jueves, 8 de marzo de 2018

IGNACIO PINAZO CAMARLENCH: Ignacio hijo del artista de perfil


Realizado en 1890. Óleo sobre lienzo, de 54 X 48 cm.


El tema infantil ocupa un lugar significativo en la obra de Ignacio Pinazo, siendo parte fundamental de su producción los retratos pintados a partir del nacimiento de sus dos hijos José (1879) e Ignacio (1883), en los cuales se plasmará la evolución de los dos niños. En este cuadro el retratado es Ignacio, en camisa con el hombro descubierto sobre un fondo de tonos oscuros que remiten a su ascendencia goyesca.

jueves, 22 de febrero de 2018

IGNACIO PINAZO CAMARLENCH: Barca en la playa de El Cabañal


Pintado en 1880. Óleo sobre lienzo, de 22 X 35 cm.


Una barca de vela izada permanece en la orilla junto a un grupo de personas. La pincelada briosa y muy empastada, observable a simple vista, delata que el cuadro se trata de un apunte rápido, tomado del natural. La importancia concedida a la luz, aventura un tipo de pintura que se anticipa al luminismo de Sorolla.

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Capítulo Quinto


La sucesión, una cuarta boda y el germen de una guerra civil.

Tras la vuelta a Palacio, todo parece volver a la normalidad, incluidas las escapadas galantes del rey. El encargado de la vigilancia en el Real Sitio de Aranjuez, es el coronel don Trinidad Balboa, que en un parte menciona su preocupación por la salud del rey, en sus continuas salidas. Disgustado Fernando, le hace saber que: “Cierta clase de indagaciones podrían concluir con un viaje a Ceuta”.  Mientras comienza una durísima represión contra todos los que apoyaron las ideas constitucionalistas, e incluso en Valencia se celebra un auto de fe.

Palacio de Aranjuez

En el Real Sitio de Aranjuez, muere el 18 de mayo de 1829, la reina María Josefa Amalia. Posiblemente fue la menos amada de las esposas del rey. No había tenido ningún hijo, por lo que el problema sucesorio seguía vivo. Poco antes de la muerte de la reina, Fernando VII declaraba en un testamento escrito de puño y letra por su ministro Calomarde: “Quiero que si a mi muerte dejase yo hijos varones, hereden éstos, por el orden de primogenitura y el que establecen las leyes de Partida, todos mis Reinos y señoríos de España y de las Indias, y todos los derechos y acciones de la Corona…”.

Comienza una batalla en torno a una nueva boda del rey, apareciendo quienes creen que no debe tomar nuevo matrimonio, y que la Corona debe recaer en su hermano don Carlos. Pero el rey está decidido a casarse, y este grupo comienza los movimientos para imponer una candidata que sea partidaria de las ideas que ellos representan, como lo fue la fallecida reina doña María Amalia. Se lo hacen saber al rey y la contestación de éste es contundente:

- No más rosarios.

María Cristina de Borbón dos Sicilias

El rey elige a doña María Cristina de Borbón dos Sicilias, hija del rey Francisco I de Nápoles y de la infanta doña María Isabel, que es sobrina de Fernando. Ha nacido en Palermo el 27 de abril de 1806. Se suceden las cartas, encendidas de amor, entre los novios. El 30 de septiembre de 1829, hace cuatro meses del fallecimiento de la reina, sale de Nápoles la futura reina. En el camino hay una parada en Valencia, desde donde María Cristina escribe a su tío y futuro marido, agradeciéndole sus cartas. La contestación de Fernando merece señalarse: “Pichona mía, Cristina: Anoche, antes de cenar, recibí tu cariñosísima carta del 29 y tuve el mayor gusto en leer que tú, salero de mi vida, estabas buena y ya más cerca de quién te adora, y se desvive por ti, y no piensa más que en su novia, objeto de sus más dulces pensamientos. Puedes creer que todos los días más de una vez, cuando estoy solo, canto aquel estribillo:

Anda, salero
salerito del alma
cuánto te quiero”.

La novia llega al Real Sitio de Aranjuez el 8 de diciembre, celebrándose los desposorios en la capilla del Palacio, en poderes delegados en don Carlos, hermano del rey. El día 10 llega Fernando VII a Aranjuez para conocer a la reina, come con ella y parten hacia Madrid. La reina entra oficialmente en Madrid al día siguiente. Su belleza, distinción y su abierta sonrisa, seducen desde el primer momento al pueblo. Por la noche, en Palacio, se celebra la ceremonia de desposorios, y al día siguiente, en la Real Basílica de Atocha, las velaciones.

Se piensa que la reina pueda influir en Fernando VII, para aplacar en alguna medida el rigor del absolutismo. España apenas a conocido la paz: la guerra de la Independencia, primero, y la continua discordia civil más tarde, han ensangrentado el suelo español. Lágrimas, luto y cárcel. El 8 de mayo “La Gaceta” anuncia que la reina doña María Cristina ha entrado en el quinto mes de embarazo. La gente se acerca a Palacio, para saber noticias. Una tarde, el 10 de octubre, la multitud mira hacia un ángulo de Palacio. A las cuatro y cuarto es tremolada, en la llamada punta del Diamante -esquina noroeste del edificio- una bandera blanca: la señal de que acaba de nacer una Princesa.

El bautizo es al día siguiente, veintiún cañonazos anunciarán a las doce del mediodía, el inicio de la ceremonia. Se le imponen a la recién nacida los nombres de: María Isabel Luisa.

Isabel II niña

En “La Gaceta” del día 14 aparece un real decreto que dice: “Es mi voluntad que a mi muy amada hija, la infanta doña María Isabel Luisa, se le hagan los honores como al Príncipe de Asturias, por ser mi heredera y legítima sucesora a mi Corona, mientras Dios no me conceda un hijo varón”.

Al empezar 1832, nace la segunda hija de Fernando y Cristina: la infanta María Luisa Fernanda. El rey no ha cumplido los cuarenta y ocho años, pero está torpe y se mueve con dificultad, la gota le tortura. Se presiente su próximo fin, deseado por muchos: unos por el recuerdo de los trágicos momentos vividos, otros porque esperan que la Corona pase a manos de don Carlos.

Reparte la Corte el año entre los diversos Reales Sitios: en primavera a Aranjuez, en verano La Granja, el otoño es pasado en El Escorial, y parte del invierno en El Pardo. Al comenzar el verano la Corte se traslada, este año, a La Granja. El mal del monarca se acentúa, y los médicos tienen pocas esperanzas. Fernando VII firma, con ilegible letra, un documento por el que priva a su hija del derecho a la Corona. Son las siete y cinco minutos de la tarde del 18 de septiembre de 1832. El decreto deberá ser guardado secretamente, hasta la muerte del rey. Calomarde quebranta lo acordado y comienza a dar notificación oficial del documento.



Pero Fernando VII se recupera y se da cuenta de lo que ha ocurrido. Llega a La Granja la infanta doña Luisa Carlota, hermana de la reina, que recrimina a unos y a otros su actitud, y movida por la cólera, da una bofetada a Calomarde. Éste dirá: “Manos blancas no ofenden”.

Infanta Luisa Carlota

El martes 1 de enero, ya repuesto el rey, deroga la disposición dictada. La futura reina deberá ser jurada como Princesa de Asturias, son convocadas las Cortes para el 20 de junio a las diez y media de la mañana, en la iglesia de San Jerónimo el Real. Tradicionalmente se celebra en este templo de los Jerónimos la jura de los que han de ser Reyes de España. La primera ceremonia fue, varios siglos antes, la de Carlos I, en 1510. El Rey de armas va llamando desde el crucero a quienes han de reconocer y jurar como heredera al Trono a la Princesa. Pero hay una ausencia, la del infante don Carlos, que se halla en Portugal, y aunque se le ha convocado para la ceremonia, excusó su asistencia, haciendo constar su protesta por el acto. Tras la ceremonia, regresan, casi de noche, al Palacio, ante la aclamación popular.

Infante don Carlos

Recae el rey y el 29 de septiembre, los doctores, advierten una alarmante inflamación en la mano derecha, aplicándole un parche de cantáridas en el pecho. Solo queda junto a él su esposa, la reina. La cual advierte, de pronto, algo extraño, sale apresuradamente y da órdenes para que se busque al doctor Castelló. Cuando este llega, el rey a muerto. Son las tres menos cuarto de la tarde.

Se viste al rey con el uniforme de capitán general, y se le traslada al salón de Embajadores. El 3 de octubre, a las seis de la mañana, es trasladado al panteón de El Escorial. A media tarde llegará la comitiva a Galapagar, donde pernoctan, llegando a El Escorial a primera hora de la mañana siguiente. El capitán de los Monteros de Espinosa, juran que es el cadáver que se les había entregado. El capitán de guardias, duque de Alagón, pide silencio, y grita gravemente:

-Señor…, Señor…, Señor…

Un patético silencio sigue a cada invocación hecha en el Panteón de los Reyes de España. El capitán habla de nuevo:

-Pues que Su Majestad no responde, verdaderamente está muerto.

Rompe a continuación el capitán su bastón de mando, en dos pedazos y los arroja a los pies de la mesa en que está depositado el ataúd. El mayordomo mayor cierra la caja y entrega las llaves al prior del monasterio. Ha terminado la ceremonia fúnebre.






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miércoles, 21 de febrero de 2018

EUGENIO CAJÉS-La fábula de Leda


Pintado en 1604. Óleo sobre lienzo, de 165 X 193 cm.

Compañero del Rapto de Ganimedes, se trata de la copia que Eugenio Cajés realizó de una de las pinturas más importantes y afamadas de Antonio Correggio que guardaban las Colecciones Reales españolas. Relata un episodio de contenido erótico extraído de las Metamorfosis de Ovidio. Se representa a Júpiter que se ha transformado en cisne con la intención de acceder a la ninfa Leda. El original, que actualmente se encuentra en el Museo de Berlín, ha sido una de las obras con mayor prestigio erótico de la historia de la pintura europea, lo que ha dado lugar a que tenga un devenir muy accidentado. De hecho, el interés de la copia de Cajés radica en que permite conocer el aspecto original del rostro de Leda, que en el original fue desfigurado por una agresión a principios del siglo XVIII.


RUTA DE LOS CASTILLOS DEL VINALOPÓ: Castillo de Petrel


Los orígenes de Petrel se remontan a la Edad de Bronce. Los romanos crearon varios asentamientos agrícolas, en la zona, y el nombre de una de sus villas, Villa Petraria, daría su nombre a esta población. Pero serían los musulmanes, en el siglo XII, los que construirían un castillo y cercarían el núcleo de la población con una muralla, dándole el nombre de Bitrir. Por el tratado de Almizra, que establecía la frontera entre Castilla y Aragón, la población quedó bajo la influencia castellana. 

El castillo fue entregado por Alfonso X el Sabio, al noble cristiano de origen francés, Jofré de Loaysa cuya familia ejercería el señorío hasta el siglo XV. En 1258 Alfonso X, instituye el mayorazgo en favor de García Jofré de Loaysa. En 1264 la población mudéjar de Petrel, toma el castillo, hartos del poder despótico de Jofré de Loaysa. El rey castellano pide ayuda a su suegro Jaime I el Conquistador, quien pacta con los sublevados, volviendo a tomar el castillo y devolviéndole a su antiguo señor y a la Corona castellana a quien pertenece el territorio. Sin embargo pronto surgen nuevas disputas entre Castilla y Aragón, las tropas aragonesas entran en 1296 en la zona y en el reino de Murcia, la familia Loaysa a pesar de su pertenencia a la corona castellana, jura fidelidad al rey aragonés y este le confirma en sus posesiones y señoríos. 

Por los tratados de Torrellas (1304) y Elche (1305) la población pasará a dominio de la Corona de Aragón. Entre 1356 y 1366 el territorio estuvo en disputa por la conocida como guerra de los dos Pedros, entre Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. A la muerte del castellano el territorio queda bajo control absoluto y definitivo de la corona aragonesa. 


A comienzos del siglo XV muere sin descendencia, doña Leonor de Loaysa, último de los Loaysa. La entonces baronía pasa a manos de la Corona en la persona de la reina Violante de Bar (esposa de Juan I de Aragón), la cual vende, en 1431, la baronía a los Pérez de Corella en la persona de Ximén Pérez de Corella, conde de Cocentaina quienes dedicarían el castillo a vivienda residencial, ya que las necesidades defensivas habían perdido su razón de ser. El castillo fue reformado, de esta época es la elevación de la torre que en origen era de menor altura, se construye una capilla, bajo la advocación de Santa Catalina y en la torre se habilita el piso bajo como mazmorra. 

A finales del siglo XVI el castillo será vendido nuevamente, esta vez a la familia de Juan de Coloma
quien lo adscribe al condado de Elda. En 1609 con la expulsión de los moriscos, la zona quedó despoblada y hubo que repoblarla con familias procedentes de Castalla, Onil, Biar, Xixona y Mutxamel. Durante la Guerra de Sucesión, la población permaneció fiel a la causa borbónica, por lo que terminada la guerra con la victoria de Felipe V, obtuvo numerosos privilegios por su lealtad. Desde este momento hasta la desaparición de los señoríos en el siglo XIX decretado por las Cortes de Cádiz, el castillo perteneció a esta familia y al conde de Cervellón heredero del condado de Elda. Con la desamortización de Mendizábal sería abandonado, sus piedras usadas para la construcción de viviendas, entrando el castillo en ruina. Durante la Guerra Civil Española, Petrel fue elegido como punto de reunión del Gobierno de la Segunda República antes de partir hacia el exilio en 1939. El gobierno de Juan Negrín se instaló en la finca de "El Poblet". En 1968 el obispado de Orihuela propietario entonces del castillo cedió la propiedad al Ayuntamiento de Petrel.

Situado en el cerro denominado del Testigo, domina la población y el paso del estratégico Valle de Elda. El castillo consta de tres espacios claramente diferenciados: la explanada, la alcazaba y la torre maestra. 


La explanada era una gran superficie amurallada que rodeaba la alcazaba o castillo propiamente dicho. De este recinto sólo queda un lienzo de muralla construido en tapial, y una torre de planta cuadrada adosada que hace de mirador hacia la población. En esta explanada se han encontrado restos de viviendas, por lo cual sabemos que esta parte del castillo estaba habitada.  

La alcazaba o castillo, fue construido entre los siglos XII y XIV. Consta de un recinto amurallado que protege una torre no excesivamente alta situada en uno de los extremos de este segundo recinto. La alcazaba adopta forma poligonal adaptándose al terreno sobre el que se levanta. El castillo está construido en mampostería con sillares en las esquinas, aunque las partes más antiguas, como es la torre, estan construidas en tapial, típica forma de construir de los musulmanes. La entrada al castillo se realiza por una puerta situada en la fachada Sur, formada por un arco de medio punto con dovelas de sillería. Por encima de la portada un matacán volado la defiende. En la fachada Norte se abre una poterna o puerta secundaria construida a principios del siglo XIV formada por un arco de medio punto de similares características a la de su compañera del lado Sur. La defensa del castillo además de los muros y lienzos se realiza por grandes nichos abiertos en el muro con estrechos vanos aspillerados. Otros sin embargo son usados como bancos y ventanas miradores, propios de un uso palaciego. 


Nada más entrar, en el lado izquierdo, encontramos un edificio de planta rectangular que se cierra por una bóveda de medio cañón. Se trata de una de las salas principales del castillo, iluminado por tres vanos en forma de aspillera, dos de ellos visibles desde la fachada que da a la explanada, se entra por una puerta con arco rebajado. 


Dominando el interior del castillo se levanta la torre maestra. De planta cuadrangular, está formada por planta baja, dos pisos y terraza almenada, construida en tapial. La planta baja, en época musulmana, era usada como aljibe, y a partir del siglo XIV fue usada como prisión o mazmorra. En las paredes se han encontrado diversos grafitis realizados por los presos. El acceso se realiza por una puerta situada en alto, por lo que es necesaria una escalera volada para subir tanto hasta el primer piso como hasta el segundo. El acceso a la terraza se realiza por una escalera interior desde el segundo piso. 


El interior del castillo lo forma el patio de armas en cuyo subsuelo encontramos un aljibe. Algunos restos y marcas talladas en la piedra nos indican la existencia de la capilla del castillo, cuya entrada debía estar formada por un arco. Un camino de ronda rodea todo el perímetro interior de la muralla. El patio de armas no excesivamente grande se organiza mediante terrazas que salvan el desnivel del terreno. 






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martes, 20 de febrero de 2018

LOS DESPROPÓSITOS DE UNA MONARQUÍA: Episodio Cuarto


El Deseado, el Esperado, Fernando VII entra en Madrid



Aquel 13 de mayo de 1814, pasará a la historia de Madrid, por el regreso de Fernando VII. Siempre la ciudad amó estos espectáculos callejeros: la llegada de grandes personajes, los cortejos reales, los desfiles de las bodas; y esta es una nueva ocasión de “alegría”. Recibe la ciudad clamorosamente al Rey, y no se han acabado las fiestas, cuando un nuevo personaje hace su entrada, es lord Wellington. Pocas veces hubo en Madrid una primavera tan bella como ésta. Toros, luminarias, bailes populares, desfiles, tonadillas.

Tras la comida de gala en Palacio, la vida va recuperando su ritmo normal. Han sido cinco años de fiebre heroica y de sobresaltos. De nuevo hay un Rey español. En Palacio, entretanto, se perfilan las dos tendencias que ensangrentarán de nuevo la tierra española. Por un lado, el espíritu liberal, y por otro, el absolutista. La soberanía nacional y el Rey. En la antesala de la cámara real se reúne la “camarilla”, formada por: el infante don Antonio, el canónigo Escoiquiz, el duque de San Carlos y Chamorro (el antiguo aguador de la fuente del Berro). Forman tambien parte de la “camarilla” los religiosos: Ostoloza, Castro y Creux, y más tarde el núcleo de los militares: Elio, Eguía y Eroles. Todos ellos encarnan la tendencia absolutista.



No quiero ser irrespetuoso, pero a esta parte que va a continuación yo lo llamaría; la pasarela de las reinas fernandinas, La primera fue María Antonia de Nápoles. Se casaron cuando Fernando era Principe de Asturias, y fue un matrimonio breve e infortunado. La Princesa escribió en una carta: “El Principe es un infeliz, que no ha sido educado. Es bueno, pero no tiene instrucción, ni talento natural, ni tampoco viveza. Es mi antípoda, y yo, para mayor desgracia, no le quiero nada”. La vida entre ellos no fue fácil, son numerosas las anécdotas desagradables. Como muestra este comentario de un embajador francés a la madre de María Antonia: “Una tarde que la Princesa quiso retirarse a su cuarto después de comer, empeñóse el Principe en que se quedara. Negóse ella, él insistió y, como siguiera resistiendo, la cogió violentamente por el brazo y le dijo: Aquí soy yo el amo; tienes que obedecer, y si no te conviene te marchas a tu tierra, que no he de ser yo quién lo sienta”. Murió Maria Antonia el 21 de mayo de 1806, en el Palacio de Aranjuez, de tuberculosis.



Ahora hay que pensar en una nueva boda, y como siempre tras repasar todas las posibles, se impuso la razón de Estado, pero serán dos bodas, Fernando y Carlos, se casarán con dos hijas del Rey de Brasil, María Isabel y María Francisca. Ambas hermanas hacen la travesía desde Brasil, en un navío portugués, el “San Sebastián”

De camino a la capital del Reino, una comitiva se acerca, son los hermanos Fernando y Carlos, que rompiendo el protocolo, han querido conocer a sus esposas antes de que hagan su entrada en Madrid. Tras las presentaciones continúan juntos el camino. Una vez más los madrileños se vuelcan en las calles. 

Fernando VII es realmente feo, pero tiene un atractivo popular. Gusta de la compañía femenina, aún casado, se habla de amoríos con Pepa la Malagueña, a quién visita en la calle Ave María, escoltado por el duque de Alagón (Paquito de Córdoba). Se comentan los frecuentes viajes a Sacedón, a donde visita a una muchacha. Los amoríos llegan a conocimiento de María Isabel de Braganza, ésta espera su regreso, cuando Fernando llega acompañado por el de Alagón, la Reina se lo recrimina dando detalles de sus salidas gentiles. Fernando se encoge de hombros y deja que se calmen los ánimos de María Isabel, para seguir su alegre vida.

También es breve la vida de esta segunda esposa real, y muere el 26 de diciembre de 1818, con solo veintiún años. Madrid y Fernando lloran su muerte. 

- Es la primera vez -comentan algunos- que se le ha visto tan hondamente enternecido.

No han tenido descendencia pues María Isabel de Braganza,  solamente dio a luz una niña que nació muerta. Era necesario encontrar una nueva esposa para el rey, y poder asegurar la descendencia. De nuevo las cancillerías buscando novia para el Rey de España.



La elegida es María Josefa Amalia de Sajonia, que aun no ha cumplido dieciséis años. Es hija del Principe Maximiliano de Sajonia y de la Princesa Carolina María Teresa de Parma, al quedar huérfana de madre muy joven, se ha educado en un convento alemán. Era aniñada, bella y muy femenina. El 31 de julio emprende el camino hacia España, a donde llega por Fuenterrabía, de allí se dirige a Irún, donde se celebra la entrega de la Princesa a la Corte Española. Preside el acto por parte sajona, el barón de Friesen, y por parte española, el marqués de Valverde, que hará la entrega al Rey. En el salón de Embajadores de Palacio, se celebrará la ratificación del matrimonio,  y la misa de velaciones en San Francisco el Grande.



Ese mismo año, muere en Roma la madre de Fernando, la Reina María Luisa de Parma, y poco después en Nápoles,  Carlos IV. Es políticamente, un tiempo de mucha agitación.  Surgen pronunciamientos en favor de la Constitución de 1812, Mina en Navarra, Porlier en Galicia, Lacy en Cataluña, y el coronel don Rafael de Riego se subleva en Las Cabezas de San Juan. Todo es zozobra y confusión en Palacio, mientras el clamor callejero aumenta peligrosamente. El Rey, ante la situación,  firma un decreto, declarándose partidario de la Constitución votada en las Cortes de Cádiz en 1812. La noticia llena de entusiasmo al gentío, que quiere que Fernando jure la Constitución. Otra vez la muchedumbre ante Palacio. La Guardia no hace resistencia y algunos han entrado, subiendo por la escalinata, en busca de Fernando VII, que accede a la petición. Ordena que se constituya el Ayuntamiento constitucional de 1814, los regidores se trasladan a Palacio y le piden, formalmente, el prometido juramento,

En el salón del Trono, ante el Ayuntamiento y seis representantes del gentío, Fernando VII, hace el solicitado juramento. Al día siguiente lanza un manifiesto en el que se sincera de los errores, la última frase es: "Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional". Se entabla así la lucha entre la tendencia absolutista del Rey, y la constitucionalista del Gobierno. Fernando obtiene la ayuda de Francia y Luis XVIII, envía un ejercito, los "Cien mil hijos de San Luis", que entra en España al mando del duque de Angulema. El ejército se extiende por España, mientras el Rey se instala, con toda la familia en Sevilla, trasladándose después a Cádiz. Angulema llega a Cádiz  y el Trocadero cae en sus manos. La paz se impone. Termina así el periodo constitucional y comienza la etapa absolutista.

Firma Fernando VII un decreto que dice: "Son nulos y de ningún valor todos los actos del Gobierno llamado constitucional, de cualquier clase y condiciones  que sean, que ha dominado a mis pueblos desde el 7 de marzo de 1820 hasta hoy, día 1 de octubre de 1823, declarando como declaro, que en toda ésta época he carecido de libertad, obligado a sancionar las leyes y a expedir las órdenes, decretos y reglamentos que contra mi voluntad se meditaban y expedían por el mismo Gobierno".

Dejemos a Fernando VII, asentado en el trono absolutista, gracias a la intervención francesa y, veremos en el siguiente capítulo el tema que surge por la sucesión.






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IGNACIO PINAZO CAMARLENCH: Autorretrato


Realizado en 1901. Óleo sobre lienzo, de 57 X 45 cm.


Pinazo se autorretrata aquí a sus 52 años, aunque su rostro aparenta bastante mayor edad, por lo que el cuadro es conocido también con el título de Autorretrato anciano. Representado de busto, con chaqueta y sombrero, posa ante un fondo neutro, asomando el brazo izquierdo como extendido al frente, seguramente en actitud de pintarse. Aparece casi de frente, volviendo el rostro hacia el frente para mirarse en el espejo del que copia sus facciones.

De entre todos los artistas españoles de su generación, Ignacio Pinazo es, sin duda, el paradigma del pintor obsesionado durante toda su vida por el análisis de su propia imagen, de la que dejó constancia en más de trece autorretratos, ejecutados desde su primera juventud y a lo largo de toda su carrera, de los que el Prado posee además de éste uno de sus mejores testimonios -Autorretrato pintando o Joven con sombrero-, y que constituyen acta notarial implacable, aunque inevitablemente subjetiva, de la transformación de sus rasgos y aspecto hasta su última vejez. Desde los primeros ejemplos juveniles, hay en todos ellos una especial preocupación por el modelado del rostro a través de una luz muy dirigida, y un dibujo firme y seguro, que en los últimos autorretratos se va diluyendo progresivamente en texturas mucho más deshechas.

En todas estas imágenes que Pinazo dejó de sí mismo se adivina sin dificultad un cierto componente narcisista, justificado en cierta medida por las atractivas facciones del artista, que fue también muy aficionado a ser retratado en fotografía. La vejez prematura que Pinazo aparenta en este autorretrato, sobre todo si se compara con el firmado apenas seis años antes, pudiera quizá responder al pesimismo del artista en los años del tránsito de siglo, en que parece sentirse desplazado ante las nuevas corrientes artísticas, viendo próxima su vejez.
Este lienzo fue adquirido al propio Pinazo con motivo de la medalla de Honor concedida al artista por el conjunto de su obra en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1912, donde figuró el cuadro entre una nutrida selección de 34 cuadros de distintas fases de su producción

EUGENIO CAJÉS-El rapto de Ganimedes


Pintado en 1604. Óleo sobre lienzo, de 175 X 72 cm.

Compañero de La fábula de Leda, el original se guarda en el Kunsthistorisches Museum de Viena y muestra a Júpiter transformado en águila, en el momento en que rapta al joven Ganimedes. Formaba parte de una serie de cuatro escenas mitológicas que realizó Correggio para el duque de Mantua y éste regaló a Carlos V. Son testigos del gusto por la pintura mitológica que se extendió entre la corte y la aristocracia española a partir de mediados del siglo XVI. Un gusto que tuvo su paralelo en la amplia producción literaria de tema similar, y que, en el caso del arte, tuvo que satisfacerse principalmente a través de obras de autores extranjeros, pues los pintores españoles apenas cultivaron el tema, en parte debido a la presión moral

DESASTRES NAVALES: RMS Tayleur


La RMS Tayleur fue una fragata con casco de hierro de la compañía marítima White Star Line. Encalló hundiéndose en su viaje inaugural, las causas se achacan tanto a una tripulación inexperta como a un equipamiento defectuoso. De 650 personas que iban a bordo, tan solo sobrevivieron 290. Fue diseñada por William Rennie de Liverpool y construido para los propietarios de Charles Moore & Company. Fue botada en Warrington el 4 de octubre de 1853, tras solo seis meses de construcción. Tenía 230 pies de largo, con una manga de 40 pies y desplazaba 1.750 toneladas, y una capacidad de carga de 4.000 toneladas en sus tres cubiertas. Llevaba el nombre de Charles Tayleur, fundador de la Vulcan Engineering Works, Bank Quay, Warrington. Fue fletada por la White Star para cubrir las rutas comerciales de Australia, ahora en auge, tras el descubrimiento de oro.

Zarpó de Liverpool el 19 de enero de 1854, hacia Melbourne, con una dotación de 652 entre pasajeros y 71 miembros de la tripulación, de los que tan solo 37 marineros tenían formación. La capitaneaba el capitán John Noble de 29 años. Desde un principio, la tripulación, detectó un problema: el compás no funcionaba correctamente debido a su casco de acero. Así pensaban que navegaban hacia el Sur por el mar de Irlanda, pero en realidad iban hacia el Oeste, hacia Irlanda.
El 21 de enero de 1854, a las 48 horas de navegación, encontraron un banco de niebla y una tormenta, dirigiéndose directamente a la isla de Lambay. Al intentar virar, se encontraron con un nuevo problema: el timón era demasiado pequeño, por lo que no pudieron rodear la isla. El aparejo también era defectuoso; las cuerdas no habían sido adecuadamente estiradas, por lo que tomaron holgura, haciendo casi imposible el control de las velas. Lanzaron las dos anclas, tan pronto como se avistaron las rocas, pero no pudieron evitar encallar en la costa Este de la isla de Lambay, a unos cinco kilómetros de la bahía de Dublín.
El número de perdidas varían, al igual que los datos en cuanto a las personas que estaban a bordo. Estos últimos son entre 528 y 680, mientras que los muertos se supone que son por lo menos 297, y hasta 380, dependiendo de la fuente. De las más de 100 mujeres a bordo, solo tres sobrevivieron, posiblemente debido a la dificultad de nadar con la vestimenta de la época. Cuando la noticia del desastre llegó a Irlanda, la compañía Paquebotes de Vapor Ciudad de Dublín, envió el vapor Príncipe en busca de sobrevivientes.
El pecio se encuentra en una sola pieza, a 30 m de la esquina sureste de la isla de Lambay en una pequeña hendidura.

lunes, 19 de febrero de 2018

IGNACIO PINAZO CAMARLENCH: Biografía


Nacido en Valencia el 11 de enero de 1849 y fallecido en Godella el 18 de octubre de 1916. Desde joven trabajó de platero, panadero, dorador o pintor de azulejos. En 1864 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y compaginó sus estudios con el trabajo de sombrerero, siendo alumno de José Fernández Olmos. En 1873 se costeó él mismo un viaje por Italia y en 1876 obtuvo una pensión para Roma. Allí se interesó por la pintura de los ­machiaioli y pintó el gran cuadro de historia Últimos momentos del rey Jaime el conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo Pedro, una de las obras maestras del género. En 1899 obtuvo un primer premio en dicha exposición con La lección de memoria, que es un retrato de su hijo Ignacio leyendo. Realizó un gran número de cuadros y apuntes dedicados a los niños, para los que utilizó de modelo a sus hijos, que a su vez llegaron a ser también artistas, Ignacio escultor y José pintor. En 1881 regresó definitivamente a Valencia. Su prestigio fue creciente a partir de entonces, acumulando numerosos nombramientos, como profesor de colorido en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de 1884 a 1886 y, en los últimos años de su vida, profesor auxiliar de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, puesto que abandonó para retirarse a Godella. Formó, junto con Francisco Domingo Marqués y Joaquín Sorolla, la gran trilogía de pintores valencianos de finales del siglo XIX y principios del XX. Cultivó todos los géneros y el Museo del Prado conserva ejemplos de todos ellos, con numerosos apuntes y pequeños estudios.

EUGENIO CAJÉS-Biografía


Nacido en Madrid en 1574, y fallecido en Madrid el 15 de diciembre de  1634. Su padre fue el pintor italiano Patricio Cajés, que había recalado en Madrid requerido para la ejecución de las obras del monasterio de El Escorial. Se supone una estancia suya en Roma, hacia 1595, para asistir al surgimiento del primer naturalismo caravaggiesco. De Italia debió traer Cajés la afición a las composiciones de batallas de Tempesta.


Los documentos manifiestan su amistad con el pintor Juan Pantoja de la Cruz. En 1601 y 1604 suscribe sendos contratos junto con su padre, aunque desde 1602 también aparece en contrataciones en solitario. En 1604 pinta por encargo regio las copias de El rapto de Ganimedes y La fábula de Leda de Antonio Correggio, obras conservadas en el Museo del Prado. En 1608 trabaja en la decoración del palacio de El Pardo y en 1612 es nombrado pintor del rey. En 1628 es nombrado ujier de cámara.

Su figura fue ensalzada por literatos, como Lope de Vega, de quien el artista fue amigo personal. Entre sus obras más destacables se encuentran las decoraciones al fresco del Sagrario de la catedral de Toledo en 1615, junto a Vicente Carducho, con quién volvió a encontrarse en la realización del retablo mayor del monasterio de Guadalupe (Cáceres), en 1618, y en el retablo de la iglesia de Algete (Madrid) en 1619. Participó en la decoración del Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, para la que se le encargó la Recuperación de San Juan de Puerto Rico, obra que quedaría inacabada a su muerte, y que sería rematada por sus discípulos Antonio Puga y Luis Fernández.

A su muerte fue enterrado en la madrileña iglesia del monasterio de San Felipe el Real, cuyo retablo había realizado en 1605. Junto a los ecos arcaizantes, en su estilo destaca la morbidez de las formas, quizá alimentada por su labor como copista de Correggio, que le distingue de la rudeza dibujística del resto de sus contemporáneos, perpetuándose esta característica en la obra de su discípulo Antonio de Lanchares. Destacable es su preocupación por los efectos lumínicos, que contribuyen a crear esa sensación mórbida e intimista, como en el caso de Virgen con el Niño y ángeles (Prado), que le ubican en el aprendizaje claroscurista, en sintonía con el panorama internacional de su época y con la producción de Juan Bautista Maíno.

IGNACIO PINAZO CAMARLENCH: Ignacio hijo del artista de perfil

Realizado en 1890. Óleo sobre lienzo, de 54 X 48 cm. El tema infantil ocupa un lugar significativo en la obra de Ignacio Pinazo, sie...