lunes, 31 de julio de 2017

CONCHA PIQUER de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes de Valencia.

GALEÓN SAN MARTÍN de España

El galeón fue el barco por antonomasia de la Armada española, al menos durante los años del comercio con América, cometido para el que nacieron. Los galeones españoles fueron diseñados en el siglo XVI y por su gran tamaño y poder destructivo, eran igualmente utilizados para el comercio transoceánico y la guerra. La idea era construir un barco con gran capacidad de carga que aunase un casco resistente y la máxima maniobrabilidad, capaz de realizar largas travesías.
Se empezaron a fabricar como barcos comerciales, hasta que en 1567 se construyeron los Galeones del Rey, típicos barcos de guerra, acorazados y armados hasta los dientes, aunque un tanto lentos en las maniobras de combate. Ya fuera como mercantes o como barcos de guerra, España empleó el galeón con asiduidad para garantizar las vías comerciales con las Indias, normalmente atestadas de piratas.
El galeón era una nave de casco reforzado y provisto de aberturas en los costados por las que asomaban los extremos de los cañones. También tenían un reducto en la popa denominado alcázar, zonas de acastillaje a proa y popa para posicionar a los tiradores y jaretas para proteger la zona central de la cubierta de los abordajes, además de un espigado espolón acostado sobre el bauprés que le daba a su proa un aspecto muy característico. Su peso oscilaba entre las 500 toneladas y las más de 2.000 que tenía el famoso galeón de Manila.
Fuera o no un invento nacional, el galeón español, fue el mejor ejemplar que surcó los mares en los siglos XVI y XVII. Las hazañas protagonizadas por algunos de estos barcos y por los avezados marinos que los dirigían son incontables. Una de ellas, curiosa y legendaria entre todas las demás, es la del galeón San Martín. Construido en los astilleros portugueses, el galeón San Martín pasó a manos españolas en 1580, cuando el rey Felipe II hizo valer sus derechos dinásticos sobre el país luso tras la muerte de Sebastián I.
La primera referencia que tenemos de él, con su casco de siete forros y sus 50 piezas de artillería es de 1574, frente a las costas de Marruecos, en aquella operación infructuosa que pretendía derrocar al sultán. A bordo del San Martín, la nave capitana, iba el rey portugués Sebastián I, que tendría que regresar a Lisboa sin su botín y por poco también sin la vida, pues al barco le sorprendió un temporal que no lo hundió de milagro. El barco participaría también en la batalla de Alcazarquivir, conocida como la de los tres sultanes y donde morirían todos ellos, el rey portugués Sebastián y los dos aspirantes marroquíes. La desaparición de Sebastián I, arquetipo del rey romántico y aventurero, dejó al país tan desconcertado y arruinado que se creó una corriente de tipo mesiánico conocida como ‘Sebastianismo’ que aspiraba al regreso mítico del rey fallecido para arreglar todos los problemas del país.
En lo que respecta a nuestro barco, el galeón San Martín pasó a formar parte de la Armada española justo después de enfrentarse a ella durante la defensa de Lisboa. Su primer servicio a la corona española fue precisamente frente a las fuerzas rebeldes portuguesas, lideradas por el prior de Crato, don Antonio, hijo natural de Luis de Portugal y por tanto nieto, como nuestro rey, de Manuel I, que había sido elegido rey por el pueblo llano, descontento con la invasión española. Álvaro de Bazán fue el almirante encargado de comandar la flota española desde el galeón San Martín, que partió a las Azores para enfrentarse al bastardo, que pretendía tomar aquellas islas para atacar a la flota de Indias.    
Así se produjo el combate naval de las Islas Terceras, donde Bazán hizo frente al almirante francés Strozzi con dos galeones, el San Martín y el San Mateo, 15 naos y 8 urcas flamencas, tripuladas por 4.500 infantes y artilleros. Otras 20 naos y 12 galeras aguardaban en Cádiz pero Bazán no quiso demorar el combate y partió sin ellas, pese a que Strozzi contaba con 60 buques de guerra para hacerle frente y 7.000 soldados embarcados. El 24 de julio de 1582 empezaron las hostilidades, aprovechando la flota francesa un barlovento que no le sirvió para hacer mucha sangre. El 26 retomaron el combate, esta vez en una lucha de poder a poder. Bazán avanzaba en línea con sus barcos más poderosos en punta, la retaguardia tenía orden de acudir allí donde hubiera combate. El San Mateo iba en vanguardia y era acosado por los franceses al comienzo de la batalla pero logró aguantar a duras penas hasta que el San Martín llegó en su auxilio con otros siete barcos.
La batalla era brutal, con doce barcos franceses protegiendo a su nave capitana y los mejores barcos españoles descargando andanadas sin descanso. No había cuartel y el San Martín, con un tremendo poder de disparo, se movía a sus anchas. Los franceses empezaron a recular y en su huida, no pudieron evitar separarse. Cuando trataba de seguir a los otros, el Saint Jean Baptiste, con el almirante Strozzi a bordo, fue interceptado por el San Martín y tuvo que rendirse. El resto de buques franceses, aquellos que tenían margen para hacerlo, salieron en desbandada y la batalla terminó con una rotunda victoria española. Los españoles lamentaron 224 bajas y más de 500 heridos pero no perdieron ningún barco mientras que los franceses se dejaron diez buques y cerca de 1.500 hombres.
Tras aquella rotunda victoria el San Martín se preparó para el asalto a la isla, que tendría lugar al año siguiente. De nuevo Álvaro de Bazán comandó la misión y lo hizo a bordo del galeón, acostumbrado a llevar la insignia de nave capitana. La conquista fue un gran éxito, se tomaron las Azores una a una hasta la derrota francesa y se garantizó una plaza vital para proteger y abastecer a los barcos que marchaban o regresaban de las Indias. El clima era tan optimista que la siguiente misión de envergadura sería la más ambiciosa de la historia: la conquista de Inglaterra.
Nos referimos a la Armada Invencible. El galeón San Martín fue también la nave capitana de aquella conquista imposible. El San Martín, al menos, regresaría para contarlo, lo que no pudieron hacer muchos otros. Los continuos ataques ingleses hostigando a los barcos españoles sin declaración de guerra de por medio irritaba sobremanera al monarca español, que envió a su mejor almirante, Álvaro de Bazán, a combatir al pirata Drake en las Azores. Sin embargo los planes del rey prudente eran mucho más ambiciosos y ya estaba armando la ‘Grande y felicísima Armada’, que sólo se empezó a llamar invencible cuando se demostró que no lo era.     
Bazán tenía a su disposición 130 buques que armaban 2.431 cañones y más de 25.000 tripulantes en lo que era la mayor flota reunida hasta el momento, pero falleció antes de que partiera hacia Inglaterra. Fue sustituido por Alfonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, hombre de gran autoridad y valía pero mucho menos avezado en la guerra naval. El 31 de julio entabló combate por primera vez el San Martín ante la flota inglesa, que ya había salido del puerto y se desplegaba frente a los españoles. En dos hábiles maniobras, Drake tomó barlovento y atacó la retaguardia mientras Howard daba un rodeo y entraba por el centro de la formación española, que a pesar de la jugada repelió bien el ataque.
El duque estuvo desafortunado en el mando, quizás mal aconsejado por sus lugartenientes. Sus improvisaciones sobre el plan inicial terminaban siempre con pérdidas y en una de ellas, acudiendo en auxilio del galeón San Juan, abrió la formación y dejó solo al San Martín, buque insignia de los españoles que fue rápidamente acosado por un atento almirante Howard, que lanzó sobre él a los mejores navíos ingleses. El galeón español no rehuyó el combate, sino que sujetó la marcha para aguardar la llegada de los ingleses, que se cruzaron con él en fila de a uno. El San Martín respondió con bravura y si los primeros barcos pasaban a tiro de mosquete los últimos, persuadidos por su potencia de tiro, lo hacían desde distancias considerables. Tras 120 cañonazos disparados y más de 500 recibidos, de los que unos 50 hicieron blanco, el San Martín recibió el auxilio de su flota y dio por finalizado el combate con dos bajas y una vía de agua que fue reparada por los buzos con planchas de plomo.
El día 4 regresó el galeón a primera línea enfrentándose de nuevo a Howard y su Ark Royal, según las crónicas a menos de veinte pasos el uno del otro, aunque el cruce de fuego entre ambos fue pronto auxiliado por otros galeones que prolongaron la escaramuza durante toda la jornada con un resultado de dos bajas para el San Martín. La noche del día 7 fue la famosa jornada de los brulotes, barcos incendiarios arrojados como misiles contra formaciones compactas para separarlas y atacarlas después, una estrategia que resultó tremendamente exitosa para los ingleses pese al sacrificio de ocho barcos.
El San Martín no participó en aquella acción porque había fondeado en Calais a la espera de acontecimientos, pero sí lo hizo en la batalla posterior de las Gravelinas, donde los ingleses derrotaron a la dispersa flota española que ya se batía en retirada. El San Martín fue hostigado duramente, rodeado por cuatro barcos que le causaron graves daños y fue un auténtico milagro que no lo hundieran allí mismo, si bien ninguno de ellos marchó indemne. El galeón se defendió valerosamente ganando fama de indestructible e incluso auxilió a otros barcos en los días siguientes, que no fueron sino la confirmación del desastre de la Gran Armada, que vagaba sin rumbo por el Canal de la Mancha presa de los ataques ingleses.
Los que regresaron con vida, entre ellos el rocoso galeón, tuvieron que rodear las islas y regresar por Escocia e Irlanda, navegando por rutas desconocidas y expuestos a múltiples penalidades que esquilmaron los restos de la flota. El San Martin regresó a España el 21 de septiembre de 1588, tocando puerto en Santander, con el duque de Medina Sidonia a bordo, exhausto y derrotado. El San Martín fue reparado y aún salió en julio del año siguiente para proteger a la flota española que se había enfrentado a Drake en Galicia, donde el pirata, que venía a devolvernos la invasión, sufrió un descalabro.

En cualquier caso, sus mejores días habían pasado ya. La última acción de mérito del incombustible galeón fue apresar al buque Revenge, uno de los más importantes de la flota inglesa que había acudido a hostigar a los españoles en las Azores, aquellas aguas donde el San Martín había vivido sus mejores glorias. En 1592 fue devuelto a la corona portuguesa y un año después sería desguazado por viejo, un final un tanto gris para un barco que habría merecido otros honores pero que pagó con la indiferencia el haber alcanzado sus mayores glorias ondeando el pabellón español. 

GALEÓN SANTISSIMA MADRE de Venecia

El galeón veneciano tenía un casco de líneas suaves y ligeras, desprovisto de decoraciones, casi siempre de poca o nula funcionalidad. La cabina del capitán, colocada entre el tercer y segundo puentes, hacia popa, apenas permitía a un hombre de estatura media permanecer de pie. Aún mas sacrificado que el alojamiento del capitán era el de los hombres embarcados, ya que tenía solamente 1,64 metros de altura. El alojamiento del piloto y del contramaestre era poco más que un incómodo cubil, con 1,42 metros de altura.

La arboladura estaba formada por piezas únicas, sin ningún tipo de unión o ligazón. El palo de trinquete estaba desplazado considerablemente, hacia proa, mientras que el mayor y el de mesana presentaban una marcada inclinación hacia la popa del barco. Tal disposición no era casual, este sistema fue empleado hasta la mitad del siglo XVII. Dadas las empíricas nociones de entonces, aquel era el único método para tratar de encontrar, aunque fuera intuitivamente, el centro velico, es decir, el punto en que se encuentra la mayor parte del peso de la arboladura y de las velas, sirviendo al mismo tiempo de punto de equilibrio del casco entero.

Las cofas, plataformas situadas en los palos mayores, servían no solo para el manejo de las velas por parte de los hombres diestros en tal menester, sino también como elemento de defensa o de ataque al enemigo, ya que podían estar dotadas de planchas de protección, de armas de fuego (pequeños cañones cuyo tiro podía regularse), de picas y lanzas.

Tipo: Galeón mayor de cuatro palos y cinco puentes.
Botadura: Hacia 1550
Eslora: 41,50 metros
Manga: 8,90 metros
Calado: 3,52 metros
Armamento: En la Primera Batería 12 culebrinas
Superficie velica: 1.100 metros cuadrados
Tripulación: 230 hombres aprox.


JUAN BAUTISTA TOPETE

Nacido el 24 de mayo de 1821 en San Andrés de Tuxtla (México) y muerto el 29 de octubre de 1885 en Madrid. Miembro de una familia de marinos, su padre, Juan Bautista Topete, fue miembro del Consejo de Guerra y Marina, con sólo diecisiete años ingresó en la Armada Española. Obtuvo diversos destinos, principalmente en Cuba, en los que se distinguió como uno de los mejores marinos de la flota española y consiguió rápidos ascensos por sus servicios en las costas americanas: teniente de navío (1845), secretario interino de la Comandancia General de Guardacostas (1849) y capitán de fragata (1857).

De regreso a España, en el año 1860 tomó parte en la Guerra Carlista y participó en una expedición española por las costas norteafricanas, donde volvió a destacar por su brillante actuación y dotes de mando. En reconocimiento a sus hechos de armas, Topete fue distinguido con las cruces de San Fernando y San Hermenegildo, y fue ascendido al grado de coronel de infantería.

Acabada la guerra de Marruecos, Topete ocupó la jefatura del Arsenal de la Carraca. Dos años más tarde, en 1862, comenzó a interesarse por la política e ingresó en las filas de la Unión Liberal encabezada por O'Donnell. Ese mismo año obtuvo el acta de diputado por la provincia de Cádiz. La Guerra del Pacífico, que enfrentó a España con Perú y Chile, devolvió al político al mar, donde demostró una vez más su gran pericia marinera bloqueando puertos y apresando barcos enemigos. Activo en el combate, Topete tomó parte en los bombardeos de Valparaíso (Chile) y del puerto de El Callao (Perú), llevados a cabo el 31 de marzo y el 2 de mayo del año 1866, respectivamente; herido de gravedad en este último ataque, fue ascendido al grado de brigadier.


De nuevo en España, Topete sufrió el recelo gubernamental debido a sus conocidas ideas liberales. Nombrado jefe del puerto de Cádiz, Topete preparó a conciencia la sublevación de la Armada española en apoyo de los generales Prim y Serrano, ayudando con ello al éxito de la revolución del año 1868 que derrocó a la reina Isabel II.

El 8 de octubre de 1868, el general Serrano presidió el primer Gobierno Provisional, Topete se hizo cargo de la cartera de Marina y de la de Ultramar, esta última desde el 21 de abril del año siguiente con carácter interino en sustitución de López de Ayala. Topete no duró mucho en sus nuevos cargos, ya que presentó su dimisión irrevocable al ser elegido nuevo rey de España Amadeo de Saboya en detrimento de la candidatura que él apoyaba, la del duque de Montpensier. No obstante, el 8 de junio de 1869 volvió a hacerse cargo de la cartera de Marina a petición de su gran amigo el general Prim, cargo en el que estuvo hasta el 6 de noviembre, una vez que el propio Prim asumiera el ministerio. También, durante este gabinete, Topete ocupó el ministerio de la Guerra, entre agosto de 1869 y enero de 1870.

Tras el asesinato de Prim, el 27 de diciembre del año 1870, Topete aceptó formar parte de la comisión gubernamental que recibió al nuevo rey italiano en Cartagena. Además, fue el encargado de presidir un Gobierno Provisional de tan sólo dos días hasta la entrada de Sagasta, el 29 del mismo mes, quien mantuvo a Topete en el Gobierno como ministro de Estado. Cuando Sagasta volvió a recuperar el Gobierno, el 21 de diciembre del año 1871, encargó a Topete el ministerio de Ultramar; estuvo al frente de tal ministerio hasta el 20 de febrero, fecha en la que fue sustituido por Cristóbal Martín de Herrera.

La caída del Gobierno de Sagasta, el 26 de junio del año 1872, posibilitó la subida al poder del general Serrano. Pero, debido a la ausencia de éste por encontrarse en el frente del norte luchando contra los últimos restos de carlistas, Topete asumió la presidencia interina y los ministerios de Guerra y Marina.

El proceso revolucionario que desembocó en la instauración de la Primera República española resultó nefasto para Topete, ya que fue encarcelado por breves días, sospechoso de apoyar la vuelta de la monarquía borbónica, y mantenido en un forzoso segundo plano de la escena política del país hasta la disolución de las Cortes republicanas el 3 de enero del año 1874, cuando el autoproclamado presidente Serrano le volvió a confiar el mando del ministerio de Marina.


Al tomar un nuevo ímpetu la Guerra Carlista, Topete dirigió en persona la lucha naval contra los rebeldes en el norte peninsular y participó en las batallas de Somorrostro y Abanto. De vuelta en Madrid, Topete censuró enérgicamente la sublevación militar emprendida en Sagunto, el 29 de diciembre del año 1874, por el general Martínez Campos para restaurar la dinastía de los Borbones, acto que provocó su salida definitiva de la vida política española. No obstante, permaneció en la Armada, donde llegó a ser nombrado, en el año 1879, presidente del Consejo de Administración de los Fondos de la Armada, y ascendido por antigüedad, en el año 1881, al grado de vicealmirante, todo ello una vez que acabara por reconocer la figura del nuevo rey Alfonso XII como monarca legítimo.

JUAN PRIM Y PRATS

Nació el 6 de diciembre del año 1814, en Reus (Tarragona), recibiendo una esmerada educación. En 1834 ingresó, como voluntario, en el batallón franco de tiradores de Isabel II, y al cabo de dos meses con el grado de cadete. Tomó parte en diversas acciones militares durante la Primera Guerra Carlista tras la muerte de Fernando VII, concluyó la campaña como Teniente Coronel Mayor, siendo uno de los jefes militares más distinguidos.

En septiembre de 1840 el Coronel Juan Prim iniciaba su carrera política. Fue elegido diputado por la provincia de Tarragona, en el Congreso. El gobierno del regente Baldomero Espartero, que había sustituido en el cargo a la exiliada María Cristina de Borbón, no gustó a la mayoría del partido liberal y, en consecuencia, Juan Prim que militaba en sus filas, se integró como diputado en la oposición, donde desplegó talento y energía.

En 1843 marchó a Reus, donde fue nombrado presidente de la recién establecida junta de gobierno. El 11 de junio se puso al mando de la plaza para resistir el ataque del ejército regular que buscaba así impedir la extensión de la rebeldía. De Reus pasó a Barcelona, ciudad en la que recibió el nombramiento de Coronel Brigadier por aquella junta superior, otorgándole además, el título de Castilla con la denominación de conde de Reus, vizconde del Bruch, prosiguiendo en tierras catalanas su protesta armada. Hasta que, pronunciada la nación en contra de Espartero, formó gobierno el líder progresista Joaquín María López, con la intención de ascender a la jefatura de la Nación como reina a Isabel II.

Joaquín María López ratificó los empleos dados por las distintas juntas en España y, además, el 13 de junio de 1843 nombró a Juan Prim gobernador de Madrid y el 16 de agosto, del mismo año, gobernador de Barcelona. Al poco tiempo cayó el gobierno progresista, sustituyéndolo el formado por el Capitán General Ramón María Narváez, duque de Valencia, de corte moderado. Juan Prim rehusó el cargo de Comandante General de Ceuta que le ofreció Narváez, prefiriendo pasar a la oposición y viajar por Europa para ampliar sus conocimientos.


El 20 de octubre  de 1847, Juan Prim fue nombrado Capitán General de Puerto Rico, cargo que desempeñó hasta el 12 de septiembre de 1848, fecha en la que regresó a la Península. En Puerto Rico se hizo acreedor de la Gran Cruz de Dannebourg, concedido por el rey de Dinamarca, al haber sofocado la rebelión de la colonia danesa de Santa Cruz. En 1850 es nuevamente elegido diputado. En 1853 se le encomienda el estudio de las operaciones de los ejércitos en la guerra de Oriente, incorporándose a primeros de septiembre en el ejército otomano a las órdenes de Omer-Bajá, de quien Prim recibió continuas pruebas de deferencia, un sable de honor y la condecoración turca de Medjidie.

Hallándose en Paris camino de Crimea, sucedió en España en 1854, La Vicalvarada, pronunciamiento de Leopoldo O'Donnell contra el gobierno presidido por Luis Sartorius, conde de San Luis, que puso fin a la Década Moderada y dio paso al Bienio Progresista. Prim volvió a España y fue elegido diputado por Barcelona para las Cortes Constituyentes. Posteriormente se le encomendó la Capitanía General de Granada y fue ascendido, en 1856, a Teniente general. El 14 de julio de 1858 es nombrado Senador, siendo Presidente del Gobierno O'Donnell,  conde de Lucena.

La campaña militar de Marruecos de 1859-1860
Entre los jefes superiores nombrados para mandar los Cuerpos de Ejército, lo fue el teniente general don Juan Prim, a quien se le confió el mando de la reserva. Las primeras acciones de guerra, fueron dirigidas por el general José Ortiz Echagüe, en el Serrallo, donde cayó herido. En las jornadas del 22, 24, 25 y 30 de noviembre de 1859, reñidas y ensangrentadas, tomó parte la división de Prim, destacando en la del 9 de diciembre. El día 12 salió con su división del campamento del Serrallo con objeto de proteger los trabajos del camino que en dirección a Tetuán se estaba construyendo a fin de dar paso a la Artillería. Atacados por fuerzas numerosas, se trabó una sangrienta lucha; el general Prim ordenó estratégicamente una falsa retirada, dejando emboscada una parte de sus fuerzas. Engañados los marroquíes con esta medida se abalanzaron hacia el grueso de la división; momento que aprovechó Prim para cargar con la Caballería, poniéndoles en fuga y dejando el campo sembrado de cadáveres. Al lado de Prim murió el coronel de artillería Molins y fueron heridos su ayudante y otro oficial que iba a sus órdenes. El 15 del mismo mes se renovó el combate. El 17, protegiendo también los trabajos del camino de Tetuán, sostuvo otra acción en que rechazó a la morisma, causándole gran pérdida.


La simpática figura del general Prim, su amabilidad, su franqueza, su excesivo valor y su reconocida pericia, le habían granjeado el aprecio de todo el Ejército de África, cuyos soldados se creían invencibles si eran conducidos al combate por él. Pero el temporal de lluvia y viento, las enfermedades que diezmaban nuestros batallones, y la falta de caminos transitables, obligaron a nuestro ejército a estar a la defensiva.

El 1 de enero de 1860 emprendió el ejército la ofensiva, tomando el general Juan Prim el mando de la vanguardia: los triunfos en este día dieron un cierto renombre al bravo catalán e hicieron conocer al enemigo el ejército que tenían enfrente. Puesto en marcha el ejército en dirección a Tetuán, la división Prim se adelantó hacia los Castillejos, mortificada por el nutrido fuego enemigo, que ocupaba las gargantas del flanco derecho, dificultando el paso de nuestras tropas. Los hombres del general Prim los fueron arrojando de posición en posición hasta tomar la casa de Marabut, donde se parapetaron, siendo desalojadas por nuestros hombres, protegidos por los certeros disparos de la artillería. Concentradas las fuerzas árabes, fue preciso redoblar el ataque para arrojarlas de ellas.

Por tres veces la división de Prim dominó las posiciones del enemigo, y otras tantas tuvieron que retroceder y volver a avanzar para recobrarlas. Las muchas horas que llevaban de combate obligaron al general Prim a disponer que el Regimiento de Córdoba dejase las mochilas en un cerro para poder continuar la penosa tarea de subir a las posiciones más elevadas en medio de una nube de fuego y plomo. La morisma aumentaba a cada momento, el general Prim, coge la bandera del Regimiento de Córdoba y, volviéndose a sus hombres, les arenga con esta expresiva frase: "Soldados de Córdoba, en esas mochilas está vuestro honor, venid a recobrarlo; si no yo voy a morir entre los moros y a dejar en su poder vuestra bandera."


Las palabras del general hicieron mella en los soldados, que se lanzaron contra el enemigo. La bayoneta y la gumía eran las únicas armas que se oían en aquel desesperado combate en el que, acribillada a balazos la bandera que llevaba en la mano el conde de Reus y muerto su caballo, consiguió que el triunfo coronase a nuestras armas, que se hicieron dueñas de las posiciones que por tres veces habían sido disputadas por uno y otro bando. Esta memorable jornada hizo concebir al Ejército la idea de que el general Prim era invencible. Éste continuó avanzando con dirección a Tetuán, venciendo los grandes obstáculos que se le ofrecían y sin dejar un solo día de ser hostilizados, por el enemigo.

El 3 de enero realizó un reconocimiento, ocupando el 5 las alturas de la Condesa, y el 6 pasó a acampar en las faldas de Montenegrón, adelantándose el 7 hasta el río Capitanes. El día 14, el general Prim con su Cuerpo de Ejército, decidió la batalla alcanzada en los montes de Cabo Negro, arrojando al enemigo de todas sus posiciones con pérdida considerable. Dijo Leopoldo O'Donnell, General en Jefe y presidente del Gobierno, al respecto: "El general conde de Reus, con esa bravura que le hace siempre notable, se colocó al frente de sus tropas y dirigiéndolas marchó al enemigo resueltamente. Desplegó durante todo el día tanta inteligencia en dirigir los ataques como en llevarlos a cabo". El 23 y 24 de enero se combatió con pericia y singular bravura en las márgenes del río Guad-Elgelú (Wad-Elgelú).

Al amanecer del día 4 se dispuso el General en Jefe, a dar la batalla en Tetuán. Esta población se hallaba defendida por 78 piezas de artillería, teniendo además el ejército marroquí, atrincherado y distribuido en cinco campamentos en las inmediaciones de la plaza. Dada la orden de ataque, el general conde de Reus, con su ejército, fue el primero que rompió la línea enemiga penetrando en el campamento del príncipe Muley-Abbas, que resistió cuanto pudo el empuje de nuestros hombres; pero a pesar de su tenaz resistencia tuvo que abandonar el campo dejando en poder de nuestros valientes. Esta completa derrota hizo que una comisión de Tetuán suplicase al general en jefe tomara posesión de la plaza. El general Prim accedió a esta demanda haciendo su entrada en Tetuán sin oposición alguna. Posesionada de ella la división del general Ríos, acampó el ejército español en las afueras sin que nada ocurriese hasta la sangrienta acción de Wad-Ras, que puso fin a esta campaña.

Después de la batalla de Wad-Ras, Muley-Abbas, se apresuró a pedir la paz, acordando: dar cuatrocientos millones a España por gastos de guerra; dar parte de la Sierra de Bullones, con el Serrallo; dar terreno suficiente para seguridad de la plaza de Melilla; asegurar no cometer nuevos insultos a nuestro pabellón; darnos un puerto en la comarca de Santa Cruz de Mar Pequeña, antiguo enclave español en el siglo XV; abrir a nuestro comercio las puertas como a la nación más amiga. Estos preliminares fueron firmados por los enviados del emperador y el general en jefe Leopoldo O'Donnell, tras lo cual con parte del ejército regresó a la Península, dejando una guarnición en Tetuán hasta que se llevaran a efecto los tratados en los que Marruecos reconocía las posesiones españolas de Ceuta y Melilla, además de adquirir España el enclave de Ifni.

Leopoldo O'Donnell, en su calidad de General en jefe del ejército, Presidente del Gobierno y a la sazón Ministro de la Guerra, el 19 de marzo de 1860 nombró a Juan Prim y Prats Grande de España de primera clase con el título de marqués de los Castillejos, por sus cualidades militares y méritos en campaña, en especial la del sitio de la memorable batalla de los Castillejos.

Terminada la guerra, desembarcó Juan Prim en Alicante, desde donde se trasladó a Aranjuez, donde por aquel entonces residía la Corte. A los pocos días también llegó a esta ciudad el duque de Tetuán, quien nombró al conde de Reus Ingeniero General, o sea Director General del Cuerpo de Ingenieros y Plazas fortificadas. Desde Aranjuez, tras haberse presentado ante la Reina, Juan Prim se trasladó a Madrid con el propósito de reunirse con su familia. Pocos días después tuvo ocasión el desfile militar de las tropas victoriosas en la campaña africana, presidido por Isabel II, que recorrió desde la Puerta de Atocha al Palacio Real, engalanadas las calles.  

En 1861 se hallaba la República de México, de nuevo,  en el más completo desorden, consecuencia que arrastró al Gobierno a inferir los diferentes agravios y atropellos a los súbditos ingleses, franceses y españoles que residían en la convulsionada República. Las tres potencias agraviadas exigieron una satisfacción y la correspondiente indemnización por los daños causados. Como no fue posible alcanzar ni lo uno ni lo otro por instancias diplomáticas, hubo la necesidad de enviar una expedición militar conjunta, el 13 de noviembre de 1861. El mando del contingente español recayó en el general Juan Prim, al que se añadió las competencias de un ministro plenipotenciario. Prim con una vanguardia de las tropas expedicionarias, se dirigió a Veracruz, puerto en el que el 10 de diciembre, habían desembarcado la mayor parte de las fuerzas, a las órdenes del general Gasset, transportadas por la flota del almirante Gutiérrez de Rubalcaba. En enero de 1862 desembarca en Veracruz, aclamado por la multitud que acude a recibirle como un héroe de guerra.

Unidas las tropas de ambos generales, al mando de Prim los españoles se dirigieron a Orizaba, punto de encuentro con los contingentes restantes de la misión internacional. Fue aquí donde Juan Prim conoció las verdaderas intenciones de los franceses, que aspiraban a cambiar la forma de gobierno que en adelante decidiría Napoleón III. Se opuso Prim, considerándolo un desprecio a España e Inglaterra, y así se lo hizo saber al general francés. Aún más, escribió al ministro competente del gobierno francés y a Napoleón III dándoles cuenta de lo desacertado e inconveniente del proyecto. Como no cediera en sus pretensiones el gobierno francés, el general Prim firmó el 19 de febrero de 1862 en Veracruz la denominada Convención de la Soledad y reembarcó al contingente español con rumbo a la Patria poniendo fin a la aventura que políticamente se había iniciado el 31 de octubre de 1861. Los hechos confirmaron los presagios del marqués de los Castillejos, ya que dieron por resultado la insurrección mejicana contra Maximiliano, su fusilamiento y la total independencia de México.

Pasaron unos años de controversia política entre los moderados de Narváez, los unionistas liberales de O'Donnell, los liberales progresistas de Prim y los demócratas de Castelar. Juan Prim, integrado en la minoría liberal progresista, vive la caída de la Unión Liberal de O'Donnell. A este gobierno le sustituye uno moderado presidido por Manuel Pando Fernández de Pinedo, marqués de Miraflores, que dura hasta el 17 de enero de 1864, sustituido al frente del Partido Moderado y del Gobierno por Lorenzo Arrazola, cuyo gobierno alcanzó los cuarenta días. Alejandro Mon fue el siguiente en presidir un gobierno, reunió a moderados y unionistas para obtener sustento parlamentario, pero al cabo sucumbió al declive que Juan Valera resumió en un texto lapidario: "La corona estaba sin norte, el gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin bandera, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud".

Volvió Ramón María Narváez, presidiendo entre 1856 y 1868 tres gabinetes, desde los cuales ejerció una política represiva de cualquier manifestación, a la vez que trataba de introducir medidas reformistas. Su fallecimiento, el 23 de abril de 1868, ocasionó el resquebrajamiento del Partido Moderado. Sólo cinco meses más tarde, el 19 de septiembre de 1868, se produce el cuartelazo que pone fin a la monarquía constitucional de Isabel II. Pero antes, el 2 de enero de 1866, el general Prim a la cabeza de los regimientos de Caballería Bailén y Calatrava, salió de Aranjuez pronunciándose contra el gobierno presidido por el general O'Donnell, pero los comprometidos en aquel pronunciamiento de Villarejo de Salvanés, dejaron solo a Prim que marchó a Portugal. De vuelta a España, participó en la organización de la sublevación de los artilleros del cuartel de San Gil el 22 de junio de 1866, a cuya cabeza se puso el general Blas Pierrad, pero no en la ejecución que fue un fracaso.

Los movimientos del 2 de enero y el 22 de junio, no fueron secundados por ninguno de los que se habían comprometido, cosa advertida por Prim, por lo que decidió poner tierra de por medio para coordinar un movimiento liberal con visos de triunfo. Por aquel entonces, Ramón María Narváez, duque de Valencia, y tras su fallecimiento Luis González Bravo, su sustituto al frente del Gobierno, dirigían la política nacional en el sentido del absolutismo modelo Fernando VII y su primer ministro Francisco Tadeo Calomarde, duque de Santa Isabel; lo que contrariaba a los liberales de los partidos progresista y demócrata.

Juan Prim se presentó en la Bahía de Cádiz el 17 de septiembre de 1868, junto al almirante Juan Bautista Topete y Carballo, experimentado marino. Rindieron la ciudad gaditana que vitoreó a la soberanía nacional que encarnaban estos dos prestigiosos militares. Dos días después llegaron de las islas Canarias los generales Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre, Antonio Caballero y Fernández de Rodas, Francisco Serrano Bedoya y Domingo Dulce y Garay. Al alzamiento gaditano se unió Sevilla con el general Izquierdo, y toda la Marina y Cuerpos del Ejército de aquel distrito se unieron con entusiasmo al glorioso alzamiento nacional. El itinerario marítimo de Prim comprendió Ceuta, Málaga, Cartagena, Alicante y Barcelona; luego Lérida y Zaragoza por tierra. Mientras, el capitán general duque de la Torre organizaba rápidamente, un ejército de siete mil hombres, bien equipado, al frente del cual alcanzó Córdoba con objeto de cortar el paso al general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, que con diez mil hombres se dirigía a batirle, hallándose ya en El Carpio. El general Serrano lo esperó en el puente de Alcolea, situado entre las localidades de El Carpio y Córdoba, y allí se dio la gran batalla en la que triunfó de la revolución y cayeron los Borbones y los moderados.

Se presentó el 7 de octubre en Madrid, constituyéndose el Gobierno Provisional, compuesto por unionistas liberales y progresistas, cuyos integrantes fueron Francisco Serrano y Domínguez (Unión Liberal), Juan Prim y Prats (Partido Progresista), Práxedes Mateo Sagasta (Partido Progresista), Juan Bautista Topete (Unión Liberal), Laureano Figuerola (Partido Progresista), Juan Álvarez de Lorenzana (Unión Liberal), Antonio Romero Ortiz (Unión Liberal), Manuel Ruiz Zorrilla (Partido Progresista) y Adelardo López de Ayala (Unión Liberal). En el general Serrano, duque de la Torre, recayó la regencia del Reino, y en el general Prim, conde de Reus, el ministerio de Guerra.


Durante el ministerio de Prim en la cartera de Guerra, se alzaron en algunas provincias varias partidas carlistas y de republicanos federales. A unos y otros venció el general en poco tiempo, sin apenas derramamiento de sangre ni dispendio económico. Pero el movimiento republicano cobraba auge impulsado por el concepto revolucionario que había destronado a la dinastía borbónica. Los encontronazos entre las diversas facciones del progresismo y el federalismo pasaron a choques fuertes y abiertos, cada uno aspirando a erigirse como guías de un nuevo orden bajo un régimen republicano de muy variable factura en su definición y metas inmediatas.

En las Cortes constituyentes, Prim defendió que el nuevo régimen quedara establecido como una monarquía democrática, lo que fue plasmado en la Constitución de 1869. Juan Prim sustituyó a Francisco Serrano en la presidencia del Gobierno el 18 de junio de 1869. Tras una intentona de los republicanos para apoderarse del gobierno, el general Prim pensó en poner fin a la interinidad del Gobierno en virtud de la elección de un monarca. En septiembre de 1869 manifestó con contundencia que la cuestión de la candidatura al trono: era para él lo principal.

La guerra franco-prusiana, con la caída de Napoleón III y la consiguiente instauración en Francia del sistema republicano, hicieron pensar a los políticos galos lo que frente a la invasión germana, podría significar España. Por lo que Emilio Kératry, delegado del Gobierno de la Defensa nacional francesa, llegó a Madrid el 19 de octubre de 1870 con una embajada extraordinaria a proponer a Prim lo siguiente: "Sed el representante genuino de los liberales españoles. Avanzad un paso más y seréis el presidente de una República basada sobre la Unión Ibérica, fundada con el asentimiento de dos pueblos; porque, como sabéis, el partido antiunitario de Portugal sólo se compone de los príncipes de Braganza y de los empleados celosos de sus prebendas. Si os decidía, yo os prometo, debidamente autorizado, el apoyo del Directorio republicano y del Gobierno francés. En cuanto a la pobreza momentánea de la España, tan rica en recursos no explotados, recordad que nunca habéis acudido en vano a nuestra Hacienda y, a cambio de ochenta mil hombres en aptitud de entrar en campaña a los diez días, os prometo su paga y un subsidio de cincuenta millones a vuestra libre disposición, los buenos oficios y buques de Francia para asegurar la posesión de Cuba y no omitir nada para hacer de la España y la Francia dos verdaderas hermanas unidas por el espíritu de la libertad”. Como Prim contestara que España no quería República, Kératry volvió a insistir en su pretensión. El final de la conversación se hizo con la frase de Kératry de que "acaso tuviera que lamentarse de  esta actitud". A lo que Prim recalcó: "Mientras yo viva no habrá República en España".

Las creencias liberales del general acababan de sufrir un duro choque, sabía lo que podría producirse y estaba dispuesto a evitarlo. La actitud contraria de Prim a instaurar una república fue muy recordada en aquellas jornadas que iniciadas el 11 de febrero de 1873, tuvieron término el 3 de enero de 1874. El cantonalismo, la piratería, la indisciplina y el permanente motín, fueron los hechos constatados de la Primera República. La idea de que Prim fuera presidente de la República no era exclusiva de los franceses, un importante grupo masónico la alentaba, estimando que si sus ambiciones personales le llevaban hacia tal camino, la República sería un hecho.

El republicanismo contaba en España con bastantes adeptos. Desde principios de febrero de 1870 que designaron presidente a Francisco Pi y Margall, no dejaron de trabajar, consiguiendo atraer a sus filas un buen número de elementos de acción. Aquella asamblea eligió un directorio formado por Pi y Margall, Figueras, Orense, Castelar y Barberá, suscribiendo un manifiesto redactado por Pi y Margall con el que pretendía aglutinar a unitarios y federales. La actitud de éstos no fue alentadora y echaba por tierra la fraternidad republicana, surgiendo la titulada "Declaración de la prensa", que, manteniendo la idea unitaria, admitía dentro de ellas las autonomías provincial y municipal en sus rama económico-administrativa y política, pero siempre en franca pugna con los partidarios del cantonalismo. Fue autor de la declaración Sánchez Ruano, publicándose el 7 de marzo de ese 1870 en los periódicos. Pero el Directorio lanzó su anatema sobre la "Declaración" y el republicanismo quedó grandemente escindido.

Tampoco iban mejor los monárquicos, las candidaturas de aspirantes al trono de España provocaban encendidas discusiones difíciles de atajar; al extremo que en la sesión del Congreso del 19 de marzo Prim exclamó: "¡Radicales, a defenderse! ¡Los que me quieran que me sigan!".

Ya se había aprobado en el Parlamento la ley para la elección del monarca; quedó solventado el espinoso asunto el 11 de junio. El discurso del general Prim, del que ofrecemos un fragmento, manifestó su parecer sobre la casa de Borbón: "La restauración de don Alfonso jamás, jamás, jamás... Podéis, señores diputados, marchar tranquilos y decir a vuestros electores que, con rey o sin rey, la libertad no corre ningún peligro. En este asunto recinto dejáis la bandera de la libertad; aquí la encontraréis cuando volváis; yo os lo ofrezco por mi honor y por mi vida... La práctica, señores, que es el gran libro de enseñanza para la humanidad, me ha hecho conocer lo difícil que es hacer un rey. (Varios diputados, entre ellos Emilio Castelar gritan: "¡Muy bien!"). Indudablemente que es difícil hacer un rey; pero el señor Castelar, que me ha aplaudido, y yo se lo agradezco, no ha tenido presente que mi contestación habrá de ser muy explícita: algo más difícil es hacer la República en un país donde no hay republicanos”.

Los empeños de Prim de dar a España un nuevo monarca, ajeno a la casa de Borbón, tuvieron remate el 16 de noviembre de 1870, al ser proclamado por las Cortes Amadeo de Saboya por 191 votos, de los 311 sufragios emitidos. Con tal resultado las cosas quedaron airosas para el duque de Aosta, que el 2 de noviembre de 1870 había escrito una carta al marqués de Montemar, comisionado para la búsqueda de un rey, en la que figuraba el siguiente párrafo: "Aceptaré la corona si la voluntad de las Cortes me prueba que esa es la voluntad de la nación española”. Amadeo de Saboya quedó satisfecho por esa mayoría de sufragios, que celebrada el 16 de noviembre de 1870, fue como sigue:

Duque de Aosta: 191 votos
República federal: 60 votos
Duque de Montpensier: 27 votos
Votos en blanco: 19 votos
General Espartero: 8 votos
República unitaria: 2 votos
Don Alfonso de Borbón: 2 votos
República sin definir: 1 voto
Duquesa de Montpensier: 1 voto

Una vez efectuado el escrutinio, el secretario de la Cámara, Manuel de Llano y Persi, declaró: "El número de señores diputados admitidos es de 344 y la unidad más uno, 173. Ha obtenido, por lo tanto, más de la mayoría el señor duque de Aosta”. Y el presidente del Congreso, Manuel Ruiz Zorrilla, sancionó: "Queda elegido rey de España el señor duque de Aosta”.

El general Juan Prim pudo sentirse satisfecho y recordar las palabras con que comentó al embajador Kératry su negativa de erigirse en presidente de la República: "He preferido el papel de Monk al de Cromwell, y no habrá en España República mientras yo viva. Esta es mi última palabra”.
Antes y después de aquella jornada parlamentaria que otorgó el trono de España a Amadeo I de Saboya, la agitación política reinante imponía una sentencia cercana. Emilio Castelar acusó a Prim de usurpador de poderes; Francisco Pi y Margall, cabeza del Partido Republicano Democrático Federal, le tachó de inconsciente y de carente de pudor político; José Paúl y Angulo, diputado republicano radicalizado, que culpaba al general de sus desgracias personales, le tildó de cobarde en las columnas de su periódico El Combate, amenazándolo con matarle en la calle como a un perro.


Juan Prim es un personaje trascendente en el siglo XIX, culto, inteligente, brillante, militar de valía y prestigio, político equilibrado en sus decisiones y patriota por encima de cualquier otra consideración. Cubierto de títulos y condecoraciones y reconocimiento social no pudo ver en vida a Amadeo I, duque de Aosta, porque acabó con su vida el atentado que el 27 de diciembre de 1870 inauguró la serie de asesinatos de presidentes del gobierno español. Despreciaba las camarillas de los republicanos y de los partidarios de Montpensier, como despreciara en los campos marroquíes las balas. Desdeñoso contra el miedo a un atentado y a las amenazas de los contubernios, su espíritu se recoge en esta letra que corría por las calles, como otra que sonó a raíz de su asesinato en la madrileña calle del Turco: "Si me quieren herir o me quieren matar, yo entregaré mi espada a otro general”.

Reseña de las Cruces Laureadas de San Fernando concedidas a Juan Prim:
Cruz de 1ª clase, Sencilla, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Teniente del 3º Batallón de Voluntarios de Cataluña. Concedida por las acciones de San Feliu de Saserra y de San Miguel de Terradellas, el 18 de julio de 1837.

Cruz de 2ª clase, Laureada, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Capitán del 3º Batallón de Voluntarios de Cataluña. Concedida por el sitio y toma de Solsona, provincia de Lérida, del 21 al 27 de julio de 1838. En este hecho de armas también destacó el entonces coronel Manuel Pavía Lacy, que ganó la Cruz de 2º clase, Laureada.

Cruz de 1ª clase, Sencilla, ganada durante la Primera Guerra Carlista siendo Comandante del Regimiento de Zamora núm. 8. Concedida por las acciones de Peracamps, provincia de Lérida, del 14 al 16 de noviembre de 1839.


Cruz de 5ª clase, Gran Cruz, ganada siendo Brigadier. Concedida por el asalto y toma de Mataró, en la provincia de Barcelona, el 24 de septiembre de 1843. 

viernes, 28 de julio de 2017

CHULA de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo, de 67 x 50 cm. Museo de Bellas Artes de Valencia.

LA NAO VICTORIA de Magallanes

La nao Victoria era un buque de alto bordo (oceánico) de la primera escuadra que la Monarquía Hispánica proveyó para ir a las Islas de las especias, siempre que se hallaran comprendidas dentro de las demarcaciones españolas y sin tocar en las portuguesas. Fue llamada en su día la “Armada de la Especiería” o “Armada de Magallanes”. Las singladuras se concluyeron con la primera vuelta al mundo (1519-1522), siendo este el único navío que completó dicho periplo.
El nombre viene de la iglesia de Santa María de la Victoria de Triana, donde Magallanes juró servir al rey Carlos I. La nao Victoria se construyó en los astilleros de Zarauz.
Carlos I aprestó desde España las primeras cinco naves al mando de Magallanes, en origen fue denominada la “Armada para el descubrimiento de la especería”. Los otros cuatro barcos fueron las naos Trinidad, 55 marineros; San Antonio, 60 marineros; Concepción,  45 marineros; y Santiago,  32 marineros.
El 20 de septiembre de 1519 zarparon del puerto de Sanlúcar de Barrameda. El mando inicial de la nave era de Luis de Mendoza como Capitán y tesorero de la Armada cuyo Capitán mayor era Fernando de Magallanes (en la nao Trinidad). Cuando este murió luchando en la Isla de Cebú, Filipinas, Juan Sebastián Elcano, que había zarpado como Maestre de la nao Concepción, fue elegido capitán de la nao Victoria, continuando viaje hasta llegar a las Islas Molucas.
La nao Santiago naufragó en la costa de Patagonia oriental, poco antes de llegar al estrecho, sin perderse la gente; estando ya las naos dentro del estrecho, la San Antonio perdió de vista a las otras naos, decidiendo volver por sus propios medios a España; la Concepción fue incendiada en Bohol por sus tripulantes, ya que no tenían suficientes hombres para manejar tres naves, así que la tripulación de la Concepción se repartió entre las naos Trinidad y Victoria.
Desde Tidore se observó que la carabela Trinidad hacía mucha agua y acordaron seguir dos derroteros distintos. Con la nao Victoria saldrían entre 59 - 70 tripulantes, que navegarían hacia el Cabo de Buena Esperanza. La Trinidad se quedó para reparar la carena en Molucas, con el derrotero decidido para regresar hasta Tierra Firme; reparada y al poco de salir, un temporal echó a perder el mástil mayor y los castillos de popa y proa; después fue capturada por los portugueses y esta nao ya no regresó a España, aunque sí cuatro de sus tripulantes.
El 6 de septiembre de 1522, la Victoria llegó a Sanlúcar de Barrameda, el puerto de donde había zarpado tres años antes, con solo 18 supervivientes europeos a bordo, más 4 indígenas, entre estos supervivientes se encontraba el italiano Antonio Pigafetta, al que debemos una relación completa del gran viaje; convirtiéndose así, en el primer barco en circunnavegar la Tierra y recibiendo Elcano el título de primus circumdedisti me.

La Casa de la Contratación envió quince hombres para conducir la nao hasta Sevilla; remontando el Guadalquivir, alcanzando la ciudad el lunes 8 de septiembre, donde se produjo la descarga de las especias que traía consigo la nao, que cubrió con creces los gastos de toda la Expedición de Magallanes. Posteriormente, la nave desapareció en alta mar en un viaje de regreso a España desde Santo Domingo. 

FRANCISCO SERRANO Y DOMINGUEZ

Duque de la Torre, nacido en la Isla de León, actualmente de San Fernando (Cádiz), el 17 de diciembre de 1810. Era hijo de Francisco Serrano y Cuenca, un militar liberal que había llegado a ostentar el grado de mariscal de campo. Había nacido durante el asedio francés a Cádiz. Inició su educación en el Colegio de Vergara y a los doce años ingresó en el Regimiento de Caballería de Sagunto, de donde pasaría más tarde al regimiento de Caballería del Príncipe, para seguir su adiestramiento militar en el Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras, del que se licenció en octubre de 1830, con el grado de subteniente.
Tomó parte activa en los fusilamientos de los inculpados en la fallida revuelta liberal de Torrijos (Málaga) en 1831. Su siguiente destino fue el regimiento de Coraceros de la Guardia de Madrid. A partir de este momento, su ascensión en el escalafón fue meteórica; se distinguió pronto en la Primera Guerra Carlista, lo que le proporcionó el rango de capitán y otras condecoraciones, como la Cruz de San Fernando. Tras esto se instaló en Cataluña, en donde sirvió a las órdenes de su padre; allí destacó en los sitios de Calaf y Castilseras, que le merecieron la Laureada.
En 1839, al firmarse el Convenio de Vergara, ascendió a coronel y, pocos meses después, fue designado brigadier, creyó oportuno dar el salto a la política, alineándose con los progresistas a los que encabezaba Espartero. Como diputado, apoyó la Regencia de éste quién, en agradecimiento le nombró mariscal y ministro de la Guerra. Su ideario político era extremadamente pragmático: se amoldaba por completo a las circunstancias. Fue capaz de unirse a Prim y González Bravo en 1843 para acabar con el poder de Espartero. La Regencia del duque de la Victoria acabaría gracias a la creación por los anteriores del ministerio universal en la ciudad de Barcelona. La ambición de Serrano era tan grande como la de Espartero, por lo que seguramente esperaba ser su sucesor. Su fidelidad a las fuerzas armadas estaba por encima de la lealtad al gobierno establecido o a la propia monarquía.
Fue amante de la reina Isabel II. La influencia de Serrano en la corte y, sobre todo, en la persona de la reina, fue aumentando con el tiempo; el general bonito, como le llamaba la reina, era el instrumento para aliviar a la soberana de sus problemas maritales con don Francisco de Asís de Borbón. Algunos sectores de la corte veían una amenaza en la inclinación que la reina mostraba hacia Serrano, por lo que el duque de Sotomayor trató de alejar a éste de las alcoba regia y en 1847 le nombró capitán general de Navarra, pero el intento fracasó. En 1848 el gobierno moderado logró una aparente reconciliación entre los monarcas, lo que teóricamente disminuiría la influencia de Serrano. Éste fue nombrado capitán general de Granada en otro intento, esta vez por parte del gobierno de Pacheco, de alejarle de la corte. El distanciamiento resultó más efectivo en esta ocasión, pues Serrano cesó al poco tiempo en su puesto en Granada y se refugió en su finca de Arjona.
 Este impasse en su vida política lo aprovechó para viajar a Rusia, con el fin de continuar con su formación militar, aprendiendo de la organización militar zarista. Tras regresar a España, se desposó con su prima Antonia Domínguez Borrell, hija de los condes de San Antonio. En otra clara muestra de su oportunismo político, participó en la revolución de 1854 a favor de la vuelta de Espartero; por aquél entonces se hizo cargo de la Dirección General de Artillería, y en 1856 fue nombrado embajador de la corte española en París por un año. Pero lo que realmente interesaba a Serrano eran las posibilidades que se le abrían en España. Fue uno de los impulsores de la Unión Liberal, en el período moderado de 1956 a 1868, años en los que ocupó la Capitanía General de Cuba (1859-1862). A su vuelta a España se le otorgó la Grandeza de España, y fue investido con el ducado de la Torre, añadiendo más tarde la concesión del Toisón de Oro por su labor en la represión de la sublevación del Cuartel de San Gil en 1866.
 Al morir O'Donnell al año siguiente, le sucede Serrano como jefe de la Unión Liberal sumando  al partido a las conspiraciones antidinásticas de progresistas y demócratas. Participó de manera decisiva en la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II, venciendo en la batalla de Alcolea, al ejército estatal del marqués de Novaliches. Ante el vacío de poder fue nombrado presidente del gobierno provisional, entre 1868 y 1869 y, vacante la jefatura del Estado, recayó sobre él como presidente del Poder Ejecutivo con tratamiento de alteza, en el bienio 1869-70.
 El pretendiente al que apoyaba era el duque de Montpensier, pero al ver que era Amadeo de Saboya quien el que contaba con mayores posibilidades, se acercó a él. Serrano fue el primer jefe de gobierno de la nueva monarquía constitucional, reunió un consejo pretendidamente de conciliación revolucionaria, que integraba a unionistas, progresistas y demócratas, que se vio obligado a dimitir en julio de 1871 ante la imposibilidad de soportar los ataques de la oposición y su propia desunión. La unión de los revolucionarios de 1868 había desaparecido por completo.
Instaurada la monarquía democrática con Amadeo de Saboya, Serrano fue llamado a presidir el gobierno en dos ocasiones, en 1871 y 1872. Al estallar la Tercera Guerra Carlista, Serrano dirigió los ejércitos de Navarra, Aragón y Burgos, derrotando al pretendiente don Carlos VII en Oroquieta y firmó el Acuerdo de Amorebieta, con la esperanza de liquidar el conflicto.
El nuevo proyecto duró muy poco, ya que la posibilidad de una revuelta republicana se hacía cada vez más evidente. Serrano trató de hacer ver al rey que la única posibilidad de evitarla era suspender las garantías constitucionales, algo a lo que Amadeo se negó taxativamente. El rechazo de las Cortes provocó su caida. Desde su destierro, Isabel II trató de aprovechar la afinidad que tenía con Serrano para pactar una posible vuelta de los borbones al trono español, pero Serrano se negó a aceptar tal propuesta.
 Con la instauración de la Primera República en 1873, Serrano reaccionó de manera informal, al igual que otros generales, intentando provocar una revuelta en la Milicia Nacional, pero fracasó. Esto significó el exilio en Biarritz; su vuelta a España no se produjo hasta el golpe del general Pavía, que acabó con el sistema republicano en 1874, siendo Serrano elegido presidente del poder ejecutivo, instaurando una dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto.
 Aceptó al nuevo rey, Alfonso XII, con la pretensión de desempeñar un papel importante en el nuevo régimen como jefe del Partido Constitucional. Quedó desairado por Cánovas y por el rey cuando éstos prefirieron a Sagasta como líder liberal, razón por la que se escindió con el grupo de la Izquierda Dinástica.
 Su labor como presidente de gobierno resultó insignificante, dado que fue un político sin ideales ni proyectos, al que la ambición de poder hizo cambiar frecuentemente de orientación y de lealtades, fue apodado el Judas de Arjonilla, por su tendencia a la traición y por el lugar en donde tenía su finca.
 Falleció el mismo día en que era enterrado Alfonso XII el 25 de junio de 1885.

JOSÉ MARÍA AZNAR LÓPEZ

Nacido en Madrid el 25 de febrero de 1953, procedente de una familia de origen navarro, el abuelo Manuel Aznar Zubigaray, fue embajador d...