo el destino de Anson, con la intención de interceptarle, partió de Santander la pequeña escuadra de don Andrés Reggio, compuesta por dos navíos, tres fragatas y un menor. La escuadra de Reggio, sufrió las mismas penalidades que la de Anson, hundiéndose un navío y una fragata. Anson se dedicó a apresar mercantes y a saquear algunas poblaciones costeras, poco defendidas, hasta llegar a Panamá, donde al conocer el fracaso de Vernon, se deshizo de todos los barcos apresados, junto a los propios, concentrando a sus hombres, en su buque insignia “Centurión” de 60 cañones y decidiendo atravesar el Pacifico, no teniendo que atravesar el cabo de Hornos.
            Por fin llegó a una de las Marianas, para descansar. El barco mal amarrado fue arrastrado mar adentro, ya se daban todos por perdidos, cuando a los 19 días, el buque volvió a la playa de donde le habían arrancado las olas. Posteriormente navegó a Macao, donde carenó el navío. Anson se propuso apresar a la rica Nao de Acapulco, a la que encontró el 30 de junio cerca del estrecho de San Bernardino, junto al cabo de Espíritu Santo. Se trataba del Nuestra Señora de Covadonga. No era enemigo para el Centurión, pero a pesar de ello resistió, hasta que muerto su comandante y su segundo, con 65 muertos y 84 heridos, se rindió. Anson vendió la presa en Macao, dejando libres a los prisioneros, y volviendo a Inglaterra, fondeando en Spithead en junio de 1744.
            A Vernon le había sucedido en el mando de las fuerzas navales inglesas en el Caribe, el almirante Chaloner Ogle, decidido a seguir con la estrategia de su antecesor. Para ello encomendó al comodoro Knowles con ocho navíos y nueve más de distinto porte, atacar La Guaira y Puerto Cabello. El ataque a La Guaira, tuvo lugar el 2 de marzo de 1743, perdiendo el “Bedford”, a su comandante, más 93 hombres y 308 heridos. Tras reparar los buques en la colonia holandesa de Curazao, se dirigieron a Puerto Cabello, a donde llegaron el 26 de abril.
            Knowles mandó a dos de sus navíos a bombardear a dos baterías de campaña, con la intención de apoderarse de ellas, y volver sus cañones contra el castillo. Fueron desembarcados 1.200 hombres, pero fue otro desastre al ser descubiertos. Entonces Knowles decidió atacar directamente, el combate duró desde las once de la mañana a las nueve de la noche, con el resultado de tener que destituir al comandante del “Norwich” por no acercarse lo suficiente a la plaza, y la posterior retirada, con más de 200 bajas.
            El general Oglethorpe, intentó un nuevo ataque en Florida, pero fue rechazado por una pequeña flota salida de La Habana, al mando de don Antonio Castañeda en la parte naval y don Manuel Montiano en la terrestre. De regreso desembarcaron en la isla inglesa de San Simón, que tomaron y arrasaron, apresando una fragata, varias balandras y 100 prisioneros.
            Knowles, cosecho un nuevo fracaso en 1748, al intentar la toma de Santiago de Cuba. El 9 de abril llegaron frente al Morro, contra el que rompieron el fuego. Varias horas después los ingleses tuvieron que retirar con 300 bajas y algún barco a remolque.
            Es sorprendente la tozudez de los ingleses, ante los continuos fracasos. Pero los británicos despreciaban la calidad de las piezas artilleras que defendían las plazas españolas, algunas del siglo XVI o XVII. Pero no contaban con que los españoles utilizaron cañones de los barcos para defender las plazas. Los ingleses subestimaron enormemente a sus enemigos.
            Al menos en una ocasión, los españoles utilizaron esas presunciones inglesas para tenderles una trampa. Tal es el caso, de la acción que se produjo en el segundo ataque a La Guaira, donde el capitán jefe de la artillería, don Mateo Gual y Pueyo, ordenó que solo rompieran fuego los cañones más ligeros, lo que confió a los ingleses, que se aproximaron, momento en que entraron en acción las piezas más pesadas, con los efectos que eran de esperar.
            Pero los ingleses tuvieron una alegría, ya al final de la contienda, en un encuentro entre escuadras. El ascendido a contralmirante Knowles, decidió interceptar la flota de Nueva España, haciéndose a la mar con seis navíos de línea y una fragata. Conocida la intención en La Habana, por don Andrés Reggio, ordenó salir a su encuentro, zarpando el 2 de octubre. El día 11, divisaron un convoy enemigo, escoltado por un 70 cañones y cuatro fragatas de 50 y 40, se les dio caza, pero entonces apareció la escuadra de Knowles, el combate se hizo inevitable.
            Por parte española estaban el “África” de 70 cañones, e insignia de Reggio; el “Invencible” también de 70; el “Conquistador”, “Dragón”, “Nueva España” y “Real Familia”, todos de 60. Rápidamente formaron línea de combate, aunque tuvieron que ceder el barlovento, al tener que esperar al “Dragón” que iba retrasado y haciendo agua.
            La inglesa, muy superior, la componían el “Cornwall” un tres puentes de 80 cañones; el “Lenox” de 70; y los “Tilbury”, “Strafford”, “Warwick” y “Canterbury” todos de 60, además de la fragata “Oxford” de 50.
            A las 15:30, ambas frotas rompieron el fuego. Al poco, el “Dragón” abandonó la línea, dirigiéndose a La Habana. El “Conquistador”, muerto su comandante, resultó incendiado y se rindió. El “África” desarbolado se retiró hacia La Habana, lo mismo hicieron, el “Invencible” con 190 balazos en el casco y 12 de ellos en la flotación el “Real Familia”, y en no mucho mejor estado el “Nueva España”. El “África” se acercó a la costa para armarse de bandolas y poder navegar, pero fue sorprendido por tres navíos y dos fragatas, y Reggio, puso en tierra a la tripulación e incendio el buque, evitando así su apresamiento.
            En realidad no fue una gran victoria, de la que pudieran sentirse demasiado orgullosos los ingleses, puesto que además de la superioridad en navíos, los españoles combatieron con 310 piezas, las mayores de 24 libras, mientras que los británicos reunieron 690, las mayores de a 32. Los españoles sufrieron 158 muertos y 159 heridos, mientras los ingleses reconocieron 59 muertos y 120 heridos. Knowles fue juzgado en consejo de guerra, pues tras perder el “Cornwall” de tres puentes, trasbordó a otro navío y quedó a retaguardia.

Justo al día siguiente de entrar en La Habana, se supo que el combate había sido innecesario, pues el 20 de abril se había firmado el armisticio en Aquisgrán.

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