viernes, 25 de mayo de 2018

Castillos de Castilla: Castillo de Burgos



Este castillo fue una de las edificaciones más importantes en la historia medieval de la ciudad de Burgos. Fue erigido durante el reinado de Alfonso III, en el año 884, coincidiendo con la fundación de la ciudad. Se halla en el cerro de San Miguel, lugar elegido por ser un promontorio desde el que se divisa el resto de la ciudad y la llanura del río Arlanzón.

Está constituido por una muralla de 2,30 metros de ancho, con torres almenadas que constituyen su contorno, como elementos de defensa y contrafuerte. Hay torres de planta circular y rectangular, adosadas a la muralla, y la torre albarrana. Esta torre se unía a la muralla por su parte superior con un paso de madera o un arco.

El recinto exterior es de menor altura y su función es dificultar el ataque directo al recinto principal. Esta muralla se complementa con otros elementos defensivos, como torre, foso y la propia topografía natural del terreno.

A lo largo de su historia fue alcázar y residencia Real, prisión, y alojamiento para huéspedes notables. La reconstrucción que podemos ver en la actualidad, data de finales del siglo XV o principios del XVI. En 1813 los soldados de Napoleón lo volaron casi en su totalidad antes de abandonar la ciudad, lo que produjo además, debido a la explosión, daños en la cercana iglesia de San Esteban.


El pozo es una magnífica obra de ingeniería medieval, abastecía de agua a los moradores del castillo. Está formado por un cilindro central de 63,5 metros de profundidad, circundado por seis husillos con escaleras de caracol de casi 300 peldaños que se comunican entre sí mediante pequeños pasillos concéntricos al pozo, y cuya finalidad era el descenso al fondo para su limpieza y mantenimiento. Está realizado en su totalidad con sillares perfectamente escuadrados.

La Cueva del Moro es un estrecho pasillo tallado en la roca que comunica el pozo con una cueva situada en los dos recintos amurallados del castillo. La función de esta galería forma parte de la defensa del pozo. En los asedios, uno de los principales objetivos de los atacantes era evitar el abastecimiento de agua de los asediados. En el castillo de Burgos, existía la posibilidad de envenenar el agua accediendo al pozo a través de minas subterráneas. La defensa a esta estrategia es crear una “contramina” que impida al enemigo acceder al pozo. Para completar este complejo sistema defensivo, la galería ”cueva del moro” se refuerza con trampas: en los dos extremos de la galería se abren dos profundos fosos difíciles de salvar.


El castillo carece de torre del Homenaje, elemento emblemático de los castillos medievales, y en su lugar se levantó un palacio que sirvió como residencia real y palacio de Alfonso X.

Con la invasión napoleónica los soldados franceses establecen en el su batería imperial en lo que ahora es el pabellón arqueológico. Conocen la vulnerabilidad de la parte norte de la fortaleza ya que allí se concentran la mayor parte de las galerías subterráneas. Por ello, se instalan en el cerro de San Miguel y construyen un avance defensivo conocido como hornabeque.


Cuatro años después, y con su retirada, el castillo es testigo de los últimos preparativos que el contingente galo, vencido, realiza antes de su marcha definitiva, trabajan sin descanso en el interior del Castillo. El objetivo es hacer desaparecer cualquier material, bélico o documental, que pudiera serle útil al enemigo; el procedimiento elegido es volar la fortaleza. La hacen saltar por los aires sin dar tiempo a la evacuación de los últimos soldados. Más de doscientos militares franceses mueren en la explosión, que estremece a toda la población. La iglesia de Santa Maria La Blanca queda destruida, se pierde buena parte de las vidrieras de la catedral y se producen daños en el antepecho de la torre del crucero así como en la iglesia de San Esteban mientras, en la chopera del Carmen, se localizan bastantes cadáveres de soldados franceses.





La familia de José Mongrell y Torrent


Realizado en 1920, es un óleo sobre lienzo. En colección particular.





jueves, 24 de mayo de 2018

Castillos de Castilla: Castillo de Berlanga de Duero


Hay hallazgos arqueológicos del Calcolítico y la Edad de Bronce, referentes a la ocupación de esta zona. También se han descubierto restos de una población romana altoimperial, tiempos en los que Berlanga pudo ser conocida con el nombre de Valeriánica, como ya afirmaba el Arzobispo de Toledo Jiménez de Rada en su crónica De Rebus Hispaniae. Pero no será hasta el siglo X cuando encontremos las primeras referencias escritas de Berlanga. Sería una población sin fortificar o con una pequeña fortaleza, situada en plena zona fronteriza entre los reinos cristianos y musulmanes. Nos encontramos en plena reconquista, con la consiguiente repoblación de los territorios más orientales del Duero. Es en esta época donde situamos los orígenes del castillo medieval de Berlanga de Duero.

La población, a pesar de los intentos de conquista del reino de León y del Condado de Castilla, permaneció en manos musulmanas hasta que el rey Fernando I de Castilla, aprovechándose de la debilidad del poder musulmán, llegó con sus tropas hasta la zona el año 1060 y conquistó varias plazas, entre ellas Berlanga.

Durante los siglos XI y XII se hizo una gran política repobladora de la Extremadura castellana, con el fin de consolidar las tierras conquistadas. Para conseguir atraer a nuevos pobladores, se concedieron nuevos privilegios y normas que acabaron dando lugar los fueros locales. Poco a poco se fue consolidando una población estable, que favoreció que Berlanga se erigiera, como cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra formada por 33 aldeas. Gracias a la llegada de estos nuevos pobladores, la villa fue creciendo, y se fue estructurando en torno a varias iglesias que configuraron los barrios en su alrededor.​


En los siglos siguientes, Berlanga continuó en un territorio fronterizo y conflictivo por los continuos enfrentamientos y disputas entre los diferentes reinos cristianos, especialmente a partir de finales del siglo XIII, cuando la nobleza intentó aprovecharse de la creciente debilidad monárquica, a lo que se sumó la pretensión al trono por parte de Alfonso de la Cerda, apoyado por Aragón y Francia. De esta manera, Berlanga fue escenario de nuevos acontecimientos, ya que se encontraba en la frontera que servía de corredor y zona de paso al rey de Aragón para entrar en Castilla.

En el siglo XIV, la villa formó parte de los dominios del Conde don Tello, hijo natural del rey Alfonso XI. Don Tello tuvo varios hijos e hijas bastardas entre las que destacó Leonor Téllez de Castilla, a quien dejó en su testamento las villas de Berlanga, Peñaranda de Duero y Aranda, quien se casó con el Almirante de Castilla Juan Fernández de Tovar.

Así, tras los continuos conflictos y cambios constantes de mano, serán los Tovar, quienes se convertirán desde 1380 en los últimos señores de Berlanga, permaneciendo bajo su dominio hasta el siglo XIX.


El III señor de Berlanga del linaje Tovar, Juan de Tovar, marcó un punto de inflexión en la historia de la villa puesto que en 1430 decidió fundar un mayorazgo sobre los bienes de su familia, que comprendían la Casa de Tovar y las villas de Berlanga, Gelves y Astudillo. Falleció en 1468 dejando el mayorazgo en manos de su primogénito Luis y, tras su muerte, lo heredaría su única hija, María de Tovar. María casó en 1482 con el segundo hijo del Condestable de Castilla, Iñigo Fernández de Velasco. Bajo su dominio Berlanga vivió su periodo de mayor esplendor, promovieron un gran programa de renovación arquitectónica que incluía la construcción de la colegiata, el palacio, una fortaleza artillera, además de jardines y fuentes.

Así, a partir de 1522 comenzaron a construir una fortaleza artillera, en torno al antiguo castillo medieval, que fuera capaz de resistir a la artillería. Desde 1526 se comenzaron a derruir las diez iglesias medievales de la villa, para poder construir un único edificio religioso, la Colegiata. Una obra que supuso un gran coste, tanto económico como temporal, lo que conllevó que algunas partes del edificio quedaran inconclusas, como ocurrió con la torre sur, o partes que ni tan siquiera se comenzaron, como el claustro.

Junto a la colegiata se proyectó el nuevo palacio de los Tovar, un conjunto monumental que se situaría en la plaza de San Andrés. Finalmente, los planes cambiaron a la muerte de María de Tovar, y su hijo Juan decidió construir el palacio a los pies del cerro del castillo.


El traslado de la residencia de los marqueses a Madrid a comienzos del siglo XVII conllevó una etapa de decadencia en algunas de las propiedades de los señores de Berlanga, aun así continuaron vinculados a este lugar. En 1633 Bernardino Fernández de Velasco fundó el convento de frailes franciscanos en torno a la antigua ermita de Paredes Albas aprovechándose la cabecera de la misma para construir la iglesia. Sin embargo, la escasa inversión de recursos en edificios, como el castillo, produjo un progresivo empeoramiento de su estado. A este abandono se sumó un incendio ocurrido en 1660, además del expolio al que se vio sometido en las décadas siguientes para reutilizar los materiales en nuevas obras y reformas del palacio. Las estructuras del castillo fueron desapareciendo poco a poco hasta que, a finales del siglo XVIII, quedó tan solo un esqueleto de piedra.

La Guerra de Independencia a comienzos del siglo XIX trajo consigo la visita de las tropas napoleónicas a Berlanga, que saquearon la colegiata y otros edificios y acabaron con una buena parte de las casas nobles de Berlanga, además de incendiar el palacio de los Marqueses de Berlanga.

Galanteo valenciano de José Mongrell y Torrent


Óleo sobre lienzo de 75 X 90. En colección particular.




miércoles, 23 de mayo de 2018

Los Asedios: El asedio de Cádiz y San Fernando



El  asedio de Cádiz y de San Fernando, tuvo comienzo el 5 de febrero de 1810, al llegar las tropas francesas a San Fernando, y tras ser rechazadas en la batalla de Portazgo, no pudieron tomar Cádiz, por lo que se estableció un cerco a ambas ciudades  que duraría hasta el 24 de agosto de 1812.
San Fernando era la sede del gobierno español, una ve que Madrid fuera ocupado el 23 de marzo de 1808, razón por la cuál fue atacada, junto a Cádiz, por un ejército de sesenta mil soldados franceses bajo el mando del mariscal Claude Victor, siendo uno de los más importantes sitios de la guerra. La defensa de la ciudad estuvo a cargo de dos mil soldados españoles, reforzados posteriormente por otros diez mil, así como por tropas británicas y portuguesas.
El 5 de febrero los franceses pidieron la rendición de las dos plazas, que fue rechazada. Dando comienzo el 6 de febrero un asalto a puente Zuazo, conocida como la Batalla del Portazgo, que supuso una derrota para los franceses que ante la imposibilidad de tomar la plaza, deciden establecer un asedio a Cádiz. El terreno que rodea las fortificaciones gaditanas, terrenos de marismas, surcados por caños como el de Sancti Petri, les resultaron imposible de atravesar, dificultando las operaciones militares, además de sufrir la falta de suministros y, la carencia de municiones, sin contar el desgaste que la guerrilla española hacía en la retaguardia francesa, lo que dificultaba las comunicaciones con el resto de Andalucía.
Para bombardear Cádiz desde la gran distancia que les separaba de sus posiciones, los sitiadores se sirvieron de una innovación tecnológica que recibió el nombre de su diseñador, Pierre-Laurent de Villantroys, un coronel de la Artillería francesa, sumamente reputado. La primera de estas piezas, conocidas por distintas denominaciones: obús, obús-cañón, obús-mortero, y mortero, fue fundida en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla el 6 de noviembre de 1810. Tras las necesarias pruebas, el obús fue trasladado por el Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda con su afuste y demás útiles necesarios para su servicio; y, desde ésta, por tierra, hasta el Parque de Artillería, de donde se envió a la Cabezuela para ser colocada en batería en el Fuerte Napoleón.

Ataque francés a la Isla del León por Jordi Bru
El bombardeo de la ciudad comenzó en la mañana del 15 de diciembre de 1810. Entre las 10:00 y las 13:00 horas, fueron lanzadas diez granadas de 8 pulgadas, sin culotes, cada una con un peso de 75 libras. Sirvieron de referencias a los disparos las torres del convento de Santo Domingo y de Tavira. La ciudad fue alcanzada por siete u ocho granadas, de las que sólo dos estallaron. Una casa del barrio de Santa María resultó muy dañada. Los bombardeos se repitieron los días 18 y 21. La consternación fue enorme. Incluso las Cortes Generales y Extraordinarias, que se hallaban reunidas en la villa de la Real Isla de León, trataron sobre su pronto traslado a un lugar más seguro, barajándose como posibles Ceuta o Mallorca.
El campanario del convento de San Francisco sirvió de atalaya para observar los fuegos enemigos desde la Cabezuela. Cuando se divisaban los fogonazos, el vigilante tocaba la campana tantas veces como fuera el número de tiros. Este aviso era repetido por todas las campanas de los barrios comprendidos en el alcance. Como precaución, se prohibió cualquier otro tañido. Al toque, seguía de inmediato el sonido de la detonación; y, a éste, el zumbido del proyectil, cuyo tiempo de permanencia en el aire sobrepasaba en algo los 39 segundos. Al caer la granada, se escuchaba un recio golpe, seguido por la explosión.
Los lanzamientos desde la Cabezuela eran contestados de inmediato, desde el Castillo de Puntales, las lanchas obuseras españolas de la Aguada, las cañoneras de la punta de la Cantera, y las corbetas bombarderas inglesas, que desataban un vivísimo fuego contra las baterías enemigas. Por su parte, los franceses contrarrestaban desde Fort-Luis y las baterías del caño del Trocadero.
Los artilleros napoleónicos se encontraron con diversos problemas, tales como la fijación de las espoletas, el desprendimiento durante la trayectoria del plomo derretido y vertido en la pared interior del proyectil, las explosiones prematuras, la mezcla óptima y la calidad de la pólvora, los desperfectos en los afustes y plataformas a causa de la enorme potencia del disparo, las desviaciones de los tiros, la cortedad de sus alcances, etc., aunque los fueron solventando paulatinamente.


Muy importante fue el bombardeo de la noche del 13 de marzo de 1811, pocos días después de la derrota de los franceses en la Batalla de Chiclana, cuando lanzaron cincuenta granadas sobre Cádiz. La acción comenzó a las nueve de la noche y duró hasta las dos de la madrugada, disparándose los proyectiles de cuatro en cuatro, y de cuarto en cuarto de hora. Buena parte de las granadas alcanzaron la ciudad dañando seriamente algunos edificios. Los artilleros napoleónicos estaban satisfechos con los resultados. Ese mismo mes, se fundió en Sevilla un obús Villantroys de mayor calibre, 10 pulgadas francesas, capaz de alcanzar distancias mayores con un proyectil muy pesado que podía contener bastante pólvora en su interior. En las pruebas realizadas en el sevillano Tiro de Línea, con una carga de 33 libras de pólvora, la nueva pieza artillera llegó a lanzar granadas de hasta 181 libras. El término medio de sus alcances se fijó en 5.265 metros, que resultaban más que suficientes para alcanzar el centro de Cádiz con facilidad, ya que la distancia desde la Cabezuela a la plaza de San Juan de Dios es de 4.875 metros.
En marzo de 1812 se inició una nueva fase de los bombardeos, cuando los sitiadores terminaron una nueva batería en la Cabezuela para dirigir sus tiros por elevación contra Cádiz, en la que colocaron cuatro obuses Villantroys. Esta batería, llamada del Ángulo, se halló comunicada por medio de un camino cubierto con el Fuerte Napoleón, situado a escasa distancia. Al anochecer del día 13, ambas baterías rompieron el fuego con una descarga cerrada de ocho tiros. En la acción, que duró toda la noche, fueron lanzadas ciento once granadas. Los estragos que provocaron en la ciudad fueron significativos.
En las siguientes jornadas, prosiguieron los lanzamientos a distintas horas del día y la noche. Los temores que generaron lanzamientos tan masivos y constantes hicieron que, el día de la promulgación de la Constitución, la Misa y el Te Deum de acción de gracias se celebraran en la iglesia de los Carmelitas por hallarse fuera del alcance del fuego enemigo, en lugar de en la Catedral donde se habían previsto inicialmente. No obstante esta cautela, en tan histórica jornada, Cádiz no fue bombardeada por las condiciones atmosféricas contrarias. Sin embargo, nada más amainar el temporal, en la noche del 20, cuando las calles se hallaron ocupadas por un inmenso gentío, la ciudad sufrió una vez más el poder de la artillería francesa.

Obús Villantroys
El día 22, Domingo de Ramos, cayeron granadas en la bahía, en el muelle y en la ciudad. Los bombardeos continuaron, se sospechaba que los artilleros del Primer Cuerpo del Ejército Imperial del Sur en España apuntaban hacia el edifico de la Aduana, sede de la Regencia. El Jueves Santo, una cayó en el Seminario y otra en la calle de la Verónica. El día 29, Domingo de Resurrección, alcanzó un proyectil la plazuela de las Cestas, sin causar daño alguno; y otro la Pescadería junto a un vendedor de huevos, quien también quedó indemne. En la jornada siguiente, resultó herido un oficial del Ejército en su casa cercana al convento de Santo Domingo.
A primeros de abril de 1812, los franceses disponían de once piezas artilleras Villantroys para atacar Cádiz: diez de 8 pulgadas y una de 10 pulgadas. En el mes de mayo fue muy destacado el bombardeo del día 16, cayendo granadas en diferentes puntos de la ciudad. Lo mismo ocurrió en la tarde del 26, cuando uno de los proyectiles alcanzó la casa episcopal. En la mañana del 28, festividad del Corpus Christi, despreciando al riesgo, la procesión se celebró con gran solemnidad, asistiendo las Cortes y la Regencia La concurrencia fue enorme, y toda la carrera se halló comprendida en el radio de acción del fuego enemigo.
A principios de junio, la inquietud aumentó en los habitantes de Cádiz, los proyectiles entraban en la ciudad en mayor número, avanzaban sus alcances, y eran más los que estallaban. En la noche del día 4, murió una mujer en un horno junto a la Merced. Al atardecer del día 9, se corrió la voz de que los barrios de Santa María y la Merced deberían ser desalojados de inmediato, lo que provocó un tumulto que tuvo que ser apaciguado por el Gobernador. La tarde y la noche del día 12 las baterías de la Cabezuela desataron un fuego intensísimo. El bombardeo del día 17 causó en la población un temor mayor, ya que el viento era de poniente y, en consecuencia, contrario a la dirección de las baterías enemigas. Los atribulados vecinos de Cádiz comenzaron a abandonar los barrios comprendidos en la línea de acción de los proyectiles y se marcharon más allá de la plaza de San Antonio, huyendo del peligro. De importancia fue también el bombardeo del día 28, que duró desde antes de las ocho de la tarde hasta las dos de la madrugada. Muchas granadas cayeron en la ciudad y algunos edificios sufrieron un gran quebranto. Mas lo peor aún quedaba por llegar en los meses de julio y agosto, cuando los levantes recios y secos aumentaban el alcance de los proyectiles.

Mortero Villantroys

Escenarios principales
Castillo de Sancti Petri: Fortificación defensiva situada en el islote de Sancti Petri, frente a la desembocadura del caño de Sancti Petri, que junto a otras fortificaciones como las situadas en la cercana punta del Boqueron,  protegían la entrada del  brazo de mar  que da acceso a San Fernando y la Bahía de Cádiz.
Puente Zuazo: Este histórico puente, está situado sobre el Caño de Santi Petri, y  da acceso a la Isla de León, San Fernando. Sus restauradas baterías y defensas evitaron el saqueo de los ingleses y el sitio de las tropas napoleónicas. Es símbolo de la ciudad de San Fernando. Junto a el puente, el día 6 de febrero de 1810 las tropas españolas del duque de Albuquerque evitaron que el ejército francés entrara en la ciudad, iniciándose el asedio a ambas ciudades.
Arsenal de la Carraca: Se inició la construcción en 1752 durante el reinado de Fernando VI. En él, se construirían numerosas fragatas y corbetas, como las famosas Descubierta y Atrevida, a su labor como astillero se unen la de penal,  Cuartel de Batallones, la Fábrica de Jarcias y Lonas y el Parque de Artillería, y Almacén General. Durante el sitio francés se construyeron una serie de baterías defensivas para proteger el Arsenal, que fue atacado por las tropas francesas.
Panteón de Marinos Ilustres: Situado dentro de la población de San Fernando en la llamada ciudad  militar de San Carlos. Se empezó a construir en 1786,y en él podemos ver numerosos recuerdos de nuestra armada y la tumba de numerosos marinos españoles, entre ellos los héroes de Trafalgar como el almirante Gravina.


Teatro de las Cortes: También llamado Corral o Casa de Comedias, fue construido a principios del siglo XIX. De gran importancia para la Historia de España, ya que en su interior se reunieron, entre el 24 de septiembre de 1810 hasta 20 de febrero de 1811, los diputados que redactaron la Constitución española de 1812.
Fuerte de Cortadura: Se construyó con motivo de este sitio entre los años 1808 y 1811, siguiendo el mismo sistema defensivo que las murallas gaditanas levantadas a lo largo del siglo XVIII. Está formado por tres baluartes: Baluarte de Santa María  junto a la playa de Cortadura; Baluarte de San José, el más cercano a la Bahía de Cádiz; Baluarte del Infante Don Carlos o del Espigón  que separa las playas de la Victoria y Cortadura.
Puertas de Tierra: Puerta de entrada de la muralla de la ciudad. Se construyó en el siglo XVI, ampliada en varias ocasiones hasta el siglo XVIII, en que adquirió su actual fisonomía.
En el centro del complejo hay un  torreón, bajo el que se abre el vano de acceso y a ambos lados del conjunto avanzan los baluartes de San Roque y Santa Elena, llamados así por su respectiva cercanía a unas ermitas que fueron derribadas. La expansión urbana hizo necesario rellenar los fosos y la apertura amplios pasos para el paso de vehículos. Tiene dos columnas dedicadas a San Servando y San Germán, patronos de Cádiz, la Puerta de Tierra acoge también las dependencias del Museo Taller Litográfico y del Museo del Títere.
Dentro de la ciudad encontramos baluartes, murallas y castillos que sirvieron de defensa en los ataques por mar. En este asedio a la falta de marina francesa tendrían menos protagonismo solo destacaremos.
Castillo de San Sebastián: En una pequeña isla, junto a la playa de la Caleta, al principio fue torre atalaya, posteriormente  faro,  en 1.706  castillo y  en 1860,  se  construyó una  fortificación, que albergó un acuartelamiento de artillería de costa.

Castillo de Santa Catalina: Al otro lado de la playa de la Caleta, construido en 1596 para defender el borde marítimo. Constituye un ejemplo de la arquitectura militar de su época. Es de planta estrellada, con dos frentes,  tres baluartes de planta triangular asentado sobre la playa y otro abierto a la ciudad, dónde se sitúa la única puerta del recinto.

Durante el asedio, las Cortes Generales del Gobierno en Cádiz, elaboraron una nueva constitución para reducir el poder de la monarquía. En octubre de 1810 se envió a Cádiz un ejército anglo-español de socorro. Un segundo intento de socorro se hizo desde Tarifa en 1811, sin embargo, a pesar de derrotar al ejército dirigido por el Mariscal Claude Victor en la batalla de la Barrosa, el sitio no se levantó.
El 22 de julio de 1812, Wellington obtuvo en Salamanca una victoria sobre las tropas al mando de Auguste Marmont, entrando en Madrid el 6 de agosto, avanzando desde allí hacia Burgos. Soult, dándose cuenta de que su ejército podría ser aislado, ordenó la retirada, saliendo de tierras gaditanas el 24 de agosto. Después de un bombardeo de la artillería, los franceses colocaron juntas las bocas de más de 600 cañones, a fin de destruirlos. Aunque estas armas no pudieron ser utilizadas por los españoles y los británicos, las fuerzas aliadas capturaron 30 lanchas cañoneras y una gran cantidad de tiendas.



Batalla y Laguna de Valencia de Antonio Muñoz Degrain



Nacido en Valencia el 18 de noviembre de 1840 y fallecido en Málaga el 12 de octubre de 1924. En un principio inició los estudios de arquitectura, que pronto abandonó por la pintura. Alumno de la Academia valenciana de San Carlos desde los doce años, fue discípulo del pintor Rafael Montesinos, aunque su formación fue esencialmente auto­didacta. Allí sería compañero de Francisco Domingo Marqués. ­Artista de carácter vehemente y exaltado, rasgos que se traducirían literalmente en sus pinturas. Llamado en 1870 para decorar el Teatro Cervantes de Málaga, se estableció en esa capital andaluza. Allí casaría y sería nombrado profesor supernumerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo en 1879, siendo años después maestro de toda una generación de ­artistas, entre ellos el jovencísimo ­Picasso, quien le mostraría siempre su afecto y respeto. Artista de fecundísima producción y desprendida generosidad, en su vejez hizo muy importantes donaciones de obras suyas a los museos de Valencia y Málaga, sus dos ciudades más queridas, así como un espectacular conjunto de cuadros sobre temas del Quijote a la Biblioteca Nacional de Madrid.

UN FUEGO (BATALLA): Óleo sobre lienzo de 38 X 56,5 cms En el Museo del Prado.


LA LAGUNA DE VENECIA: Óleo sobre lienzo de 192 X 250 cms En el Museo del Prado.



martes, 22 de mayo de 2018

Anécdotas de Madrid: Dos españolas en la corte francesa


Teresa Cabarrús y Eugenia de Montijo tienen un pasado común, ambas mujeres fueron bellas, se casaron con importantes hombres de Francia y vivieron en Carabanchel Alto y en la misma casa.

Teresa nació en Carabanchel y aunque Eugenia lo hizo en Granada, vivió desde temprana edad en Carabanchel. Teresa Cabarrús fue más conocida por Madame Tallien, apellido de su segundo esposo y Eugenia de Montijo se convirtió en la esposa del emperador Napoleón III, sobrino de Napoleón Bonaparte.

Cincuenta y seis años separan el nacimiento de ambas mujeres, pero las dos vivieron en el mismo lugar, en el antiguo palacio del conde de Miranda que, tras varios dueños, pasó a la familia Montijo. Este palacio estuvo situado en la manzana comprendida entre las calles Eugenia de Montijo, Nuestra Señora de Fátima, la avenida de los Poblados y la carretera de Madrid a Leganés.

Hay algunos historiadores que afirman que Madame Tallien nació en este palacio, aunque no está probado. Del palacio, con sus jardines y sus baños, nada queda, tan sólo el recuerdo. Sus últimos propietarios, los duques de Tamames, lo vendieron a la Congregación de Religiosas Oblatas del Santísimo Redentor. En 1969 el palacio fue derribado, construyéndose en su lugar un nuevo convento. Y en el resto de la finca se levantó una urbanización y un parque que lleva el nombre de la emperatriz, así como la Prisión Provincial, conocida como la cárcel de Carabanchel, construida entre 1940 y 1944, y demolida en 2008.



Familia de pescadores de José Mongrell y Torrent


Óleo sobre lienzo de 100 X 75 cm.


Esta obra refleja la maestría del luminismo de Mongrell, pintor clave para comprender no sólo el impresionismo valenciano, sino el español en general. En ella el artista aborda uno de sus temas predilectos, el costumbrista, con escenas cotidianas de la vida diaria, protagonizada por personajes populares, que se convierten así en héroes modernos, humildes u orgullosos, indiferentes incluso, pero siempre admirables y captados con un acento poético que trasciende la simple representación del natural.

Esto es perfectamente visible en la obra, en la cual nuestra mirada queda irremediablemente atrapada por la magnética expresión de la niña, que avanza resuelta, enérgica, esbozando una sonrisa para sí misma, ignorando nuestra presencia. Junto a ella, su padre carga con un pesado fardo a las espaldas, y baja el rostro para protegerse del sol, mostrando un semblante relajado y satisfecho. Tras ellos vemos a la madre, erguida como una cariátide de la Antigüedad, sosteniendo sobre su cabeza el cesto con la captura del día.

Los personajes aparecen en primer término, destacados sobre un paisaje de playa magníficamente trabajado, cuyas tonalidades parecen un eco de los colores de las ropas de los personajes. Domina la escena una paleta cálida que refleja el sol mediterráneo, teñido de dorado en el crepúsculo; los ocres, verdes pardos y rojizos quedan contrastados, aunque entonados y equilibrados, con el intenso y luminoso blanco de las ropas de la muchacha, que tienen su reflejo en la espuma del mar, y que como el agua brillan con los tonos malvas y anaranjados del crepúsculo.



lunes, 21 de mayo de 2018

El Renacimiento: Los Reales Alcázares de Sevilla



El interés de Carlos I por este palacio, puede ser debido a su presencia en el alcázar sevillano, con motivo de la celebración de su matrimonio con Isabel de Portugal. Con este motivo, la ciudad transformó su fisonomía cotidiana, con arcos triunfales y otras arquitecturas efímeras, que no ocultaban la urbe medieval. Lo mismo ocurría con el Real Alcázar, en donde los pocos elementos renacentistas, como los retablos cerámicos de Francisco Niculoso Pisano, realizados en 1504, eran insuficientes para contrarrestar la estética mudéjar del recinto.

Las obras que se emprenderán, sugeridas por el propio emperador, son en su mayoría de caracter utilitario y no suponen transformaciones sustanciales de las antiguas estructuras. Con frecuencia estas obras consistirían, bien en adecuar el viejo recinto a las necesidades del momento, o en la sustitución de materiales tenidos por caducos. Se iniciará con ello toda una fiebre del mármol, que reemplazará los antiguos soportes y los pavimentos de ladrillo, por elementos marmóreos. De ello hay ya pruebas en 1534, cuando se encargan trabajos en mármol a Antonio Aprile de Carona y a Bernardino de Bijón.


El nombramiento de Alonso de Covarrubias y Luis de Vega como maestros mayores de los alcázares reales en 1537, fue beneficioso para el edificio sevillano, especialmente a partir de 1543, año en que las obras del mismo quedaron bajo la supervisión del segundo. Bajo su dirección se ejecutó la galería alta del Patio de las Doncellas, con columnas de mármol de un orden jónico, demasiado ligero, para la pesadez de las arquerías. Dicha operación se realizó en torno a 1540, complementándose con labores de yesería y diversos escudos heráldicos.

Tales trabajos proseguirían dos años más tarde, elaborándose el artesonado que cubre la sala llamada de Carlos I, cuyo motivos fueron copiados de Serlio, y la chimenea de la sala que está sobre la anterior. Poco después se procedió a pavimentar con mármoles los corredores, a recrear la cubierta del Salón de Embajadores, que había quedado semioculta por los techados de las habitaciones incorporadas en la planta alta, a reparar su bóveda de madera, a dorar las puertas del mismo y a reponer algunos alicatados.


Es dudosa la intervención de Luis de Vega en las obras del Cenador de la Alcoba, también llamado Pabellón de Carlos I, situado en las antiguas huertas del Alcázar. Al parecer en un principio fue una qubba abadí, incluida en el recinto amurallado almohade. Su transformación tuvo lugar en 1543 y 1546, fecha en que dio comienzo la construcción de los jardines del Alcázar. En dicho pabellón encontramos una peculiar combinación de elementos de tradición musulmana con otros de claro origen renacentista, que se evidencia en las yeserías exteriores y en algunos azulejos.

Rigor geométrico, armonía, sentido de la proporción renacentista y refinamiento en la ejecución son cualidades indiscutibles de este pabellón, siguiendo la proposición de Ibn Luyún, un tratadista de los jardines granadinos. La fuente que ocupa el centro del espacio, las águilas imperiales desplegadas en los frisos, el insistente “plus ultra” y la propia bóveda semiesférica, son elementos que parecen destinados a proclamar el nombre y la fama del César Carlos.


En esta obra participaron artesanos como, Juan Hernández, maestro mayor de albañilería del Alcázar, que dejó su nombre en los azulejos del pavimento. Juan Pulido es autos de azulejos, pero se ignora quién labró las columnas, y sobre todo los extraordinarios capiteles de la columnata exterior.

Paralelas a las obras de Cenador, son las intervenciones en el Jardín del Príncipe, situado a occidente del palacio, así como tras reparaciones y pequeñas obras. En todas ellas se menciona a Juan Hernández, y a Sebastián de Segovia, maestro mayor carpintero.

La urgencia por acabar el alcázar madrileño, y el desvío de fondos hacia el de Toledo, hicieron que el Alcázar de Sevilla presentase graves deficiencias a mediados de siglo. Se solicitó ayuda del rey y, a petición de éste, se elaboró en 1560 un informe de las obras precisas. Se centraban estas en el Patio de las Doncellas, que fueron llevadas a cabo en los años siguientes. A la vez que se reemplazaban los antiguos fustes por columnas corintias, se peraltaron los arcos centrales de cada panda. Fue en este momento cuando se incorporaron los balaustres de yeso adosados a dichos machones. Se renovaron también algunos frisos de yeserías, los alicatados y alfarjes y se pavimentó el patio con losas de mármol.

En las galerías superiores del Patio de las Doncellas se reforzaron alquerías y barandas, se renovó la decoración de yesos. También se realizaron ciertas obras en el Patio de las Muñecas, y en las cámaras a el abiertas, especialmente en sus cubiertas.

A la vez que se realizaban estas obras de transformación del antiguo alcázar, se procedía a incorporar al mismo uno de sus elementos más significativos: los jardines, que nos muestran el desarrollo alcanzado en España, por el arte de la jardinería a lo largo del siglo XVI. Su proceso de construcción fue largo, desde 1543 a 1627, conociendo diversas fases y circunstancias. El resultado final es un jardín manierista a la italiana, que pone de manifiesto la dialéctica Arte-Naturaleza, que caracterizó el periodo.





Últimos momentos del rey Fernando IV el Emplazado de José Casado de Alisal


Pintado en 1860, es un óleo sobre lienzo, de 318 X 248 cm.




En 1860, Casado del Alisal presentó este lienzo sobre la “Leyenda de los Carvajales”, obteniendo un éxito clamoroso, al ser galardonado con el premio extraordinario de primera clase, iniciándose así su reconocimiento como gran maestro de la pintura de historia de su tiempo, que ratificaría en 1864 con “la Rendicion de Bailén”. El legendario episodio de la extraña muerte del rey Fernando IV de Castilla, se narra en la Crónica de don Fernando IV de Castilla, atribuida a Fernández Sánchez de Tovar. El episodio sirvió también de inspiración para el drama “Los carvajales”, estrenado en 1837.

Pintado por Casado del Alisal en Roma a los 29 años, el cuadro es uno de los más singulares ejemplos de la influencia de la estética nazarena en la obra de este artista, que abandonaría muy poco después en favor de una interpretación eminentemente realista de sus composiciones históricas. La crítica no ahorró elogios para una pintura que en aquel momento se presentaba como verdadera novedad y auguraba el prometedor futuro de su autor.



sábado, 19 de mayo de 2018

Joaquín Agrasot Juan



Hijo de Joaquín Agrasot y Rita Juan, nace en Orihuela el 23 de diciembre de 1836. Con la ayuda de la Diputación de Alicante obtiene una beca para estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde estudia con Francisco Martínez Yago, padre de Salvador Martínez Cubells, recibió también clases de Luís Téllez, Salustiano Asenjo y de Plácido Francés Pascual.

En 1860 presenta seis lienzos en la Exposición agrícola, industrial y artística que se celebra en Alicante promovida por la Sociedad Económica de Amigos del País, destacaremos aquí El sacrificio de Isaac que se conserva en el Museo de Arte Sacro de Orihuela.

Terminados sus estudios en Valencia, en 1861 marcha a Roma para continuar su aprendizaje, allí entabló amistad y recibió fuerte influencia de Mariano Fortuny. En 1864 y envía dos lienzos a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid. En 1867 presenta tres lienzos en la edición de ese año.

En 1867 regresa a Orihuela. Entre 1868 y 1869 pensionado por la Diputación de Alicante regresa a Roma donde continúa pintando.

En 1876 se instala en Valencia en la calle Pintor López número 3 desde donde trabaja y participa en diversas exposiciones.

Infatigable viajero, sus temas preferentes, sin olvidar los retratos, los paisajes, los temas taurinos o los cuadros históricos, son los costumbristas, preferentemente de L'Horta de Valencia, ejecutados con técnica precisa y detallista.

Fallece en Valencia el 8 de enero de 1919 a consecuencia de una pulmonía.