miércoles, 17 de mayo de 2017

MARÍA TUDOR, segunda esposa de Felipe II

Publicado 17/05/2017



Hija de Catalina de Aragón y de Enrique VIII de Inglaterra, nació en el palacio de Greenwich el 18 de febrero de 1516. Apenas tenía dos años cuando se pensó en su futuro matrimonio, la opción era casarla con el Delfín, Francisco, hijo de Francisco I. Tuvo una esmerada educación, por influencia de su madre, que había sido cuidadosamente educada por Isabel la Católica. Tuvo buenos profesores particulares de la talla de los ingleses Thomas Linacre y Tomás Moro, el neerlandés Erasmo de Rótterdam y el español Luis Vives. Aprendió varios idiomas (latín, francés y español), bordado, canto y a montar a caballo. A pesar de todo tuvo una complicada juventud al ser repudiada su madre en 1531. María, hasta entonces princesa de Gales, fue llevada a Richmond (hoy un barrio de Londres), quedando separada de su madre, que quedó confinada en el castillo de Kimbolton, sin que probablemente se le permitiera verla ya más, ni siquiera cartearse.

En septiembre nació su hermanastra, Isabel. María, que había visto rebajado su rango en la Corte, era de carácter obstinado y no se sometió, escribiendo a su padre una carta en la que se declaraba hija legítima de un matrimonio legítimo. En diciembre fue trasladada a la residencia de la pequeña Isabel en Hatfield (Hertfordshire), y puesta bajo la autoridad de una tía de Ana Bolena.  En enero de 1536 murió su madre y en mayo Ana Bolena fue arrestada y ejecutada; su matrimonio con el rey fue anulado, para poder éste casarse con Juana Seymour y la princesa Isabel declarada, como María, ilegítima. Enrique VIII, a través de Thomas Howard, duque de Norfolk, trató de obtener la firma de María al Acta de Supremacía y el reconocimiento de su ilegitimidad, sin éxito en un primer momento; pero fuertes presiones la hicieron firmar por fin el 15 de junio.

La nueva reina, Juana Seymour, trató de reconciliar a Enrique VIII con María, volviendo así a ver a su padre después de cinco años. En octubre de 1537 nació el príncipe Eduardo, su madre falleció unos días después, no tuvo inconveniente en reconocer legítimo heredero al estar muerta tanto su madre como Ana Bolena; ella misma fue su madrina. Aunque había varios candidatos, su padre desestimó su matrimonio por temor a que el elegido, que necesariamente había de ser un príncipe extranjero, reclamase en nombre de María la corona inglesa. Se dedicó así a los libros, la música, la caza y a cuidar de Isabel y Eduardo.
En enero de 1540 su padre volvió a casarse por cuarta vez con Ana de Cleves para fortalecer su alianza con los príncipes protestantes alemanes; poco agraciada, Enrique VIII no tuvo ningún escrúpulo en deshacer este enlace seis meses después para unirse con Catalina Howard, sobrina del duque de Norfolk. Catalina era cuatro años más joven que María Tudor y no se llevó bien con ella; Catalina fue acusada de infidelidad y también ejecutada en 1542. A pesar de sus fracasos matrimoniales, en 1543 el rey volvería a casarse por última vez con Catalina Parr. Ésta, inteligente y culta, sí gustó a María, quien ahora frecuentaba más la corte, y trabó amistad con ella. Enfermo desde 1544, Enrique VIII murió en enero de 1547. El hermano menor de María, Eduardo, fue coronado rey como Eduardo VI.

Con él se había mostrado cercana María, pero las reformas protestantes que introdujo  estropearon la relación. Después de algunas rebeliones, María fue sospechosa de haber tratado a los cabecillas. Era cierto que protegía en general a los católicos del país, pero no había tenido parte con los sublevados. En cualquier caso, Eduardo VI mostró mayor aprecio por Isabel, protestante como él; María, por su parte, se mostró sumisa hacia su hermano el rey salvo en cuestiones de religión, y continuó celebrando la misa católica en su casa a pesar de las llamadas de atención.

Su situación se hizo más difícil cuando en 1549 Eduardo Seymour fue encarcelado y se nombró regente en su lugar a John Dudley, duque de Northumberland, que dominó completamente al joven monarca. En 1552 Eduardo VI enfermó de viruelas, y aunque se recuperó, en 1553 enfermó de tuberculosis. María temió ser asesinada al morir su hermano. El duque de Northumberland veía en la entronización de María un peligro para el protestantismo inglés, convenció al rey de la necesidad de modificar su testamento para evitar la vuelta al catolicismo. Aquel soslayó a María y a Isabel por ilegítimas y declaró heredera a Juana Grey, sobrina nieta de Enrique VIII, quien además casó en mayo con un hijo del regente, Guilford Dudley. En julio murió el rey y Juana Grey, de quince años, fue forzada a aceptar la corona, trasladándose así a Londres. Antes de acabar el mes vería cómo la mayor parte del país se ponía de parte de María.

Tan popular como su madre, que había sido muy querida, María I Tudor fue proclamada reina en Londres el 19 de julio, en medio de las aclamaciones de la multitud. Mandó encerrar a Northumberland en la Torre de Londres y luego lo mandó ejecutar. Pero en materia religiosa se mostró prudente en estos primeros momentos, apenas legalizando el culto católico: fue todo un símbolo que permitiese el entierro de Eduardo VI en la abadía de Westminster, celebrándolo con un oficio protestante. Coronada reina el 1 de octubre, su primera medida fue declarar legal el matrimonio entre sus padres. Sin embargo, al manifestar su intención de contraer matrimonio con su primo el príncipe Felipe de España, comenzó a perder apoyo popular, que desconfiaba de un extranjero, al igual que el propio Parlamento. En efecto, en enero de 1554, el protestante Thomas Wyatt encabezó una sublevación que tomó Rochester y acampó en las afueras de Londres. María I se comportó valerosamente, y con el apoyo de los londinenses, aplastó el golpe de estado. En la rebelión habían participado parientes de Juana Grey, por lo que ella y su padre fueron ajusticiados.

A pesar de este aviso, la reina, siguió adelante con sus planes de  restauración del catolicismo. En las capitulaciones matrimoniales se especificó expresamente que los consejeros españoles de Felipe no podrían interferir en los asuntos ingleses, ni Inglaterra estaría obligada a combatir a los enemigos de España. El príncipe llegó al país en julio de ese año y la boda se celebró en la catedral de Winchester el 25 del mismo mes. Felipe tenía 26 años y María Tudor 37; ésta, diez años  mayor y algo avejentada, de pequeña estatura, pelirroja, de ojos grises y tez clara, pronto se enamoraría de su joven esposo, delgado, rubio, de ojos azules y buena presencia en general, aunque para éste se trató siempre de un matrimonio de estado. No obstante este cariño, sólo aceptó el consejo de su esposo cuando coincidía con su parecer. En noviembre la reina pareció estar embarazada, pero se trataba de una hinchazón de vientre y en mayo de 1555 la noticia quedó desmentida.

Había iniciado negociaciones con el papa Julio III, el resultado fue el envío de un legado pontificio, el cardenal inglés Reginald Pole, que había tenido que abandonar el país en 1541, y que sería nombrado arzobispo de Canterbury en noviembre de 1555. Aún no devolvió a Inglaterra a la obediencia pontificia; en cambio, sí devolvió los bienes confiscados a algunas órdenes religiosas. A partir de febrero de 1555 actuó con mayor contundencia y comenzó a quemar en la hoguera a algunos líderes protestantes como John Hooper, obispo de Gloucester, Nicholas Ridley, obispo de Londres, o Hugh Latimer, obispo de Worcester, Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, sería ejecutado en noviembre de ese mismo año. El efecto de estas condenas fue contraproducente, pues la gente vio en ellos a unos mártires; éste sería el origen del sobrenombre de María I, la Sanguinaria "Bloody Mary". Envió espías a donde se habían refugiado protestantes ingleses, como Dinamarca, y prohibió bajo pena de muerte la posesión de libros religiosos no católicos.

En agosto Felipe abandonó el país en dirección a Flandes para asistir a la abdicación de su padre el emperador Carlos I. Tras un tiempo de espera prudencial, María I instó a su marido que regresase lo antes posible; éste no lo haría, ya rey Felipe II, hasta marzo de 1557. Una vez allí, hizo todo lo posible para obtener la entrada de Inglaterra en la guerra contra Francia, que se había aliado con el nuevo papa Paulo IV contra los Habsburgo. La reina cedió y envió a su esposo una cantidad considerable de dinero y la promesa de ayuda militar naval y terrestre; en junio se declaró la guerra a Francia y el mes siguiente Felipe II dejó otra vez el país, esta vez definitivamente; María ya no volvería a verlo. El ejército inglés desembarcó en la estratégica plaza de Calais, que dominaba el paso del Canal de la Mancha, y que estaba en su poder desde más de dos siglos atrás. En enero de 1558 los franceses atacaron por sorpresa y tomaron la ciudad, lo que desmoralizó a los ingleses. No fue ésta la única desgracia: otro posible embarazo quedó desmentido; había considerable tensión en el gobierno, y a las malas cosechas se había unido una epidemia de gripe.


Según avanzaba el año su salud empeoró, y se hizo necesario pensar en la sucesión; descartado su esposo, las preferencias cayeron sobre su hermana Isabel, María le había permitido alejarse de la Corte, pero en marzo de 1554 la arrestó acusada de complicidad con el rebelde Thomas Wyatt, aunque la liberó por comprobarse su inocencia. Isabel gozaba de gran popularidad y por ello se respetó su vida, confinándola simplemente en su casa. No permitiría su vuelta a la Corte hasta abril de 1555, por insistencia de Felipe II, que prefería como heredera del trono inglés a Isabel antes que a la reina escocesa María Estuardo. Así, curiosamente, la protestante Isabel podría ser reina gracias a que primero lo fue María I, católica, pero que protegió los derechos de su hermana, y a que el rey católico de España decidió a su favor. A principios de noviembre hizo testamento designándola sucesora con la esperanza de que abandonase el protestantismo; unos días después, el 17 de noviembre de 1558, falleció a los 42 años de edad. Fue enterrada en la abadía de Westminster, en un sepulcro en el que también se depositarían más adelante los restos de Isabel I.

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RETRATO DE JOAQUIN SOROLLA de Manuel Benedito Vives

Óleo sobre lienzo, de 100 x 76 cm. Museo de la Ciudad. Valencia.