lunes, 7 de mayo de 2018

ANÉCDOTAS DE MADRID: Los serenos

Los serenos desaparecieron de Madrid en 1978. Aunque hace pocos años regresó el cuerpo de serenos a las calles del centro de Madrid, duraron menos que un suspiro. Para su selección, los aspirantes tuvieron que superar una serie de test y pruebas. Sin embargo, cuando se creó el servicio en 1765, lo único que se les exigía a los aspirantes a serenos-faroleros, era tener veinte años cumplidos, medir cinco pies de altura como mínimo, clara voz y agilidad, y no haber sido procesado por embriaguez o camorrismo. 


Los primeros intentos para crear el cuerpo de serenos se produjeron en tiempos de Carlos III, aunque sería su sucesor quien los estableció definitivamente. El establecimiento de este cuerpo obedecía al intento de asegurar de una manera eficaz el orden público después de las turbulencias producidas, como el Motín de Esquilache, que justificaron la creación de la Superintendencia General de la Policía y de la Comisión de Vagos. Para el poder no eran suficientes los dos pilares de la policía en Madrid: la Sala de Alcaldes de Casa y Corte y el Corregimiento. Los serenos, pues, debían ayudar a los esfuerzos del mantenimiento del orden por la noche, primeramente, en la tarea del alumbrado, y luego en otras labores más directamente relacionadas con la "pax nocturna".

Durante el reinado de Carlos III se liberaba a los particulares del mantenimiento y conservación de los faroles, asumiéndose por las instituciones por Real Orden de 25 de septiembre de 1765. El alumbrado pasaba al cuidado de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Se establecía la competencia de gobierno en la Sala, pero se abría también ésta al Juzgado de la Villa y al Cuerpo de Inválidos. Una vez más los roces y conflictos afloraron como característica peculiar del sistema institucional del Antiguo Régimen.

Los encargados del alumbrado público no fueron llamados todavía serenos. Sus funciones eran: limpiar, encender y conservar los faroles, hachas y demás materiales de la iluminación. Sobre ellos pesaba el control administrativo de los tres aparatos burocráticos de los que dependían, aunque las judiciales eran privativas del juez conservador. Los encargados del alumbrado público recibían un sueldo por su trabajo. Para poder financiar este nuevo cuerpo de oficiales se estableció un aumento sobre el impuesto que gravaban las casas y faroles de Madrid, y que gestionaba el recaudador de la Regalía de la Casa-aposento. Ese aumento se cifró en 32 reales.

El alumbrado público se inauguró oficialmente el día 15 de octubre de 1765, aunque la definitiva creación de los serenos se dio por una orden de 28 de noviembre de 1797. Una Instrucción de 4 de diciembre de 1798 establecía el número de cien serenos distribuidos por los cuarteles, dependiendo de la mayor o menor extensión del mismo. En cada uno de los cuarteles se establecía un celador, autoridad inmediata superior de los serenos. El entramado institucional dependía de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte. Los serenos no solamente cuidaban todo lo concerniente al alumbrado, acudirían al auxilio de enfermos que necesitasen asistencia médica o auxilio espiritual, vigilarían el robo de rejas y vidrios auxiliando a las rondas nocturnas de los alcaldes de cuartel; en fin, se constituían como un cuerpo más de vigilancia. Las competencias rozaban las de los alguaciles y los porteros de vara.



Durante el reinado de Fernando VII se intentó reformar el cuerpo de serenos a través de una mejora salarial. La causa de la desidia era salarial, ya que cobraban 3 reales diarios y ellos deseaban una subida del doble y por ello no seguían serenando hasta que salía el sol como estaba estipulado. Entre 1815 y 1819 se discutió en el Consejo de Castilla, con la participación de varios corregidores y de los alcaldes de Casa y Corte. 

Una Real Orden de la Secretaría de Gracia y Justicia, del 23 de diciembre de 1819, reformaba el cuerpo: el número ascendía a ciento cincuenta, su dotación diaria se elevaba a 5 reales mientras que los mozos de alumbrado quedaban en 3 reales, debían rondar desde una hora después de las oraciones hasta que amaneciese completamente. Permanecerían en el distrito sin abandonar su demarcación, salvo la petición de un médico o de auxilios espirituales por parte de un vecino, trasladando la petición donde fuese pertinente y regresando a su tarea de vigilancia. Las penas por incumplimiento tenían la siguiente escala: la primera vez una multa de 6 ducados y la segunda se castigaría con esa misma pena más dos meses de cárcel y se les separaría del servicio. El corregidor venía a sustituir a los alcaldes como máxima autoridad del cuerpo de serenos. El corregimiento ganaba la partida a la Sala también en el asunto económico. La financiación de estos oficiales se aseguraba con un aumento en la fiscalidad sobre Madrid, recaía para el mantenimiento del alumbrado: de 96 reales que pagaba cada propietario de casa se aumentaba a 120. 

El cuerpo de serenos, aunque con cambios, es el único que pasó al régimen liberal. 

¡Sereno! Se gritaba para llamarle, y este contestaba diciendo ¡va! Otra manera de llamarle era dando tres palmadas y el sereno respondía dando un golpe con el chuzo en el suelo. Era otros tiempos.



viernes, 4 de mayo de 2018

GRANDES ASEDIOS DE LA HISTORIA: Los Sitios de Zaragoza


En 1805, Zaragoza era la segunda o tercera ciudad española. El censo señalaba que en la capital del Ebro vivían 48.000 personas. Tras los sitios en la Guerra de la Independencia, fallecieron en la ciudad 54.000 almas, aunque algunas fuentes las elevan a 80.000. Es decir, murieron más personas de las que vivían. No hay un error en los datos, ya que un gran número de aragoneses se refugió en la capital ante el asedio francés, debido a la decisión de Palafox de concentrar las tropas en la capital convirtiéndola en un fortín. La ciudad quedó destruida, asolada y a pesar de que todo aquello ocurrió a comienzos del siglo XIX, es posible que el mundo no viera nada semejante hasta la Segunda Guerra Mundial.


Ya nadie se acuerda de que Palafox perdió, la ciudad se hundió, perdiendo su lugar en la cumbre poblacional y de influencia en Europa, además provocó que los franceses ganaran posiciones y se situaran por delante en el conflicto, complicando por muchos años la resolución a la Guerra de la Independencia al haber cedido primero Aragón y luego Zaragoza.

José Rebolledo de Palafox y Melci nació en Zaragoza, el año 1776 en el seno de una familia noble. En aquella Zaragoza estaba viviendo una pugna interna por el poder entre quienes apostaban por los nuevos tiempos y los que defendían el Antiguo Régimen, como él. Llegó a decir: “Conocido es el riesgo que hay en los movimientos populares, pero hay la diferencia del hombre que ha recibido una buena educación y un buen nacimiento, que nunca olvida sus principios”. Un clasista que despreciaba a quienes no eran de su condición.


Pero vayamos al tema de hoy. El plan de Napoleón era conquistar militarmente Europa, implantando los ideales surgidos de la Revolución Francesa. Pasaba, este plan, por la toma de España y sentar a su hermano José Bonaparte en el trono español. Madrid fue invadida, y en mayo de 1808, los españoles se sublevaron en un intento por proteger a sus monarcas, que habían sido deportados a Francia en calidad de rehenes.

En la ciudad de Zaragoza se organizó una rebelión popular contra los gobernantes españoles, siendo Manuel Godoy el máximo representante. Las malas cosechas de ese año y la toma de Madrid no hicieron sino agravar el problema, y la situación de la ciudad de Zaragoza terminó por estallar el 24 de Mayo. En Zaragoza se encontraba José Palafox, elegido como Capitán General por los zaragozanos, para que sirviese de cabecilla en su revuelta contra Godoy y sus políticas. Mientras tanto, Napoleón vio que Zaragoza ocupaba un importante enclave estratégico, una ubicación que le ayudaría a continuar con su plan de conquista de España.



El 15 de Junio de 1808 comienza el primer asedio de Zaragoza por parte de los franceses, los ciudadanos se suman a las tropas que defienden la ciudad, así la mayor parte de los defensores eran personas con poca o nula formación militar. Tras algunos escarceos en el barrio de Casablanca y en los puentes sobre el Canal Imperial, los franceses lanzaron un gran asalto simultáneo contra varios puntos de Zaragoza: El Cuartel de Caballería del Portillo, donde son rechazados por dos veces; la Puerta del Carmen, donde no consiguieron penetrar; y Santa Engracia, que quedó desguarnecida ante el desorden de los defensores, permitiendo la entrada de la caballería polaca hasta la Plaza del Portillo, pero siendo expulsada por la reacción popular.


Los franceses se reorganizaron y lanzaron nuevos ataques contra la Aljafería, el Portillo, Puerta del Carmen y Santa Engracia. El 2 de Julio las tropas de Napoleón atacaron sobre Puerta Sancho, Agustinos y Portillo, donde murieron un gran número de defensores. Los franceses no tuvieron otra opción que levantar el asedio el 14 de Agosto, merced a la derrota sufrida en Bailén, y pese a que los franceses invirtieron grandes esfuerzos y material, los zaragozanos se llevaron la peor parte de la contienda aunque conservaron su ciudad.


Segundo asedio de Zaragoza. El 21 de Diciembre de ese mismo año los franceses volvieron a asediar Zaragoza, en esta ocasión vinieron mucho mejor preparados además de contar con la experiencia anterior. Fue tal la rapidez con que los franceses impusieron el sitio que, los zaragozanos apenas tuvieron tiempo para preparar una defensa adecuada. La ciudad recibió gran cantidad de refuerzos militares pero esto, más bien supuso un problema, ya que la ciudad no contaba con los medios necesarios para mantener tal cantidad de tropas y personas. La defensa se complicó, aun más, cuando surgió una epidemia de tifus que diezmó a las fuerzas españolas, afectando incluso el propio Palafox. Mientras el hambre y el frío hacían su trabajo, los franceses se dedicaban a bombardear la ciudad.

Para Francia, la ciudad era esencial para dominar la línea del Ebro. A España la estratégica ciudad le permitía apoyar a Cataluña, defender el Levante y taponar el acceso a la meseta. Como Zaragoza era una ciudad abierta, el general Palafox diseñó una resistencia calle a calle, construyendo barricadas, aprovechando los pocos espacios fortificados y preparando emboscadas entre las ruinas que iban aumentando día a día en la ciudad. Durante dos meses los aragoneses se aferraron a su ciudad con tenacidad, cobrándose sangre francesa por cada centímetro cedido y derramando la propia con generosidad.


Dejaron episodios de grandeza como la heroica resistencia del Portillo, en la que se distinguió una joven de apenas 19 años y de nombre Agustina Zaragoza Doménech, que pasaría a la historia como Agustina de Aragón. Logró detener a los franceses que habían abierto brecha en el Portillo, disparando un cañón sobre las tropas, lo que dio tiempo a los sitiados a redoblar la defensa en esa zona. Verdier había ofrecido a Palafox una rendición honrosa con el escueto mensaje “paz y capitulación”, a lo que éste respondió con otro no menos lacónico, “guerra y cuchillo”.

En esta segunda ocasión, Napoleón había atacado bien prevenido del carácter de los zaragozanos. Los mariscales Moncey y Mortier contaron con 35.000 hombres, más del doble que en su primer intento. Los franceses iniciaron el ataque con salvas interminables de artillería. Después comenzó el asalto y los aragoneses, nuevamente, se defendieron como jabatos. Muchos nombres ha dejado la campaña de Aragón para la historia de España: Casta Núñez, la condesa de Bureta, Manuela Sancho, los generales Saint March o Villacampa.


La situación se tornó tan desesperada para los defensores que éstos se vieron obligados a rendirse el 21 de Febrero de 1809, cumplidos dos meses de lucha desesperada. Zaragoza quedó prácticamente destruida, su población perdió cerca de 55.000 almas durante el segundo sitio, y tardaría mucho tiempo en recuperarse completamente. Al segundo asedio de Zaragoza sólo sobrevivieron 12.000 personas.

miércoles, 2 de mayo de 2018

GRANDES ASEDIOS DE LA HISTORIA: Cartagena de Indias


Del  13 de marzo al 20 de mayo de 1741, tuvo lugar La batalla de Cartagena de Indias,  entre las armadas española e inglesa. Batalla decisiva para el  desenlace final de la Guerra de la Oreja de Jenkins, que transcurrió entre 1739 y 1748,  y fue uno de los conflictos armados entre España y Gran Bretaña que tuvieron lugar durante el siglo XVIII.


La Armada Inglesa que participó, con 195 navíos, era mayor que la que Felipe II envió, con tan desastrosos resultados, a la conquista de Inglaterra. El ejército inglés estaba comandado por el almirante Edward Vernon, con 32.000 soldados y 3.000 piezas de artillería, mientras que Cartagena estaba defendida por 3.600 soldados y 6 navíos. Inglaterra estaba tan segura de su victoria que el rey inglés mandó acuñar monedas celebrando su triunfo, en las que se leía "la arrogancia española humillada por el almirante Vernon y los héroes británicos tomaron Cartagena, abril 1, 1741 ", en ellas aparecía Blas de Lezo representado de rodillas entregando su espada al almirante Vernon.

La victoria de las fuerzas españolas, al mando del teniente general de la Armada Blas de Lezo, prolongó la supremacía militar española en el Atlántico occidental hasta el siglo XIX.

Eran tiempos difíciles para España puesto que, en el siglo XVIII, estábamos involucrados en multitud de conflictos bélicos. En 1713, España había firmado de manera deshonrosa el Tratado de Utrecht, por el que perdía las posesiones continentales europeas; pero todavía quedaban las americanas y sus ciudades que se habían convertido en bastiones críticos para asegurar el comercio con América. Cartagena de Indias era principal ciudad, para los intereses españoles, en el continente americano. Una ciudad espléndidamente fortificada, donde los españoles darían muestra de su valentía y heroísmo en la guerra que pasó a la historia con el nombre de la Guerra de la Oreja de Jenkins.





¿Por qué el nombre de Oreja de Jenkins?

En las costas de Florida actuaba un pirata llamado Robert Jenkins, que fue interceptado por un guardacostas español, a las órdenes del capitán Juan de León Fandiño. Éste permitió seguir con vida al pirata y le amputó una oreja; y con la oreja del pirata en la mano, le dijo: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Como parte de una campaña de la oposición parlamentaria en contra del primer ministro Walpole, Jenkins compareció en la Cámara de los Comunes en 1738, denunciando el caso con su oreja en la mano. Como consecuencia Walpole se vio obligado a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739; una oreja iba a provocar una guerra. Pero la verdad es que los ingleses encontraron la escusa para declararle la guerra a España ya que trataban de desplazar a España y ocupar su posición para controlar los mares atlánticos, arrebatándole las mejores posesiones americanas.

Para llevar a cabo esos objetivos, Inglaterra organizó un ejército formidable. Preparó y armó una magnífica flota con 195 navíos entre buques de guerra y transporte, la flota se puso rumbo a Cartagena de Indias, para tomarla al asalto. Entre las tropas inglesas estaba el hermanastro de Jorge Washington, el futuro presidente norteamericano, que dirigía un grupo de 4.000 milicianos americanos que iban a participara en la toma de la ciudad. Junto a los navíos, viajaban 11.000 soldados de asalto, 15.000 marineros, los 4.000 milicianos americanos y 2.000 negros jamaicanos, que constituirían la vanguardia. Los ingleses eran los mejores artilleros del momento e iban a atacar con lo mejor que tenía en su armada de guerra, en material y personal de asalto, estaba determinada a la victoria.



Blas de Lezo era el responsable de la defensa de la ciudad. Cartagena de Indias contaba con magníficas fortalezas y castillos que protegían la ciudad, aunque las fuerzas defensoras eran pocas, ya que Lezo disponía de 3.000 soldados del ejército regular español, reforzados con 600 arqueros indios del interior y unas 1.000 piezas de artillería. Para el desenlace final de la batalla, resultó decisiva la eficacia de los servicios de inteligencia españoles, que consiguieron infiltrar espías en la Corte Londinense y en el Cuartel General del almirante Vernon. El plan general inglés fue conocido de antemano en las Cortes Españolas y por Blas de Lezo. Se dispuso de tiempo suficiente para reaccionar y adelantarse a los acontecimientos.

El virrey Eslava, jefe político y militar del Virreinato, tenía confianza de que el almirante Torres llegaría a tiempo a Cartagena para atacar a Vernon por la retaguardia, pues la flota española estaba anclada en La Habana a la espera de la llegada de la flota inglesa. Pero Torres nunca llegó. Cartagena no se iba a rendir y Blas de Lezo se decidió por la resistencia a ultranza y organizó los recursos disponibles. Sabía que tenía pocos recursos, pero aún así pretendía resistir con todo lo que tenía. Los 6 navíos disponibles fueron hundidos por los españoles para impedir el movimiento de los barcos enemigos por la bocana del puerto. Antes de hundir los navíos, Blas de Lezo, ordenó desmontar los cañones de las 6 naves y situarlas estratégicamente rodeando la ciudad.

La flota inglesa estaba mandada por el vicealmirante Edward Vernon, que mandaba la Primera Escuadra; el contraalmirante Chaloner-Ogle, la Segunda; y el Capitán en jefe Lestock, la Tercera, y estaba compuesta por un navío de a 90 cañones, nueve de a 80. 32 de entre 60/70 cañones, 6 fragatas de 40/50 cañones, 6 fragatillas, 3 burlotes, 3 bombardas o paquebotes y 135 transportes.

La bahía de Cartagena está dividida en dos bahías naturales: la Bahía Exterior limitada por la península de Bocagrande, continente, y las islas de Tierrabomba, Barú y Manzanillo; y la Bahía Interior con el puerto colonial, cerrada también por Bocagrande, continente, y por las islas de Manzanillo y Manga. El 17 de marzo de 1640, naufragan en la Bocagrande la nave capitana y los galeones Buensuceso y Concepción, de la armada comandada por Rodrigo Lobo da Silva. Los cascos hundidos sirvieron de núcleo colector de arena lo que aceleró la formación de la barra, dificultando la navegación. A partir de 1640, las mareas profundizan de manera natural el canal de Bocachica cuyo fondo era de barro. Con un ligero dragado, los más pesados galeones y naves de guerra iniciaron su tránsito entre Barú y Tierrabomba, modificando radicalmente todo el sistema  defensivo de la bahía de Cartagena. En 1741, el canal de Bocachica sería el adecuado para los navíos de guerra ingleses de tres puentes.

El 13 de marzo de 1741 la imponente flota del almirante Edward Vernon llegaba a la bahía de Cartagena. Vernon ordenó las maniobras oportunas para que las naves inglesas se situaran de flanco frente a las defensas de Cartagena. El 15 llegan los primeros buques ingleses a Playa Grande y dos días después fondearon sobre la misma playa el resto de los navíos pertenecientes a las tres escuadras.



El 19 de marzo, los ingleses continúan estudiando el campo de operaciones. Algún pequeño intento de desembarco frustrado por la Boquilla sin relevancia. El día 20 toda la armada inglesa queda anclada en la Punta de Hicacos, muy cerca del puerto de Cartagena; donde estaban los buques españoles Dragón y el Conquistador que impedían el paso a la bahía interior de Cartagena por Bocagrande.

Ante la imposibilidad de entrar por Bocagrande, Lestock, con 12 navíos pone rumbo a Bocachica. En el trayecto, disparan contra la batería de Santiago que disponía de 11 cañones cuyo comandante, el capitán de fragata Lorenzo Alderete, también era el responsable de la batería de San Felipe de Bocachica, con 5 cañones. Fracasaron en su intento de romper el cerco de Bocachica y se mantuvieron disparando contra el castillo de San Felipe. Consiguen desembarcar 500 efectivos cerca de la batería de Santiago y el 21 desembarca el resto del contingente británico. Durante la noche del 20 al 21, los ingleses toman la batería de Varadero y con sus cañones disparan a la de Punta de Abanicos, los españoles se ven obligados a abandonar la batería, quedando Campuzano con un sargento y 11 soldados del regimiento de Aragón y dos artilleros.  Les responden con cañonazos los buques San Felipe y África, quedando retrasados en reserva el Galicia y el San Carlos.

El 3 de abril, 18 buques alineados frente a Bocachica inician un terrible bombardeo para romper las defensas de los castillos de San Luis y San José que cierran su paso a  la Bahía exterior. Knowles se dirige a la ensenada de Abanicos  para destruir definitivamente la resistencia de Campuzano, que finalmente tienen que retirarse con su escasa tropa al castillo de San José. Al día siguiente, la batería de Abanicos queda completamente destruida y Lestock vuelve al ataque contra el fuerte de San José y San Luis, que durante dos días reciben un intensísimo cañoneo. Las tres baterías del fuerte de San Luis quedaron desmanteladas y las playas desprotegidas para un desembarco. Las murallas, derrumbadas, y por la brecha abierta cargaron los ingleses a bayoneta calada desde tierra. Ante la imposibilidad de resistir, se tocó retirada y durante toda la noche continuó el desembarco enemigo.

La noche del 5 al 6 de abril, Blas de Lezo sitúa los buques Dragón y Conquistador entre los canales del Castillo Grande y Manzanillo con intención de hundirlos para impedir el paso de los navíos ingleses por la entrada de Bocagrande, se incendió el San Felipe, y se disparó desde el San Carlos nueve cañonazos al África para hundirle en la bocana de entrada. La situación empeoraba para los españoles, y el fuerte de San José fue evacuado al castillo Grande y posteriormente a Cartagena. El 11 de abril, los ingleses toman el castillo de Santa Cruz que previamente había sido abandonado.



Comienza el asedio de la ciudad a las 9 de la mañana del 13 de abril, con continuos bombardeos, al mismo tiempo, otra escuadra atacaba  al fuerte Manzanillo. La situación empezaba a ser desesperada para los españoles, iban pasado los días, y el cañoneo inglés no cesaba, intenso, continuo, repitiéndose mañana, tarde, noche, mañana... pero la moral de los españoles estaba a la altura de las defensas de la ciudad, manteniéndose intacta. La ciudad fue severamente castigada por la artillería inglesa, pero las defensas seguían soportando todo lo que les llegaba desde los barcos ingleses. Vernon había calculado que los españoles resistirían dos o tres días más, era imposible pensar que tan pocos pudieran resistir a tantos. Los españoles tenían orden de resistir hasta el final no se les permitía ni un paso atrás, habían clavado la bandera e iban a morir allí, defendiendo la ciudad hasta el final.

A las 4 de la mañana del 16 de abril Vernon, que había decidido tomar Cartagena de Indias al asalto, hizo que una fuerza de unos 10.000 hombres, compuesta por los macheteros jamaicanos, los milicianos americanos y las fuerzas regulares inglesas, desembarcara por la costa de Jefar. Pero las sucesivas avalanchas inglesas se encontraron con trincheras inexpugnables, repletas de mosquetes y bayonetas españolas, que a pesar de su corto número, parecían multiplicarse. El 17 de abril, la infantería británica, toman el alto de Popa, a un kilómetro del castillo de San Felipe, que era el auténtico baluarte español en el Caribe.

Ante estos acontecimientos, Blas de Lezo  tomó tres decisiones que serían decisivas para el desenlace final de la batalla. En primer lugar, mandó  excavar un foso en torno al castillo para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo; también ordenó cavar una trinchera en zigzag, para evitar que los cañones ingleses se acercasen demasiado; y por último, les envió dos “desertores” que engañaron y dirigieron a la tropa inglesa hasta un flanco de la muralla bien protegido, donde serían masacrados sin piedad.






Asalto definitivo al castillo de San Felipe de Barajas

Llegamos así a la noche del 19 al 20 de abril, tras  una potente  preparación artillera, Vernon intentó asaltar el castillo con unos 10.200 hombres de infantería, organizados en  tres columnas, apoyados por los negros macheteros  jamaicanos. En frente tenía la batería de San Lázaro de propio castillo de San Felipe y 1.000 hombres muy motivados. Cuando los ingleses llegaron a las murallas, la sorpresa fue mayúscula, comprobaron que sus escalas eran demasiado cortas y no podían escalarlas. Debido al peso del equipo, no podían avanzar ni retroceder, circunstancia que los españoles aprovecharon, abriendo fuego contra los británicos, produciéndose una carnicería sin precedentes, al amanecer, se encontraron con las bayonetas de unos trescientos soldados de los tercios españoles que saltaban sobre ellos desde sus trincheras. Fue una masacre.

Esto desmoralizó a los ingleses. El engreído Sir Andrew Vernon había sido incapaz de vencer a unos pocos harapientos españoles capitaneados por un anciano tuerto, manco y cojo. El pánico se apoderó de ellos, rompieron sus líneas de combate y huyeron despavoridos tras la última carga española hacia sus barcos para protegerse de la furia de la infantería de los tercios. Del 22 al 25 de abril, decrecieron los enfrentamientos. El 26 los ingleses volvieron a bombardear la ciudad, pero el 9 de mayo, Vernon asumió que era imposible tomar al asalto la fortaleza de Cartagena de Indias, ordenó la retirada, levantar el asedio y volver a Jamaica. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: “God damn you, Lezo!”.

Al partir, Vernon, se permitió enviar una carta a Lezo, con una velada amenaza: “Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica”. A lo que Lezo respondió con ironía: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres.” Fueron tantas las bajas inglesas, que tuvieron que hundir numerosos barcos, allí mismo, no les quedaban suficientes marineros. Hasta el 20 de mayo estuvieron saliendo embarcaciones inglesas de Cartagena. El último en abandonar el sitio fue Lestock. De los 195 buques se contaron  en la retirada 186. Los ingleses tuvieron 9.500 muertos, 7.500 heridos, perdieron 1.500 cañones y 50 naves. En contra, los españoles sufrieron 800 muertos, 1.200 heridos y perdieron 6 naves. Los fuertes de Bocachica, Castillo Grande y Manzanillo quedaron totalmente destruidos. La mayor operación de la Royal Navy hasta el momento se saldó también como la mayor derrota de su historia.

A Inglaterra habían llegado noticias erróneas, asegurando que la victoria en Cartagena se había consumado. Vernon, había mandado un correo al rey inglés asegurando que había logrado la victoria, lo que generó una euforia en su país; aunque lo que consiguió en realidad fue la mayor y más humillante derrota de toda la historia de la Royal Navy. En vista de las “buenas noticias” enviadas por Vernon, el rey Jorge II ordenó se elaboraran medallas conmemorativas de la supuesta victoria. En las medallas se representaba a un Blas de Lezo, entero y completo con dos brazos, dos piernas, arrodillado ante Vernon. Hubo celebraciones y fiestas, hasta que llegó la verdadera noticia, anunciando la humillante derrota de Vernon ante Blas de Lezo; la realidad heló sus sonrisas.

Fue tal la humillación que el rey Jorge II ordenó a los historiadores ingleses no se escribiera nada de la derrota; y los historiadores ingleses son hegemónicos, lo que ellos no publican no existe. Y como los historiadores no escribieron nada sobre Cartagena de Indias, esta batalla fue injustamente ocultada para la historia. A su vuelta a Inglaterra, Vernon fue relevado de su cargo y expulsado de la Marina en 1746. A pesar de su profundo descrédito, a su muerte en 1757 se le enterró en la Abadía de Westminster, como si fuera un héroe más. La leyenda de su tumba reza : “He subdued Chagre, and at Carthagena conquered as far as naval forces could carry victory” ("Sometió a Charges y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria"). Por estas acciones militares recibió el agradecimiento de ambas Cámaras del Parlamento. Después de esto se retiró sin título. Recibió su recompensa, el amor y la estima de todos sus contemporáneos y generaciones posteriores.

Blas de Lezo corrió una suerte diferente, quedó muy mal herido por los combates de Cartagena de Indias, murió cinco meses más tarde víctima de las heridas del combate. Nadie sabe donde está enterrado, sus restos quedaron en una fosa común, por lo que su cuerpo no pudo ser enterrado en las condiciones que merecía, Blas de Lezo murió en Cartagena en septiembre de 1741. Murió sin el reconocimiento merecido y además denostado por su rey. Pasados 20 años, recibió la concesión de un título honorífico en la persona de su hijo. Tras 70 años se publicaron las primeras monografías sobre el ilustre marino, se colocó una placa en su casa de Pasajes, una escultura donada por el gobierno español, en Cartagena de Indias,  un busto en una calle de San Sebastián y se puso su nombre a una fragata de la Armada Española. Con el paso del tiempo se fue perdiendo su recuerdo para generaciones posteriores. Otro ejemplo de la gratitud de los españoles por los que lucharon y murieron por nuestro país. Increíble pero cierto, España le olvidó. Se le concedió a título póstumo el marquesado de Ovieco y después muchos navíos españoles llevaron su nombre.

Curiosidades del destino, aquel que les humilló fue a Londres para amargar un poco, en su orgullo a los ingleses, representado por la fragata F103 Blas de Lezo, participó en las celebraciones del 200 aniversario de la victoria de Trafalgar celebrada por los ingleses. Don Blas había resucitado de sus cenizas. En los locales de Cartagena, todavía se bromea cuando se nombra a don Blas de Lezo, agitando los puños cada vez que se menciona su nombre, diciendo: "¡Gracias a él, nosotros no hablamos inglés!".

La victoria aseguró el comercio con América 60 años más. Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. Los mares del Caribe volvieron a convertirse en un lago español. Los españoles pudieron continuar enarbolando la bandera en la inmensidad del océano Atlántico. Inglaterra ya no volvió a amenazar seriamente al Imperio español. España, en cambio, contribuyó años más tarde, con Bernardo de Gálvez, al desmoronamiento de las colonias inglesas en América, cuestión también poco difundida. Pero esto ya es otra historia.




miércoles, 25 de abril de 2018

ASEDIOS: Asedio y destrucción de Cartago


Tras la Segunda Guerra Púnica, que acabó con la mítica batalla de Zama, aquella en la que Publio Cornelio Escipión derrotó al mítico Aníbal, Roma impuso unas durísimas condiciones: El ejército cartaginés quedaba prácticamente eliminado, así como su flota naval; cualquier litigio con otro pueblo tenía que ser dirimido con la mediación de Roma; y además Cartago estaba obligada al pago de indemnizaciones de guerra. Pero con lo que no contaban los romanos era con la industriosidad de los cartagineses, sólo treinta años después, Cartago estaba prácticamente recuperada. Era un pueblo laborioso, con una experiencia de setecientos en el comercio con todos los pueblos ribereños del Mediterráneo. La ciudad resplandecía de nuevo, liquidaron anticipadamente las cuantiosas indemnizaciones impuestas por Roma y comenzaron a levantar, de nuevo, su poderoso imperio.




Catón el Viejo, acababa todos sus discursos con la frase: Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (es más, creo que Cartago debe ser destruida). Nada importaba el tema sobre el que se discutía, la frase final era siempre la misma. Catón el Viejo era el representante del ala más dura y conservadora del Senado, un firme defensor de los viejos valores romanos, frente a lo que consideraba corrupción de esos valores. La aristocracia se estaba relajando, se estaba "afeminando", influencia de los griegos, decía él; se desesperaba ante la relajación de las rígidas costumbres romanas, se paseaba por el Foro desaliñado y hacía gala de austeridad y rigidez moral. Había estado en Cartago, junto a otros senadores, como árbitros entre los cartagineses y los númidas. Cuando vuelve a Roma, comienza una campaña para que Roma vaya de nuevo a la guerra con Cartago. Un grupo de senadores moderados abogaban por la paz, consideraban que Cartago era un contrapeso al poder de Roma en el Mediterráneo. Catón les respondía que Cartago se estaba haciendo demasiado poderosa.

Los partidarios de la guerra ganaron. Ahora tenían que encontrar un pretexto, un "casus belli" que les permitiera ir a la guerra con una justificación moral. Una comisión de senadores informa de que tienen indicios de la existencia de materiales para construir una flota mucho más potente de lo que establecían los tratados suscritos tras la Segunda Guerra Púnica. Cartago acabó yendo a la guerra con los númidas sin el permiso romano. Catón había vencido, aunque no pudo ver el triunfo de las armas romanas, empujadas por su fanatismo, pues murió antes. En 149 A.C. 80.000 soldados romanos desembarcan en el norte de África. Los cartagineses enviaron delegaciones a los romanos. Éstos, exigieron a los cartagineses la entrega de 300 rehenes, hijos de las familias aristocráticas cartaginesas. Los cartagineses accedieron. Entonces los romanos exigieron la entrega de todas las armas. Los cartaginenses volvieron a acceder. Entonces, hartos de la buena voluntad cartaginesa que les impedía ir a la guerra, los romanos se inventaron otra petición: debían demoler Cartago y trasladarse a una distancia de 16 kilómetros de la costa. Cuando los embajadores cartagineses volvieron con tamaña petición fueron acusados de traición y ajusticiados, y todos los romanos de la ciudad asesinados. Roma tenía pista libre. Los cartagineses, cuyos ejércitos estaban formados por mercenarios, se aprestaron a defender su ciudad y su civilización.



Al principio resistieron, entonces Roma escogió a un descendiente del mítico Publio Cornelio Escipión, el africano, con 37 años de edad, Publio Cornelio Escipión Emiliano era nieto adoptivo del legendario general. Se le nombró cónsul cinco años antes de la edad estipulada para aspirar el cargo, y se le dio el mando de las tropas que luchaban en África. Emiliano regresó a África, anuló las campañas romanas en el interior del territorio, y concentró la lucha en el asedio de Cartago. En 147 A.C. levantó un cerco asfixiante sobre la ciudad y esperó. Mientras los cartagineses permanecían completamente cercados, acabó de eliminar los grupos de resistencia en el resto del país. El marzo siguiente las tropas romanas estaban listas para asaltar la ciudad. Fue una carnicería brutal, una lucha encarnizada casa por casa. Los cuerpos se apilaban en las calles, impidiendo el paso de infantería y caballería. Ríos de sangre corrían por las calles de Cartago. Al séptimo día, 50.000 cartagineses suplicaron clemencia, todos serían vendidos como esclavos. Ta sólo quedaba un foco de resistencia, en la colina de Byrsa, donde resistía el general Asdrúbal con 900 defensores. Los romanos sitiaron la colina, todo acabó cuando Asdrúbal desertó y suplicó cobardemente por su vida ante Emiliano. Su mujer, avergonzada, gritó "Vosotros, que nos habéis destruido a fuego, a fuego también seréis destruidos" y se lanzó a las llamas junto a sus hijos, como el resto de los defensores. El general Emiliano lloró aquella noche, impresionado por la devastación que había causado en la ciudad.

Pero aún había más, diez comisionados de Roma llegaron a Cartago con una orden: Cartago debía ser demolida y borrada del mapa. Durante seis días Cartago ardió. Luego, los legionarios romanos se emplearon concienzudamente en destruir la ciudad. Se arrasaron monumentos, las bibliotecas ardieron, se machacaron las construcciones piedra por piedra. Cuando nada quedó de la antaño orgullosa Cartago, se sembró el solar con sal, para que nada creciera allí. Fue un destrucción sistemática y planificada, no solamente de una ciudad, sino de una cultura, una civilización, que durante 700 años había dominado el Mediterráneo. A partir de esa fecha Roma era dueña y señora de la cuenca mediterránea. El Mar Mediterráneo iba camino de convertirse en un lago romano, el "Mare Nostrum". Bajo la actual ciudad de Túnez quedan los vestigios del horrible destino que tuvo que afrontar el pueblo que se atrevió a discutirle a Roma la primacía en el Mediterráneo.






























JOSÉ MONGRELL Y TORRENT: Cartel de la Feria de Agosto de Xátiva de 1902

Pintado el mismo año de 1902, cromolitografía de 275 X 128,2 cm. En Ayuntamiento de Xátiva.


martes, 24 de abril de 2018

ANÉCDOTAS DE MADRID: La tradición de los toros


               Madrid ha sentido siempre una gran afición por los toros, por algo es la ciudad más importante del mundo taurino y su famosa plaza de las Ventas, está considerada como la “catedral” de los cosos.


               Aunque el primer lugar utilizado por los Austrias para celebrar las corridas fue la Plaza Mayor. Las primeras noticias que existen sobre la celebración de corridas en este lugar datan de 1617, durante el reinado de Felipe III, hay constancia de otra anterior, mandada construir por el duque de Lerma en 1613, en la finca. Como en aquel entonces solo existían la Plaza Mayor y la de la Encarnación para el rejoneo, teniendo que vallarlas para la ocasión, el duque de Lerma mandó construir ex profeso una plaza de toros en su finca, que poseía donde hoy está el hotel Palace en la parte que daba al paseo del Prado. Esta plaza estuvo aproximadamente entre el Paseo del Prado, la Carrera de San Jerónimo y las calles de Jesús de Medinaceli y Cervantes. Era de madera y medía 250 pies de largo y 180 de ancho.

               Posteriormente hubo otras plazas situadas en distintos puntos de la ciudad, la mayoría de ellas en las afueras: en el llamado “soto de Luzón”, en Hortaleza; en el camino de Alcalá e incluso en la Moncloa, donde los infantes Francisco de Paula Antonio y Sebastián Gabriel lidiaron becerros con motivo de la jura de la infanta Isabel, como princesa de Asturias. Otros lugares como Tetuán, Canillejas, Vallecas, Carabanchel y el barrio de Salamanca, han tenido en algún momento de su historia una plaza de toros.



               La primera corrida de toros que se celebró en Madrid fue en 1474. Así consta en el Libro de Acuerdos del Concejo. Se lidiaron tres toros, costumbre que duró mucho tiempo, dos de ellos pagados por los carniceros y el tercero por el municipio.

               Las corridas en la Plaza Mayor eran larguísimas e interminables. Empezaban por la mañana y continuaban a lo largo de la tarde, lidiándose de dieciocho a veinte toros. Agotador tanto para los toreros como para el público. Por eso, entre faena y faena, la gente se cambiaba de sitio y bajaba a las tabernas que había en los soportales a comer y beber, para resistir tantas horas de corrida. Además, en verano ya se pueden imaginar, el “tendido” de sol… Se dice que el conde de Revilla, corregidor de Madrid, murió de una insolación en una de esas larguísimas corridas.



               En 1611, durante una corrida, se dijo que los toros fueron “razonables”, porque sólo mataron a cinco o seis hombres e hirieron a muchos. No hace falta tener mucha imaginación para imaginar como eran las corridas de entonces.










JOSÉ CASADO DE ALISAL: Dama con abanico


            Pintado hacia 1878, es un óleo sobre lienzo, de 79 X 62 cm.



lunes, 23 de abril de 2018

EL RENACIMIENTO: En el Mundo

Miguel de Cervantes


El Renacimiento en España: En España el cambio no es tan extremo como en otros países, por ello se habla de un Renacimiento español más original y variado que en el resto de Europa. Así, la literatura acepta las innovaciones italianas de Dante y Petrarca, pero no olvida la poesía del Cancionero y la tradición anterior. En cuanto a las artes plásticas, el Renacimiento hispano mezcló elementos importados de Italia, de donde llegaron Paolo de San Leocadio, Pietro Torrigiano o Domenico Fancelli, con la tradición local, y con algunos otros influjos, como lo flamenco. Las innovaciones renacentistas llegaron a España de forma muy tardía: hasta la década de 1520 no se encuentran ejemplos acabados de las mismas y tales ejemplos son minoritarios. No llegaron a España plenamente, lo que determina que el arte renacentista español pase casi abruptamente del gótico al manierismo. 


En el campo de la arquitectura se distinguen tres periodos: plateresco (siglo xv-primer cuarto del siglo xvi), purismo o estilo italianizante (primera mitad del siglo xvi) y estilo herreriano (a partir de 1559-mediados del siglo siguiente). En el plateresco aparece de forma superficial, en la decoración de las fachadas, lo más característico es una decoración menuda, detallista y abundante, semejante a la labor de los plateros, de donde deriva el nombre. El núcleo fundamental fue la ciudad de Salamanca, cuya Universidad y su fachada son el paradigma del estilo. Arquitectos destacados del mismo fueron Rodrigo Gil de Hontañón y Juan de Álava. 

El purismo representa una fase más avanzada de la italianización en la arquitectura. El palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada, obra de Pedro de Machuca, es ejemplo de ello. El foco principal de este estilo se situó en Andalucía, donde además del citado palacio destacaron los núcleos de Úbeda y Baeza y arquitectos como Andrés de Vandelvira y Diego de Siloé.

Finalmente, apareció el estilo escurialense o herreriano, original adaptación del manierismo romano caracterizada por la desnudez y el gigantismo arquitectónico. La obra fundamental fue el palacio-monasterio de El Escorial, trazado por Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera, sin duda la obra más ambiciosa del Renacimiento hispano. Lo escurialense traspasó el umbral cronológico del siglo xvi llegando con gran vigencia a la época barroca. 

En escultura, la tradición gótica mantuvo su hegemonía durante buena parte del siglo xvi. Los primeros ecos del nuevo estilo corresponden a artistas como Felipe Vigarny o Domenico Fancelli, que trabajó al servicio de los Reyes Católicos, esculpiendo su sepulcro. No obstante, pronto surgieron artistas locales como Bartolomé Ordóñez y Damián Forment. Posteriormente surgieron grandes figuras, creadoras de un manierismo que sentó las bases de la posterior escultura barroca: Juan de Juni y Alonso Berruguete son los más destacados. 

La pintura renacentista española está determinada igualmente por el pulso que mantiene la herencia del gótico con los nuevos modos venidos de Italia. Esto se aprecia en la obra de Pedro Berruguete, que trabajó al servicio de Federico de Montefeltro, y Alejo Fernández. Posteriormente aparecieron artistas influidos por las novedades italianas, como Vicente Macip o su hijo Juan de Juanes —influidos por Rafael—, Luis de Morales, Juan Fernández de Navarrete o los leonardescos Fernando Yáñez de la Almedina y Hernando de los Llanos. Pero la gran figura del Renacimiento español, que se inscribe en el manierismo, aunque rebasando sus límites al crear un universo estilístico propio: El Greco. 

La literatura renacentista es un reflejo de los principios que dominaron el pensamiento de la época. Grandes figuras nos han legado una producción literaria cuyo mensaje, en muchos casos, continúa de actualidad. Los temas principales de la literatura renacentista son: el amor, la naturaleza, la mitología y la llamada al goce de la vida, reflejado en la expresión latina carpe diem.

La lírica se caracteriza por la flexibilidad y elegancia de la lengua poética, ejemplificada en el uso del verso endecasílabo y del soneto. En este sentido, cabe mencionar a Francesco Petrarca en Italia. En España destacan Garcilaso de la Vega, poetas ascéticos como Fray Luis de León y místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Tanto Fray Luis como San Juan de la Cruz se sirvieron de un tipo de estrofa que, tanto por el ritmo poético como por la combinación de versos heptasílabos y endecasílabos, ofrece una gran musicalidad; es “música escrita”.

En la narrativa podemos distinguir varios tipos:

a) Narrativa de ficción, representada por Miguel de Cervantes en sus Novelas Ejemplares, que son recreaciones literarias de modelos de comportamiento asociables a la tradición de la literatura didáctica, ya existente en la Edad Media con obras como El Conde Lucanor de Don Juan Manuel o los Milagros de Nuestra Señora de Berceo.

b) Poemas épico-legendarios, como el Orlando Furioso de Ludovico Ariosto.

c) Novela picaresca, con ejemplos como el anónimo Lazarillo de Tormes o el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.

d) El cuento urbano burgués, representado por El Decamerón de Boccaccio, en el que se busca deleitar y entretener al lector.


Arte colonial hispanoamericano: Las primeras muestras de arquitectura colonial en América tuvieron cierta pervivencia de rasgos góticos, si bien pronto llegaron las nuevas corrientes que se producían en España, como el purismo y el plateresco. Al iniciarse la colonización, la arquitectura fue, principalmente de signo religioso, ya que, por orden real, el primer edificio que se debía construir en cualquier nueva ciudad debía ser una iglesia. Durante la primera mitad del siglo xvi fueron las órdenes religiosas las encargadas de edificar las iglesias en México, preferentemente iglesias fortificadas, un conjunto almenado con iglesia, convento, un atrio y una capilla abierta, como el Convento de Tepeaca, el de Huejotzingo y el de San Gabriel en Cholula. A mediados de siglo se empezaron a construir las primeras grandes catedrales, como las de México, Puebla y Guadalajara. En Perú, en 1582 se inició la Catedral del Cuzco y, en 1592, la de Lima, ambas obras del extremeño Francisco Becerra. En Argentina destaca la Catedral de Córdoba, obra del jesuita Andrés Blanqui. 

Las primeras pinturas fueron de escenas religiosas obras de maestros anónimos, realizadas con tintas vegetales y minerales y telas de trama áspera e irregular. Destacaron las imágenes de la Virgen con el Niño, con raíces autóctonas donde se representaban los arcángeles como arcabuceros contemporáneos. La producción artística hecha en Nueva España por indígenas en el siglo xvi es denominada arte indocristiano. Adentrado el siglo xvi surgieron los grandes frescos murales, de carácter popular. Desde mediados de siglo empezaron a llegar, procedentes de Sevilla, maestros españoles: Alonso Vázquez, Alonso López de Herrera, flamencos: Simón Pereyns e italianos: Mateo Pérez de Alesio, Angelino Medoro. 

En escultura, las primeras muestras fueron también del tema religioso, en tallas y retablos para iglesias, confeccionadas en madera recubierta con yeso, decorada con encarnación: aplique directo del color, o estofado, sobre un fondo de plata y oro. A principios del siglo xvii nacen las primeras escuelas locales, como la quiteña, la cuzqueña y la chilota, destacando la labor de la orden jesuita. 


Un repaso rápido al Renacimiento en Francia. Fontainebleau fue la auténtica capital artística de Francia durante el Renacimiento, sin embargo, el impulso definitivo al Renacimiento se dio bajo el reinado de Francisco I. Este monarca solicitó los servicios de grandes maestros, entre ellos el mismo Leonardo da Vinci, que murió en el castillo de Cloux. En lo que respecta a la arquitectura, destacar los castillos del valle del Loira, conjunto de mansiones para la realeza y la nobleza que muestran los rasgos más característicos del Renacimiento francés, el decorativismo de raigambre manierista. Francisco I se embarcó en la obra fundamental de este período: el palacio de Fontainebleau, con su célebre Escalera Imperial. En el involucró a artistas como los pintores Francesco Primaticcio o Rosso Fiorentino, el escultor Benvenuto Cellini o el arquitecto Sebastiano Serlio.​

Tras Francisco I, bajo Enrique II, cuya esposa, Catalina de Médicis, pertenecía a la poderosa familia florentina, se reformó la antigua sede de la corte en París, el palacio del Louvre, la reforma se debe al arquitecto francés, Pierre Lescot. Asimismo, estos monarcas iniciaron la construcción de un nuevo palacio, enfrente del Louvre, el palacio de las Tullerías, en el que intervino otro gran arquitecto francés del Renacimiento, Philibert Delorme.

La escultura del Renacimiento en Francia, contó con dos autores sobresalientes: Germain Pilon y Jean Goujon. En la pintura Francisco I impulsó la formación de artistas franceses bajo la dirección de maestros italianos, como Niccolò dell'Abbate o Primaticcio, conocemos los nombres de algunos: Jean Cousin el Viejo o Antoine Caron entre los más destacados. Sin embargo, el pintor francés más importante de la época, fue François Clouet.


Alberto Durero

El Renacimiento en Alemania no fue una tentativa de resurrección del arte clásico, sino una renovación intensa del espíritu germánico, motivado por la Reforma protestante. Alberto Durero fue la figura dominante del Renacimiento alemán. Su obra impuso la impronta del artista moderno, sus trabajos ejercieron una profunda influencia en los artistas del siglo xvi de su país y de los Países Bajos. La pintura germánica conoció uno de sus mayores momentos de esplendor. Junto a Durero surgieron otros grandes autores, como Lucas Cranach el Viejo, Hans Baldung Grien, Matthias Grünewald, Albrecht Altdorfer, o Hans Holbein el Joven. En escultura pervivieron las formas góticas hasta bien entrado el siglo xvi. Destaca la obra de Peter Vischer, autor de las tumbas imperiales de Innsbruck. También trabajaron aquí algunos artistas flamencos, como Hubert Gerhard, autor del San Miguel de la fachada de la iglesia de San Miguel de Múnich. En arquitectura, los primeros exponentes fueron los edificios patrocinados por la familia Fugger en Augsburgo, como la Capilla Fugger en la iglesia de Santa Ana o el barrio de casas obreras llamado Fuggerei. A mediados del siglo xvi se amplió el castillo de Heidelberg, siguiendo las directrices clásicas. La mayoría de los príncipes alemanes prefirieron conservar las obras góticas, limitándose a decorarlas con ornamentación renacentista. 


El Renacimiento en Flandes y Países Bajos, a la par que se desarrollaba en Italia el Cinquecento la escuela flamenca de pintura alcanzó un desarrollo notable, de la paleta de Jan van Eyck, Rogier van der Weyden y otros grandes maestros. Se caracterizó por su naturalismo, aunque los modos del gótico pervivieron, aunque matizados con cierta vena caricaturesca y fantástica y una mayor sensibilidad a la realidad del pueblo llano y sus costumbres. A mediados del siglo xvi el clasicismo italiano se manifiesta en la llamada Escuela de Amberes y en pintores como Jan van Scorel o Mabuse. Algunos grandes nombres de la época fueron Joachim Patinir, Quentin Metsys, el retratista Antonio Moro, el Bosco, uno de los precedentes del surrealismo (El jardín de las delicias), y Pieter Brueghel el Viejo, que en su pintura glosa sentencias morales y de crítica social (El triunfo de la Muerte). En el campo de la escultura destacó Adriaen de Vries, autor de expresivas obras excelentes ejemplos de manierismo escultórico fuera de Italia. En arquitectura el gótico siguió teniendo una gran preponderancia hasta entrado el siglo xvi, en que se recibió la influencia de la arquitectura renacentista francesa, como se denota en el Ayuntamiento de Amberes, obra de Cornelis Floris de Vriendt.


Boccaccio

El Renacimiento en otros países:

- Inglaterra, en arquitectura, durante todo el siglo xvi pervivió el estilo Tudor de origen gótico, mientras que las novedades renacentistas fueron adoptadas únicamente en elementos ornamentales, como en la tumba de Enrique VII en la abadía de Westminster, realizada arquitectónicamente en estilo gótico, se contrató al artista italiano Pietro Torrigiano para realizar la decoración escultórica.​ Otros ejemplos de estilo Tudor serían los palacios de Sutton, Nonsuch y Hampton Court. ​

- Portugal: en arquitectura, el gótico pervivió en el llamado estilo manuelino. A mediados de siglo se recibió la influencia de arquitectos italianos como Serlio o Palladio, como se denota en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia en Évora o en el claustro del convento de Cristo de Tomar, obras de Diogo de Torralva.​ Aquí trabajó el arquitecto italiano Filippo Terzi, autor de la iglesia de San Vicente de Fora en Lisboa.​

- Austria y Bohemia: formando parte del imperio de los Habsburgo, estos países contaron con el patrocinio del emperador Rodolfo II, que atesoró en su corte de Praga una gran cantidad de obras y objetos de todo tipo. Adquirió cuadros de artistas como Brueghel, Tiziano, Leone Leoni o Durero, y acogió a artistas como Giuseppe Arcimboldo. ​ En Bohemia se construyeron diversos palacios, como el Comunal de Pilsen y el de Schwarzenberg en Praga; y castillos, como los de Litomyšl, Černý y Kostelec. 

- Suiza: la influencia italiana se notó especialmente en el cantón de Ticino, como se evidencia en las catedrales de San Lorenzo de Lugano y San Francisco de Locarno. En pintura destacó la obra de Niklaus Manuel, aún cercana al gótico tardío. 

- Hungría: contó con el mecenazgo del rey Matías Corvino, gran amante del arte italiano. El monarca contrató artistas y arquitectos italianos para reformar y decorar sus palacios, como Benedetto da Maiano, Clemente Camicia y Giovanni Dalmata; el miniaturista Attavante degli Attavanti; y el escultor Andrea Ferracci. 

- Polonia: el Renacimiento llegó de la mano de artistas italianos llegados al país, como los arquitectos Franciscus Italus y Bartolomeo Berecci, Gian Maria Mosca y Giovanni Battista di Quadro; y los escultores Santi Gucci, Girolamo Canavesi y Domenico Veneziano. En cambio, en pintura trabajaron mayormente artistas alemanes, como Hans Sues von Kulmbach, Louz von Kitzingen y Martin Koeber. 

- Rusia: en esta época continuó la tradicional arquitectura rusa de influencia bizantina, pero se recibió alguna influencia del Renacimiento italiano a través del arquitecto boloñés Aristotele Fioravanti, que construyó la catedral de la Dormición en el Kremlin de Moscú; otro arquitaliano, Aloisio Nuovo, fue el encargado de construir la catedral del Arcángel Miguel también en el Kremlin. La influencia italiana se denota igualmente en la catedral de San Basilio de Moscú, obra de Póstnik Yákovlev.